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IDEAS

La ministra que sabe lo que es un desahucio

Meritxell Batet, una mujer hecha a sí misma con becas y trabajo, es la cara amable del Gobierno en Cataluña

Al entrar con ella en su enorme despacho en el Palacio de Villamejor, que fue a principios del siglo XX residencia de Carlos de Borbón y después, hasta 1977, sede de la presidencia del Gobierno, nadie podría imaginar que esa mujer menuda de 45 años que pasea por la que fue la sala del Consejo de Ministros de Manuel Azaña es probablemente la única ministra que sabe en carne propia qué se siente al sufrir un desahucio. Meritxell Batet, barcelonesa, hija única, tenía 17 años. Vivía con su madre, que se quedó sin trabajo. No pudo pagar la hipoteca y el banco las desahució. Un día, al volver del instituto, se encontró con un candado en la puerta. Nunca olvidará esa “sensación de desolación”.

Batet, que quiso ser bailarina y dedicó años a prepararse, se concentró en los estudios y en ganar dinero para mantener la casa. Trabajaba cinco noches por semana sirviendo copas, primero en Nick Havanna y después en Bikini. Muchas veces ese era el único ingreso familiar, porque su madre entraba y salía del paro de forma frecuente. Estudió toda la universidad con becas. Después pidió otra para hacer el doctorado y dejó las copas. “Cobraba mucho menos siendo profesora que poniendo JB con Coca Cola, pero esa es otra historia”, se ríe ahora.

Con 17 años tuvo que dejar su casa porque su madre, en paro, no pudo pagar la hipoteca

Muchos años después, el pasado junio, Batet tomó posesión como ministra de Política Territorial hablando en catalán sobre la riqueza de la España plural en la misma sala en la que fue velado el cadáver de Carrero Blanco, asesinado por ETA. Su vida ha estado llena de giros tan improbables como este, aunque no tan fuertes. Nunca se ha acabado de creer todo lo que le pasaba, hasta el punto de se quedó sin palabras cuando Pedro Sánchez la llamó para ofrecerle el puesto. No sabía ni qué preguntarle.

Batet, la cara amable del Gobierno socialista para Cataluña, es una política atípica. Ni siquiera ha hecho carrera, como muchos, a la sombra de un jefe al que mantiene lealtad ciega. Empezó como técnico de gabinete, sin gran perfil político, trabajando para Narcís Serra. Pero nunca fue una pata negra del PSC, al que no se afilió hasta 2008. Saltó al Congreso en 2004 y su nombre se hizo conocido por protagonizar un matrimonio inesperado: la representante del PSC con perfil claramente progresista se casó con un conocido diputado del PP, José María Lassalle, más tarde hombre clave de Mariano Rajoy. Se separaron en 2016.

Rompió la disciplina de voto, como otros diputados del PSC, para defender el derecho a decidir

Batet traslada la impresión de ser una dirigente disciplinada que no se salta las normas, pero ha asumido riesgos. En 2013 empezaron los problemas. Rompió la disciplina de voto del PSOE, como otros diputados del PSC, para defender el derecho a decidir en Cataluña. En 2014 apostó en las primarias por su amigo Eduardo Madina. Perdió, pero como le pasaría tantas veces, logró recuperarse. Su perfil técnico, de profesora de Derecho Constitucional especializada en temas de programas, siempre le ha abierto hueco. “Esto consiste básicamente en picar piedra todo el día”, bromea. Sánchez la rescató primero para su Ejecutiva y después como número dos por Madrid, en 2015. Fue una de las negociadoras para hacer un gobierno con Ciudadanos. Salió mal.

Cuando una operación interna traumática derrocó a Sánchez, en octubre de 2016, ella se negó a dimitir de la Ejecutiva como le pedían los que querían echarlo. Aguantó hasta el final con él. Cuando cayó, ella fue de los irreductibles que decidieron romper la disciplina y votar no a la investidura de Rajoy. Fue su segunda multa por indisciplina grave y esta vez la echaron de la dirección del grupo parlamentario. Todo parecía acabado. Y una vez más actuó a contracorriente. Cuando Sánchez dudaba si volver a presentarse, ella le llamó para recomendarle que no lo hiciera. Creía que así se evitaría otra ruptura del partido. Sánchez no le hizo caso, pero no rompieron.

Su perfil técnico, de profesora de Derecho Constitucional, siempre le ha abierto hueco

Sánchez volvió a ganar. No la metió en la Ejecutiva, pero poco a poco logró abrirse otro hueco, hasta que entró de nuevo en la dirección del grupo parlamentario. Ahora es la ministra especializada en Cataluña y con ello se ha colocado como la gran baza electoral del PSC. El Gobierno de Sánchez, nacido de una moción de censura y necesariamente inestable, es entre otras muchas cosas un gran escaparate electoral. Y Batet lo está utilizando para recuperar la imagen del PSC en Cataluña.

En un partido diezmado por batallas internas y fracasos electorales, Batet es una de las pocas dirigentes de su generación que ha logrado sobrevivir sin caer en ninguna de las frecuentes guerras. “No es de capillas. En el mundo cerrado de los partidos alguien tan independiente no suele encajar, pero ella se acaba haciendo imprescindible por su trabajo y sus conocimientos técnicos”, resumen desde el PSC. Algunos le reprochan que tiene poco perfil político. “Debería ser un poco más frívola y caradura, que es la forma de ser más política”, bromea alguien que la conoce bien. Ella, con su timidez, es incapaz de forzar la máquina.

Otros señalan que su ministerio no tiene un papel real en la negociación con Cataluña, que es solo un escaparate electoral. Pero Batet, inasequible al desaliento, sigue a lo suyo. Es capaz de llamar varias veces a Elsa Artadi, su interlocutora en la Generalitat, mientras ella decía que se le cortaba el teléfono. En plena tensión política, muchos habrían desistido. Ella insistió durante dos días hasta que consiguió suavizar la relación y convencerla para que la visitara en el ministerio. También recuperó la Comisión Bilateral, que preside con el conseller Ernest Maragall, después de siete años de silencio. Y ahora intenta reactivar la Conferencia de Presidentes y que vuelva el president de la Generalitat.

Casi todo en ella parece muy pensado. Incluso la firme decisión de ser una ministra con una vida familiar casi normal. Lleva cada mañana al colegio a sus hijas, las gemelas Adriana y Valeria. También evita las reuniones a altas horas para poder estar en casa con ellas, aunque tenga que volver alguna vez al ministerio después. No vive solo para la política. No lo ha buscado tanto como otros. Tal vez por eso no acaba de creerse que es ministra. Hasta que pasa por delante del cuadro de Azaña cada mañana y recuerda dónde está sentada.

 

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