El año en el que todos los planes cambiaron

Las restricciones de movilidad también afectan a los grandes viajeros de nuestro tiempo. Así han rehecho su verano algunos de los autores cuyos libros nos han ayudado a conocer mundo

Este será sin duda un verano diferente a lo que esperábamos.
Este será sin duda un verano diferente a lo que esperábamos.daniel diosdado

Cambiar de planes es un derecho y una forma de aprender en la vida. En medio de una pandemia global, supone también una obligación. Y un modo de reajuste de las rutinas. Para los grandes viajeros de nuestro tiempo, periodistas y escritores bregados en los desiertos más áridos, las montañas más escarpadas y las poblaciones más remotas del mundo, los desplazamientos de verano no siempre suponen —como para la mayor parte de los mortales— los más intensos y esperados de sus agendas anuales, pero aun así, de un modo u otro, todos han tenido que rehacer sus proyectos y adaptarse a la nueva realidad de las excursiones de cercanía. No está resultando fácil para nadie, tampoco para ellos. Con las gafas de descubridor siempre puestas, estos trotamundos españoles e internacionales —nombres como Eduardo Martínez de Pisón, Paul Theroux, Javier Reverte, Patricia Almárcegi y Lawrence Osborne— se han montado en su moto, en la bici, en el tren o incluso han salido con sus dos piernas como único medio de transporte para recorrer tierras ya vistas y lugares próximos, recuperando el gusto por algo que puede ser tan extranjero como lo conocido. Más, en un tiempo donde la posibilidad de cambiar de continente y de cultura se encontraba hasta hace nada a solo unas horas de distancia en avión. Convencidos de que el viaje lo hace el camino, abiertos siempre a la posibilidad de conocer y reinterpretar, estos exploradores abogan por que, en ocasiones, la aventura también se puede encontrar a la vuelta de la esquina.

Eduardo Martínez de Pisón

Sin olvidar lo terrible de la situación que atraviesa el planeta, para el escritor y alpinista vallisoletano Eduardo Martínez de Pisón esta época también puede traer ventajas como la de ayudar a “recuperar otro modo de estar”; a “volver al detalle y la lentitud, al ritmo de la naturaleza”. Él lo ha hecho trasladándose al Pirineo, un gozoso retorno al espíritu de “los viajes de siempre”, esos en los que no hay prisa por recorrer todas las atracciones y fotografiarse en todos los rincones posibles, sino que se degustan con la placidez del que tiene tiempo para regalarse a uno mismo. “Es una maravilla tener el Pirineo disponible, yo vendría aquí de cualquier manera”, asegura el autor de La montaña y el arte, que, más que hacer turismo, recomienda viajar. Con todas las letras. “Muchas veces es indiferente el objetivo final, pero eso el avión lo ha suprimido por completo: ya no empleas vida en el traslado. El tren sería el medio de transporte casi perfecto: puedes ir solo, acompañado, hablar o mirar al paisaje... Lo malo es que el viajero de tren de hoy está más absorto en el móvil que en la ventanilla”.

Paul Theroux dedica el verano a terminar una novela

Paul Theroux

Reconocido amante de los trenes como medio para adentrarse en un mundo del que lleva décadas nutriéndose, Paul Theroux admite que para él los veranos nunca han sido una época de ajetreo, sino un momento para reencontrarse con sus raíces. “Raramente viajo fuera de EE UU”, cuenta. “Soy muy feliz en Cape Cod, Massachusetts, donde crecí: amo el clima veraniego, la playa, salir en barco”. De modo que la pandemia no le ha causado grandes trastornos, aunque, asegura, sí le ha llevado a una conclusión tajante: “Evitar hacer planes de viaje definitivos para el futuro”. Con su último libro, un periplo por México titulado En el plano de las serpientes recién publicado en EE UU, el autor de volúmenes fundamentales de la moderna literatura de viajes como El gran bazar del ferrocarril dedica ahora “todos los días de la semana” a terminar una novela, eso que él denomina “la gran cosa”: “The big thing”. La ficción es para él el verdadero “viaje interior”, mientras que el peregrinaje por el planeta ha sido la “indulgencia” que se ha podido permitir. “Los libros, las películas, etc. nos permiten entran en un mundo diferente. Pero no se trata de viajar, sino de ilustrarse. Sabemos mucho más de los personajes de ficción que de nuestra familia”, reflexiona. “De hecho, las personas más difíciles de comprender son aquellos a los que tenemos al lado: nuestra familia, nuestros vecinos. Y los paisajes más extraños son los que están al lado de casa. Así que sí: creo que quedarse en casa ofrece grandes posibilidades de descubrimiento”.

Paco Nadal

Casi siempre se viaja para vivir, pero cuando se vive de viajar, un frenazo en seco como el ocasionado por la pandemia puede generar efectos devastadores. Para el reportero de viajes de EL PAÍS, Paco Nadal, las limitaciones ha afectado tanto su vida profesional como la personal, “que ha sido dinamitada”. La crisis ha supuesto, dice, “todo un torpedo en la línea de flotación. No solo este verano. El mundo ha dejado de ser lo que era y viajar ha pasado de ser una actividad cotidiana y saludable a algo así como una gymkana de obstáculos. Desde marzo he suspendido viajes al Ártico, a Estambul, a Groenlandia, a Bahamas, a Zimbabue, a Botsuana... Una debacle”. Acostumbrado a reservar el mes de agosto para descansar en su casa en Murcia, este año Nadal lleva allí desde junio. “No me quejo, es un sitio fabuloso, pero no había pasado cinco meses sin subirme a un avión desde que tengo uso de razón”, reconoce el periodista, que está aprovechando para retomar el contacto con lo cotidiano con “una mirada más sosegada, más reflexiva, más de cercanía con los que te rodean”.

Miquel Silvestre

Aún quedan territorios por descubrir incluso en un país tan turístico como España, especialmente en las sendas hacia el interior. Miquel Silvestre, el aventurero del programa de La 2 Diario de un nómada, aprovechó los meses de confinamiento para explorar tierras castellanas —salvoconducto mediante, ya que se trataba de viajes de trabajo— y reencontrarse con los espacios místicos de la Sierra de Gredos en Ávila, el área del románico en el norte de Palencia, o la Sierra de San Vicente en Toledo, donde se encontraba cuando se decretó la cuarentena. “Es una oportunidad para redescubrir el país, que está lleno de patrimonio histórico”, concede. “Aunque es terrible ver la cantidad que está en la Lista Roja: las ruinas son interesantes, pero dan un poco de pena”. Estos meses ya no podrá montarse en la moto en dirección a Pakistán tras las huellas de Alejandro Magno, pero a cambio tiene previsto una escapada a Sigüenza, en Guadalajara, y un trayecto al estilo de la Ruta 66 por la Nacional 2 de Portugal. “Es muy poco transitada y recorre el país de norte a sur, por el interior: es un balcón al Portugal vacío y rural, alejado de la costa”, explica, para reivindicar los viajes por carretera “como aquellos que hacíamos de pequeños: no por la autovía, sino perdiéndote en el paisaje que te rodea”.

“Es tiempo de reconstruir la sociedad” reivindica Javier Reverte

Javier Reverte

Javier Reverte, el hombre que volvió a internarse en el corazón de las tinieblas en su famosa Trilogía de África, no ha tenido que cambiar de planes porque, en verano, sus planes son siempre los mismos: “Me quedo en la Sierra de Segovia encerrado: escribo, corrijo, vienen los nietos, juego al mus, paso el tiempo con los paisanos”. Impulsado a lo largo de su vida a ir siempre más afuera, más lejos, admite que España es un país que no conoce en profundidad, y lo considera un “pequeño continente” por la “enorme variedad de sus tierras, folklore, comida, lenguas...”. Que ahora haya menos turistas, negativo por el varapalo económico, conlleva la ventaja de de “enfocar” los viajes nacionales “de otra manera”. “Va a cambiar la forma de trabajar, cada vez más telemática, y eso va a facilitar que se llene la España vacía, donde se puede llevar una vida más barata y humana. Es el tiempo de redescubir y reconstruir una España distinta, y estaría bien reconstruir también la sociedad global”.

Gabi Martínez

Para su último libro, Un cambio de verdad, el escritor Gabi Martínez regresó a un lugar cercano a los orígenes de su madre, las tierras de dehesa de la Siberia extremeña, donde pasó siete meses pastoreando ovejas. Aunque en su trayectoria viajera acumula periplos desde China a la barerra de coral australiana, lo cierto es que el último año ha pasado muchas temporadas en España: en Lanzarote, el Cabo de Gata, en el Empordá gerundés donde acostumbra a pasar los veranos junto a la playa. Así que la nueva situación va a modificar “un poquito” su agenda, que necesariamente será de proximidad. Pero tampoco va a romperle del todo los esquemas. “En invierno estuve en los Pirineos, en Esterri (Lleida), en un espacio de recuperación de animales, escribiendo y reuniendo información para un libro que estoy preparando sobre animales difíciles de ver en España”, cuenta el autor, que en 2019 ya publicó Animales invisibles, una investigación sobre especies legendarias. Este verano, aprovechará para volver unos días con su familia a ese enclave.”Es el momento de darse cuenta de que no hace falta irse muy lejos para conocer el entorno: yo no tengo coche y voy con el tren, aunque para mí las dos piernas son el mejor medio de transporte, también la bicicleta”, opina el barcelonés, que en cualquier caso dice no estar de acuerdo “con el discurso de no usar el avión”: “La tecnología está ahí para usarla, pero hay que hacerlo con equilibrio”.

María Belmonte ensalza ir a pie, por sendas solitarias

María Belmonte

En medio de la incertidumbre que reina, de entre lo poco que saca en claro la escritora María Belmonte es que no se pueden armar demasiados proyectos. De momento ella no los tiene, aunque “de todos modos, para mí el verano es la peor época para viajar: si te lo puedes permitir, incluso el invierno es mejor”, asegura la autora de títulos como Los senderos del mar, donde hilvana recuerdos propios e historias ajenas en una travesía por la costa vasca. En cualquier caso, ella no ha sido nunca amiga “de coger un avión un avión e irme a la otra punta del mundo: a mí me gusta viajar a pie, soy de montaña, de senderos solitarios”. Así que ni Bali ni Vietnam ni ningún otro destino “exótico”. Mejor “Asturias, el Pirineo navarro, la Sierra de Cazorla”. Y sin sacar fotos: solo guardando recuerdos en la memoria. “Lo malo”, barrunta “es que esos lugares se pongan de moda”. De salir al extranjero, la también traductora se decanta por paraísos más a mano. “Viajo por Europa, sobre todo por el Mediterráneo, por lugares donde conozco más la cultura. Para ir más lejos tendría que prepararme, y además no tengo presupuesto”, dice la autora, que el año que viene sacará un nuevo libro sobre Grecia, un país que ya atravesó en su libro Peregrinos de la belleza.

Patricia Almárcegui

Con el confinamiento, como dice Patricia Almárcegui, “todos nos hemos tenido que reinventar”. De las rutinas hay que ingeniar una aventura y, del lugar de residencia, una improvisada vivienda vacacional. Aunque en el caso de la periodista y autora de Los viajes de Marco Polo las necesarias renuncias de estos meses han supuesto decir adiós a destinos tan apetecibles como San Petersburgo, Ecuador, Andorra, Alicante y Valencia, cuando una reside en Menorca parece que la imposibilidad de trasladarse se vuelve más llevadera. “En el verano aprovecho a escribir, así que este año voy a hacer lo mismo”, relata. “Después del confinamiento, estoy disfrutando muchísimo de la isla”. Ahora, en “cinco kilómetros a la redonda”, la escritora ha aprendido “a contemplar los mismos paisajes con otra mirada, y a reinventar la relación con mi casa: ahora veo con ojos viajeros lo que tengo más próximo”. Quizá, todo esto sirva para repensar el modo de hacer las cosas. “Yo quiero que cambiemos de verdad y que esto haga viajar de otra manera: que haya un debate sobre la ecología, sobre a quién le llega el dinero de los viajes”.

Paco Cerdà

En Voces de la Laponia española, Paco Cerdà se internó en las tripas de la España que se desangra para denunciar el abandono de sus tierras y sus culturas y reivindicar la valía de sus gentes. Este verano volverá a uno de esos pueblos, Morella, en el interior de Castellón, un lugar al que lleva regresando desde hace 15 años y que, explica, “sembró la semilla de mi estima por las tierras que sufren la despoblación”. “La aridez de su piedra en seco que separa unos bancales de otros, sus murallas que aíslan y abrazan a la vez, su tempo moroso y su densidad histórica la convierten, para mí, en única”, asegura. Para el verano, el periodista suele reservarse un tiempo para la aventura: “Un verano recorrí ¡en bicicleta de paseo! los 155 kilómetros del trazado del Muro de Berlín. Otro verano caminé, durante un día, los 64 kilómetros que separan Orihuela, ciudad natal de Miguel Hernández, hasta la antigua prisión de Alicante en la que murió. En otra aventura temática, pedaleé desde el frente de Teruel hasta el cementerio de Paterna, paredón de España, en dos días. En otra subimos escalando a la cima del Monte Perdido, un tremil pirenaico, siguiendo la memoria de La 43 División del Ejército republicano”, enumera. Para este agosto, se ha propuesto “un reto de proximidad”: “Coronar los cuatro picos de las comarcas centrales valencianas, y hacerlo todo en solo 24 horas del caluroso Ferragosto”.

“Con la bici te puedes reorganizar”, presume Ander Izagirre

Ander Izagirre

Ciclista empedernido, al caer el confinamiento Ander Izagirre ya tenía planificados varios meses de este año: con su novia, cogerían en abril un ferry hasta Cerdeña, de ahí pasarían a Sicilia y por último darían el salto a la península italiana, que iban a recorrer de tacón a caña a pedales. Pero claro, todo tuvo que suspenderse. “Lo bueno de la bici es que se puede reorganizar fácilmente”, se consuela. Para cuando se levantaron las restricciones, volvieron a subirse al sillín y marcharon de San Sebastián, donde residen, hasta Cataluña. De ahí tomaron finalmente el deseado ferry hasta Cerdeña, y hace unos días se encontraban descansando en Parma. “Cuando continuemos, será más o menos improvisado: podemos coger un tren hasta donde queramos, y seguir con la bici”, presume el periodista, que ve esta época de recogimiento solo como un trance, un lapso que se prolongará “mientras estemos obligados”. “Este año vamos a redescubir lo cercano, sí, pero porque no tenemos más remedio”.

Lawrence Osborne

Paradigma del escritor salvaje y descarnado, el inglés Lawrence Osborne, siempre ha querido huir de los destinos más recomendados por las agencias de viajes. Su búsqueda por un espacio virgen de excursionistas le llevó hasta Papúa Nueva Guinea, un periplo que recogió en El turista desnudo, un libro que también da cuenta de su paso por metrópolis como Bali y Bangkok. Irónicamente, en la capital tailandesa, “posiblemente la ciudad más turística de la Tierra”, acabó encontrando su refugio, y allí, en “un enorme complejo de apartamentos que parece una pequeña ciudad”, se ha pasado los meses de cuarentena, surtido –eso sí– de un buen vino que pidió que le enviaran. “He de reconocer que prefiero la ciudad así, a pesar de que no se puede olvidar los problemas económicos que está causando a todos los que dependen del turismo”, admite. “Quizá, en este tiempo estemos posando una mirada más atenta sobre nuestros vecinos y viendo cuán extraños -y, de hecho, alarmantes- son en realidad. Las calles también parecen muy diferentes. Ahora me dedico a recorre la ciudad de noche, con moto, y descubro pequeños barrios que nunca había sabido que existían pero que tenía al lado. He descubierto una zona musulmana llena de pájaros en jaulas que cantan toda la noche. En ocho años, nunca lo había visto...”.

Geoff Dyer

Al británico Geoff Dyer, cuyo vagar por el planeta ha supuesto una búsqueda de la iluminación no solo cultural sino quizá sobre todo espiritual, recopilada en libros como Arenas blancas, el confinamiento le pilló en California, donde se dedicó a “pasear en bici por las pistas de tenis donde normalmente suelo jugar en Santa Mónica: estaban cerradas y vacías y habían quitado las redes, así que, filosóficamente hablando, de algún modo ya no eran pistas de tenis”, narra. “Fue algo frustrantemente antifamiliar”. De vuelta en Londres, adonde llegó en un vuelo semivacío, “el más fácil que he tomado nunca”, los proyectos truncados, como un viaje a un festival literario en Sun Valley , Idaho, desde donde luego tenía pensado conducir a Utah, y las otras limitaciones derivadas de la pandemia, le han llevado a sentirse como “un anciano, medio jubilado y deprimido, cuya vida se ha reducido a una serie de simples rutinas”. Del lado positivo, “escuchar a Beeethoven te transporta a lugares muy extremos, pero francamente, no puede sustituir una noche en Berlín con un potente sistema de sonido, las luces, y todo lo que va con ello”.

Para Kia Abdullah, nada sustituye caminar sobre un volcán

Kia Abdullah

Un viajero es por definición alguien dispuesto a correr riesgos. Ahí es cuando se dispara la adrenalina. Pero como señala la autora y reportera de viajes británica Kia Abdullah, una cosa es ponerse en peligro a uno mismo, y otra muy diferente a los otros. “Es una perspectiva incómoda”, apunta. “Viajar de un modo precavido, constreñido y estéril no es algo que me llame la atención”. De momento sus visitas proyectadas a Gambia y Senegal se quedan en el cajón. Le toca esperar con paciencia. “Creo que se puede encontrar la aventura en donde vives”, se conforta. “Yo nací y crecí en el Reino Unido y siempre he asociado la idea de viaje con los viajes al extranjero, pero enseguida me di cuenta de que hay gran riqueza en mi país, ya sea en las colinas ondulantes de los Yorkshire Dales o en el encantador pueblo de Clovelly en Devon”. No importa el lugar, para la editora de la web Atlas & Boots es en la travesía donde se descubre la vida. “Creo que no tiene sustituto. Para mí, nada puede simular la extraordinaria experiencia de caminar por el borde de un volcán activo o ver cómo un glaciar cruje y se parte”.

Jeff Soloway

El editor y autor de novelas de viajes y misterio Jeff Soloway, que durante años también escribió guías, ya pasó en marzo la covid. Se trató de un caso leve, y los test de anticuerpos resultaron positivos, para él y los demás adultos de su familia. “Así que nos encantaría salir con nuestros anticuerpos a la carretera”, suspira, “pero el resto del mundo comprensiblemente tiene menos ganas de recibir a estadounidenses demasiado confiados. La levedad del coronavirus en nuestro caso nos ha liberado de mucha ansiedad, pero no de la responsabilidad de evitar asustar a la gente comportándonos como unos tontos egoístas”. Su visita estival a Inglaterra e Irlanda se ha cancelado, y no cree que haya nada que vaya a poder remplazar la emoción de partir a otro país. “Viajar no consiste tanto en agrandar la mente (para eso tenemos los libros), sino en sorprenderla. Hoy en día el aburrimiento amenaza con sobrepasarnos. Todo tipo de experiencias únicas, impredecibles y memorables se han quedado perdidas en el mundo por la covid. Pero el aburrimiento también puede aclararnos el pensamiento”, considera. “En primavera, en mi país y en muchos otros, infinidad de personas se pusieron las mascarillas, salieron de sus casas y se unieron a las marchas en apoyo a las vidas negras. No todos era jóvenes y arriesgados, y muchos descubrieron más de sí mismos y de sus capacidades que si hubieran viajado al extranjero”.

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