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El presidente resistente

El trauma de la primera vuelta "descubre" a Sánchez que tiene que ceder para lograr la investidura

El presidente de Gobierno, Pedro Sánchez, en un receso el debate de investidura celebrado este martes, 23 de julio. En vídeo, su intervención la sesión de investidura. EFE | Vídeo: EPV

Pedro Sánchez ha conseguido la adhesión del PSOE a su investidura. Viene a cuento el sarcasmo por la soledad que escenificaba este martes el presidente en funciones. Y por el papel de Cirineo que ha adquirido el diputado de Revilla, cuya implicación solitaria y costumbrista al proyecto de Sánchez -un voto, un tren de alta velocidad- retrata el fracaso de la primera vuelta.

La segunda se antoja menos traumática, entre otras razones porque el líder socialista no tiene otro remedio que renunciar al espejismo de la aclamación parlamentaria y ceder a los requisitos más prosaicos de Unidas Podemos. No ya para asegurarse la renovación de cargo presidencial, sino para sustraerse al peligro de unas elecciones anticipadas.

El mapa de la investidura las consideraba un argumento de coacción, un estímulo infalible a la cavilación de sus presuntos aliados, pero comienza a preocupar en Moncloa que la patada a seguir del 10 de noviembre precipite un castigo de los votantes al PSOE, bien porque disminuya la movilización de la izquierda, bien porque Errejón aparezca como fuerza disgregadora o bien porque Sánchez sea observado como el gran responsable del bloqueo.

Decía este martes Cayetana Álvarez de Toledo que prefería un adelanto de los comicios a la resurrección de la coalición Frankenstein -socialistas, morados, nacionalistas, soberanistas-. Así lo piensan otros colegas del PP. No exactamente por un ejercicio de escrúpulo patriótico, sino por la oportunidad de una remontada y por la expectativa de una inversión de las tendencias.

Puede tratarse de un escenario demasiado entusiasta o posibilista, pero Sánchez no va a exponerse a la evacuación de la Moncloa, menos aún cuando su manual de resistencia antepone la supervivencia particular a las razones de partido o de Estado. O cuando la inclinación al pulso de Iglesias se compadece con el objetivo de explorar una legislatura de cuatro años.

Unos días después de haber obtenido el respaldo de la Ejecutiva socialista al dogma del Gobierno monocolor, Sánchez va a recibir este miércoles las bendiciones del mismo sanedrín para pintarse el rostro de color morado. No hay fisuras entre el líder y el partido. Sánchez somete al PSOE a sus ejercicios de travestismo. Y se finge una armonía que disfraza los vaivenes del guión a medida de las necesidades y emergencias de la trayectoria presidencial.

La propia jerarquía de los objetivos sitúa en primer plano el éxito de la investidura. Pretendía conseguirla Sánchez sin bajarse del autobús, como un homenaje filantrópico del hemiciclo, pero no va renunciar a ella después del escarmiento de la primera vuelta. Tendrá que mancharse el vestido de torear. Y plegarse a las limitaciones que exhibe el desenlace de la votación del martes: 123 escaños más la aportación pintoresca del diputado cántabro.

El shock le constriñe a sacrificar el Gobierno en solitario y a repoblar el Consejo de Ministro con los submarinos de Iglesias. Una legislatura de compleja cohabitación que predispone escenarios de colisión -Cataluña, en primer lugar- y que Sánchez va a sobrellevar con la sensación de estar intervenido, escrutado.

Ya le decía Iglesias a Sánchez que nunca sería presidente sin los votos de Unidas Podemos. La mejor manera de demostrarlo consiste en reanudar las negociaciones y alojar a Irene Montero con los galones de lugarteniente. Una representación político-conyugal envuelta en peligrosas premoniciones: Montero ha votado en contra de la investidura de un Gobierno que ella misma puede “vicepresidir”.

Parece tratarse de un desliz telemático. O de un castigo del subconsciente. O de una falta de coordinación respecto a la cadencia de la disciplina del voto, pero la anécdota de la jornada refleja la precariedad de la la coalición. Y la falta de confianza entre sus eventuales protagonistas e intermediarios.

Pertenece a éstos últimos Gabriel Rufián, cuya adhesión entusiasta al pacto Unidas Podemos-PSOE no proviene de la sintonía en políticas sociales o del maniqueísmo que opone las fuerzas del bien a las del mal, sino de la mediación que puede ejercer Iglesias en favor de la causa soberanista, especialmente cuando la sentencia del procés exija un retorcimiento de la separación de poderes a beneficio de los mártires del primero de octubre.

La trama siniestra aloja una bomba de relojería en el Gobierno de coalición tanto como amenaza la estabilidad de la mayoría parlamentaria, hasta el extremo de que Sánchez puede conseguir este jueves la adhesión de las mismas fuerzas que lo apoyaron para destronar a Rajoy y que luego conspiraron para chantajear y abatir al propio líder socialista.

Es la alegoría del mito de Sísifo, pero el papel no le disgusta a Sánchez porque cada vez que parece hundido resucita.

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