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La pequeña Rusia que habla asturiano

Bimenes es el único concejo que reconoce la oficialidad del bable, pese a ser una competencia regional

El alcalde de Bimenes (Asturias), Aitor García, muestra en su despacho una publicación en asturiano en el Facebook del Ayuntamiento.
El alcalde de Bimenes (Asturias), Aitor García, muestra en su despacho una publicación en asturiano en el Facebook del Ayuntamiento.

En la parroquia de San Julián (Bimenes) la mina ya no hace ruido. El clac clac de los zuecos de tres tacones se clava en la mente como un martilleo que rompe el silencio de la cuenca asturiana. “Madreñes”, aclara su portador, mientras levanta un modesto cayado con el que saluda. Es Manolo el de Lita, un minero jubilado que cuida un pequeño museo en una casa sin luz eléctrica, donde guarda la memoria de una época olvidada. “Se ha perdido todo, hasta la lengua”, se lamenta en la oscuridad, y su sincero asturiano reverbera en los cachivaches que cuelgan de las paredes. El concejo de Bimenes, a media hora de Oviedo, ha perdido al hijo de Manolo y otros 3.000 vecinos desde que cerraron las minas a finales de los sesenta, pero se niega a perder su identidad. Aunque eso suponga saltarse la ley.

En 1997, Bimenes se convirtió en el primero de una decena de Ayuntamientos que declararon lengua oficial el bable. Hoy es el único que lo mantiene, después de que el Tribunal Superior de Asturias anulase todas esas declaraciones por invadir competencias autonómicas. El pleno del municipio desafió el fallo en 2016 y volvió a votar la oficialidad, con un apoyo unánime. Esta vez no ha habido pronunciamiento judicial y, mientras en el resto de la región se produce un encendido debate sobre el estatus de una lengua que lucha por ocupar espacio, en Bimenes, de 1.700 habitantes, el asturiano se usa con normalidad en carteles, comercios y hasta en la burocracia municipal.

El alcalde, Aitor García, de 40 años, ha experimentado en primera persona el cambio de las últimas décadas. De pequeño se marchó a vivir a Gijón con sus padres, donde era el “mono de feria” de la clase por hablar en bable. Ahora ha vuelto al pueblo para sostener el bastón de mando con mayoría absoluta, y despacha en esa lengua ataviado con una camiseta que la reivindica. En Asturias, el 53% apoya la oficialidad, según una encuesta de la Universidad de Oviedo, aunque a sus partidarios (PSOE, Podemos e IU) les falta un diputado para aprobarla en el Parlamento.

De personalidad volcánica y verborrea infinita, García niega que su singular política lingüística cause problemas en el pueblo: “Yo no quiero que le impongan el asturiano a nadie. Hasta la derecha lo ha aceptado”, dice. Pero la derecha no existe en la pequeña Rusia, como se conoce al municipio, donde IU ha gobernado casi siempre y ahora lo hace quien presume de ser el único —y polémico— alcalde asturianista que queda en Asturias.

García saltó a la fama en septiembre de 2018, después de insultar a los periodistas que buscaban en el pueblo a la madre del cantante Luis Miguel, y ha sido acusado por Vox de robar la bandera de España, ausente de la fachada del Ayuntamiento durante más de un mes el pasado verano en contra de lo que dicta la ley. Pese a todo, los vecinos lo apoyan, y cuesta encontrar a uno que no defienda la oficialidad del bable. Salvador Gutiérrez, miembro de la Real Academia Española, es de los pocos escépticos, aunque se niega a hablar sobre el tema: “Cada vez que lo he hecho se me ha malinterpretado”.

Transmisión generacional

La discusión que se produce en las ciudades no existe en un municipio que cada año reúne a cientos de personas en una gran fiesta a favor de la llingua. A Óscar Pérez, camarero de 19 años, siempre le toca trabajar ese día, pero lo hace con gusto: “Mis amigos y yo hablamos asturiano siempre, aunque a los de Oviedo les moleste y no nos entiendan”, dice antes de dirigirse al prado, donde su ganado —del que se ocupa por las tardes— parece llamarlo con el sonido de los cencerros.

La transmisión generacional está en riesgo. En el patio de la escuela, los niños se sientan en círculos para dibujar unos coloridos carteles contra la violencia machista. No se escucha ni una palabra en bable, pese a que el 96% cursa la asignatura optativa. Entre ellos están Owen y Luca, hijos de una pareja que acaba de llegar al pueblo. Ella es vasca; él, inglés, pero tienen claro que los niños deben aprender la lengua de Bimenes. “Es la forma de integrarse en la cultura local”, sentencia Naia Lumbreras, la madre.

Manolo el de Lita no tuvo tanta suerte, y su hijo se avergüenza de él cada vez que va a visitarlo a Logroño, ataviado con sus zuecos, y habla en bable. Sin embargo, el veterano minero aún guarda en el museo las primeras madreñes que tuvo el guaje. Huelen a gasoil: es la única forma de que no entre la polilla. Tienen que estar preparadas para el día en que el hijo pródigo regrese, y los nietos de Manolo se las pongan para jugar con Owen y Luca en el idioma de su abuelo. 

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