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La nueva vida comienza con una tarjeta telefónica

Tras un naufragio, una travesía de ocho días por mar y un desembarco multitudinario, los pasajeros del 'Aquarius' empiezan de cero con un corte de pelo y una camiseta nueva

Pasajeros de la flotilla del 'Aquarius' comienzan su nueva vida en una peluquería. FOTO: EL PAÍS / VÍDEO: ATLAS
Cheste (Valencia)

No les gustan las cámaras, pero es lo primero que vieron cuando salieron ayer de su refugio. Los reporteros preguntaban por su origen, su nombre y si estaban bien, pero solo uno de ellos hablaba inglés y tenían prisa. Salim, Anwer, Djamel y Yacine (nombres ficticios) son cuatro jóvenes argelinos que viajaban en el Orione, uno de los barcos italianos que llegó ayer a Valencia junto al Aquarius. Tienen entre 28 y 33 años, visten una camiseta azul, las mismas zapatillas deportivas y una pulsera amarilla con una letra y cuatro números.

Los cuatro se conocieron en Libia, donde hicieron algún dinero, y el pasado día 9 se metieron en un barco precario de 12 metros en el que viajaban cerca de 100 personas. Pagaron 1.000 euros por la travesía. Naufragaron. Tras ser rescatados en el mar de Libia, pasar ocho días en un buque durmiendo al raso sin nada para cubrirse y ser recibidos por las autoridades españolas, ahora comienza una nueva vida para ellos. Necesitan cosas tan básicas como afeitarse porque les pica la barba, comprarse una tarjeta SIM para su teléfono, un cortauñas y una camiseta nueva para no ir uniformados. No saben dónde comprarlos, su centro de acogida está aparentemente en medio de la nada, pero a pocos kilómetros del centro urbano de Cheste (Valencia). EL PAÍS les acompaña a hacer sus primeras gestiones en España.

“¡No hay nadie en la calle!”, se sorprenden. Es mediodía y hace un calor que no redime ni la sombra. La prioridad es conseguir una tarjeta telefónica para comunicarse con sus familias. Saben que están vivos porque les han visto en la televisión francesa y porque consiguieron hacer una llamada nada más desembarcar el domingo por la tarde. Hace tiempo que los cuatro dejaron sus casas. Yacine, un programador informático que consiguió trabajo en un restaurante en Trípoli, se fue hace tres años. Él no quería venir a Europa, pero cambió de idea cuando la guerra se recrudeció. “No se podía vivir allí. Te roban todo. Si no se lo das, te matan. Así perdí mis documentos Es un país malo”, relata.

Llevan en un bolsito los tres papeles que ayer les entregaron en el puerto —una autorización de residencia de 45 días, una presolicitud de protección internacional y un documento en el que manifiestan su deseo de ir a Francia—, pero ninguno les vale para tener una línea telefónica. No tienen ningún documento de identidad, solo una pulsera amarilla en la muñeca. “Esta mañana han venido otros cuatro y no se la he podido hacer. El sistema obliga a introducir un documento de identidad”, explica el dependiente de la tienda. Mientras esperan, juegan al futbolín que hay en la tienda con dos niños que acaban de salir del colegio.

A las 14.00 todos los comercios del pueblo echan el cierre. Hay que esperar. Comen en un restaurante y prueban por primera vez el gazpacho y la ensaladilla rusa. Piden pescado y tuercen la nariz cuando ven una loncha de jamón de york en un plato de espárragos blancos. Cuentan que en el barco italiano les dieron jamón para comer diciéndoles que no era cerdo. “Era mentira. Pero acabé comiéndomelo porque estaba exhausto y hambriento. Mi religión no me permite comer cerdo”, explica Yacine. Describen como era su relación con los militares que comandaban el Orione: “Siéntate, no te muevas, no grites, vete a dormir”.

Desde la mesa puede verse el reflejo de la televisión emitiendo el telediario. Aparecen las imágenes de una barca y un montón de gente con un chaleco salvavidas naranja: “¡Es el Aquarius, mira!”. Pero no lo es. Son los últimos inmigrantes llegados a las costas de Andalucía de los que ellos no han oído hablar. Se empeñan en ser generosos. Un hombre con deficiencia pide dinero para comprar un yogur ante la indiferencia general. Ellos insisten en darle el euro que necesita. El día continúa en el supermercado donde compran cuchillas y crema hidratante para la piel quemada, en un comercio chino, de donde se llevan bolsas de viaje y una camiseta nueva, y, por fin, en una pequeña peluquería. Quieren la barba al cero y el pelo a lo marine americano. “No preguntes por qué, nos gusta así”, explica Yacine, minutos antes de ponerse a barrer el suelo para ayudar al barbero. El peluquero, José Linares, les regaló el servicio. Los argelinos agradecieron emocionados.

No tienen claros sus planes. Tres de ellos tienen algún familiar en Francia, pero no saben si allí les aceptarán, a pesar de la oferta del Gobierno francés. En los próximos días vendrán a Valencia agentes franceses de la OFPRA, equivalente a la Subdirección de Asilo de Interior en España, para estudiar cada una de las solicitaciones. Tendrán bastante trabajo. La mitad de los 630 de la flotilla del Aquarius quiere ir allí, según anunció ayer la vicepresidenta Carmen Calvo. Si no les aceptan agotarán sus 45 días en España y buscarán una solución para regularizarse. No creen que les concedan protección internacional: corrían peligro en Libia, pero no en su país. “Ahora tenemos muchas dudas”, explican. “Aún necesitamos dormir, hablar con abogados y pensar qué hacer. De momento, estamos vivos”.

 

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