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Darío Rivas, el emigrante gallego que dio voz a las víctimas del franquismo

Llegó a Buenos Aires con nueve años. Hasta los 99 no dejó de buscar justicia para su padre, fusilado en 1936

Darío Rivas en Madrid, en 2011.
Darío Rivas en Madrid, en 2011.

Darío Rivas tenía nueve años cuando se subió a un barco en La Coruña rumbo a Buenos Aires. Era el menor de nueve hermanos, su madre había fallecido y su padre, Severino, decidió que se reuniese allí con una de sus hermanas mayores. Rivas vivió el resto de su vida en Argentina, pero desde allí buscó justicia para su padre, fusilado en 1936. Hasta el último día, con 99 años, estuvo pendiente de lo que ocurría en su país natal.

"Decía que teníamos que viajar a España para ver cómo sacaban a Franco del Valle de los Caídos", recuerda Adriana Fernández de la última conversación que mantuvieron, el pasado domingo. Fernández fue una de las primeras en sumarse a la querella argentina por crímenes del franquismo impulsada por Rivas en 2010. "El domingo se cumplían 88 años de la Segunda República y nueve de la querella y necesitaba verle y pasar la tarde con él. Lo vi muy cansadito, ya casi no hablaba, pero no sabía que me estaba despidiendo", dice con tristeza. Murió al día siguiente.

Rivas, nacido en Castro de Rei (Lugo), completó sus estudios primarios en Villa Ballester, en la periferia de Buenos Aires. Allí cambió el gallego por el castellano para integrarse mejor. De adolescente comenzó a trabajar como apicultor, pero poco después compró a medias con su hermana una céntrica confitería porteña, uno de los negocios más habituales entre los emigrantes españoles a mitad del siglo pasado. También se encargaba de de una compañía de construcciones que fundó con unos primos. Durante la guerra civil, terminaba la mayoría de sus días en la avenida de Mayo, donde se juntaba con otros republicanos y se daban aliento.

Al enterarse del asesinato de su padre, primero, y del triunfo de Francisco Franco, después, juró no volver a pisar España. Pero rompió la promesa en 1951 al acompañar a su esposa, Clotilde, a visitar a unos familiares. En ese viaje comenzó la búsqueda de los restos de su padre, que exhumó 54 años después. Cuando lo logró, se marcó un nuevo objetivo: conseguir que se hiciera justicia.

Ya jubilado, siempre de traje y con un andar cada vez más frágil, Rivas se presentó en innumerables ocasiones en el juzgado de María Servini de Cubría. Solo o con sus sobrinos, Rivas viajaba desde su casa de Ituizangó hasta Buenos Aires para acompañar a otros familiares de víctimas y renovar las esperanzas de ver a los responsables de los crímenes del franquismo sentados en el banquillo.

"Nos ha dejado un ejemplo de lucha y de fortaleza. Tenía unas convicciones y unos valores muy fuertes y todos le debemos muchísimo", lo recuerda Fernández. Coincide con ella Máximo Castex, uno de los abogados denunciantes: "Él fue el que presentó la querella a pesar de que ya había encontrado a su padre. Fue un luchador y un ejemplo a seguir".

"Se merecía otro final, es un momento realmente difícil porque se nos están muriendo las víctimas sin justicia y los victimarios sin castigo. Es lo que pasa cuando la Justicia es tan lenta", lamenta Fernández. Rivas animó a esta docente a viajar a España y buscar los restos de su abuelo, Antonio Fernández. Había sido asesinado con 24 años, en octubre de 1936, en la localidad gallega de San Esteban de Valdueza y arrojado a una fosa común. Fernández lo encontró en 2011.

"Darío era un luchador irremplazable, pero vamos a tomar la posta. Seguiremos con la querella y difundiendo la memoria histórica de España para que las nuevas generaciones se enteren y los crímenes no queden en el olvido", asegura esta compañera de lucha.

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