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La nueva vida del silbo gomero

El Gobierno canario impulsa la enseñanza en todas las islas de una tradición declarada patrimonio de la Humanidad

Haridian Betancort da una clase de silbo gomero en un colegio de La Matanza de Acentejo (Tenerife).
Haridian Betancort da una clase de silbo gomero en un colegio de La Matanza de Acentejo (Tenerife).
San Cristóbal de La Laguna

El silbo fue, durante siglos, una forma de comunicarse en La Gomera entre pastores y gente de campo separados por los dramáticos barrancos de la isla canaria. Un lenguaje extraordinario que iba cayendo en desuso hasta que en 1999 empezó a impartirse oficialmente en colegios e institutos de la isla. Su llegada a las aulas contribuyó a revitalizar esta tradición. Y ahora, el Gobierno autonómico, de Coalición Canaria, ha propuesto que se enseñe también en los centros del resto del archipiélago que lo soliciten y tengan profesores acreditados.

Declarado patrimonio inmaterial de la humanidad por la Unesco en 2009, no hay consenso sobre el origen del silbo gomero. Muchos defienden que ya era utilizado antes de la conquista castellana del siglo XV por los pobladores guanches de La Gomera, basándose en los testimonios de los cronistas franceses Pierre Boutier y Jean Le Verrier que, a principios de ese siglo, escribieron que en la isla vivía gente que hablaba “el más extraño lenguaje de todas las regiones, pues habla con los bezos [labios] como si carecieran de lengua”.

El silbo gomero es un sistema fonológico sustitutivo de la lengua hablada. Con cuatro consonantes y dos vocales, el silbador es capaz de articular palabras y frases que utiliza en su lengua habitual, en este caso el español. Pero también podría silbar cualquier otro idioma. “Es un lenguaje muy interesante”, afirma Marcial Morera, catedrático de Filología Española de la Universidad de La Laguna. “Podría darse en cualquier curso de Lingüística General, porque manifiesta de manera muy clara cómo está organizada una lengua natural”.

Ajena al interés académico durante décadas, la publicación en 1978 del libro El silbo gomero. Análisis lingüístico, del lingüista Ramón Trujillo, trasladó a la ciencia una práctica estigmatizada por su carácter popular. “Cuando los niños iban a la escuela, el maestro les decía que no silbaran, que los delataba como maúros, como campesinos”, comenta Morera.

Pero fue precisamente en los pueblos donde se revitalizó el silbo. “Cuando llegué de la emigración, esta isla estaba desierta de sus valores por toda la gente que se había marchado entre los 40 y los 60”, comenta Isidro Ortiz, maestro silbador y premio Canarias 2009 de Cultura Popular junto a otro gran silbador, Lino Rodríguez. En 1988 empezó a dar clases de silbo a los niños de su pueblo, Chipude, fuera del horario lectivo. La noticia llegó a otros municipios, y las asociaciones de padres y madres empezaron a llamarlo para que enseñara en otros centros. “Yo le comenté al entonces consejero de Educación, Juan Manuel García Ramos, que el silbo se extinguiría si no entraba en la escuela”.

No hay un censo de silbadores, pero dos décadas después de su introducción en el sistema educativo de La Gomera, la situación ha mejorado enormemente. “Quién me habría dicho que llegaría a ver esto”, afirma emocionado Isidro Ortiz.

Hasta ahora se enseñaba en La Gomera en primaria y en los dos primeros cursos de secundaria durante la asignatura de Lengua Española y Literatura, media hora a la semana. Con la reforma actual, se amplía dos cursos. El presidente del Cabildo, Casimiro Curbelo, de la Agrupación Socialista Gomera —una escisión del PSOE—, considera “muy positivo” que se extienda su enseñanza a otras islas, pero pide “un esfuerzo por expandirlo a todos los centros” canarios sin necesidad de que lo pidan.

Hay experiencias pioneras exitosas, como la del colegio Acentejo de La Matanza, en Tenerife, liderada durante 15 años por el maestro, silbador y cantautor vasco Rogelio Botanz. Tan bien les ha ido, que algunos alumnos suyos han ganado el concurso anual de silbadores de La Gomera. “Pero hay que hacerlo sin prisas. La aproximación a un hecho lingüístico, o es por amor, o genera reacciones contrarias”, explica Botanz.

         

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