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ANÁLISIS i

Andalucía-Cataluña, de alianza a colisión

En el horizonte se divisa un riesgo de choque de discursos e intereses entre los dos territorios, lo que enredará aún más la endiablada situación política de España

Pasqual Maragall y Manuel Chaves, en un acto electoral en Barcelona en 1999.
Pasqual Maragall y Manuel Chaves, en un acto electoral en Barcelona en 1999. AP

Hace justo 20 años, Pasqual Maragall y Manuel Chaves intentaron forjar una alianza del socialismo catalán y el andaluz que tenía como objetivo que la España autonómica avanzase en el reconocimiento de la diversidad y la pluralidad. Este eje, según dijeron entonces, perseguía convertirse en “una de las columnas vertebrales de la España moderna”. Poco más se supo de este plan hasta 2003, cuatro años después, cuando ambos dirigentes lo retomaron al considerar que Aznar estaba propiciando una “involución” en el Estado de las autonomías en su segundo mandato.

Aunque este intento también quedó en el olvido, fue en esa época cuando Cataluña y Andalucía estuvieron más cerca de conciliar sus posiciones en asuntos tan complejos y divisivos como la financiación autonómica. Con un Aznar que tenía una cómoda mayoría absoluta y con un PSOE en proceso de reconstrucción, ambas comunidades desempeñaron un papel esencial de contrapeso al inmenso poder territorial del PP.

Tres lustros después, la alianza no solo no ha sido posible, sino que en el horizonte se divisa un riesgo de colisión de discursos e intereses entre los dos territorios, lo que enredará aún más la endiablada situación política de España, con un Gobierno sustentado por una inestable mayoría que se formó para desalojar al PP de La Moncloa pero que comparte poco más.

En el frente noreste, Cataluña no logra escapar del laberinto del independentismo, que en los instantes más dramáticos de su aventura vulneró reglas básicas de la democracia y que ahora tiene en su mano acortar o prolongar la legislatura cuando dé su veredicto sobre los Presupuestos de Pedro Sánchez.

En el frente sur, Andalucía abre una nueva era con un Ejecutivo formado por Ciudadanos y PP y aupado con los votos de Vox, tres partidos que van de la derecha más moderada a la más radical pero que comparten sin matices un mensaje muy beligerante contra el independentismo.

Con el control de Andalucía, Casado y Rivera no solo han conseguido despojar al PSOE de su principal bastión autonómico, sino que han logrado una formidable plataforma para explotar el discurso del agravio entre autonomías (cualquier gesto de Sanchez con Cataluña será interpretado así desde la Junta) y para hacer oposición al Gobierno, una estrategia en la que los socialistas tienen amplia experiencia.

Lejos de representar la modernidad de una España del siglo XXI, los debates que se imponen estos días en Cataluña y Andalucía, las comunidades más pobladas del país y que suman un tercio del PIB, son accesorios y tienen más que ver con el pasado que con el futuro. Alimentar las polémicas identitarias solo conduce a nacionalismos excluyentes de uno u otro signo que debilitan la convivencia. ¿De verdad cree Cataluña que está oprimida por el Estado español? ¿De verdad es necesario proteger en Andalucía el flamenco, los toros o la Semana Santa? ¿De verdad...?

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