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El eco de las bombas en la cultura

Cine y literatura han abordado la lacra del terrorismo desde distintas perspectivas: de la aquiescencia a la denuncia, del documental a la comedia

Fernando Aramburu, durante la firma de libros en Rambla Catalunya, el pasado abril.rn rn rn
Fernando Aramburu, durante la firma de libros en Rambla Catalunya, el pasado abril.

¿Cómo han tratado el cine y la literatura el hecho terrorista? No cabe una respuesta global. En el caso de la gran pantalla, no son lo mismo visiones cinematográficas más o menos aquiescentes o al menos comprensivas con la causa terrorista —como Operación Ogro de Gillo Pontecorvo (1979) o El proceso de Burgos (1979) y La fuga de Segovia (1981), ambas de Imanol Uribe— que los documentales que 25 años después iban a dirigir el realizador bilbaíno Iñaki Arteta o el burgalés Eterio Ortega (este último a las órdenes del productor Elías Querejeta).

En 2003 Julio Medem instalaba la controversia en el arranque del Festival de San Sebastián con el estreno de su documental La pelota vasca. La piel contra la piedra, película que trató de dar voz a todas las partes del problema vasco. El Partido Popular, que gobernaba, se negó a aparecer al considerar el proyecto "equidistante". La entonces ministra de Cultura, Pilar del Castillo, la criticó abiertamente sin haberla visto.

Pedro Costa (El caso Almería, 1983), Ana Díez (Ander y Yul, 1989), Mario Camus (Sombras en una batalla, 1993), Helena Taberna (Yoyes, 1999, sobre el asesinato de la antigua dirigente de ETA a manos de sus excorreligionarios), Jaime Rosales (Tiro en la cabeza, 2008), Manuel Gutiérrez Aragón (Todos estamos invitados, 2008), Gorka Merchán (La casa de mi padre, 2008) y Pablo Malo (Lasa y Zabala, 2014) son otros de los cineastas que trataron el fenómeno terrorista en la pantalla. En 2015, Imanol Uribe, que había firmado, además de El proceso de Burgos y La fuga de Segovia, otras aproximaciones al mundo de ETA como La muerte de Mikel (1983) y Días contados (1994), volvería a un tema decididamente obsesivo para él con Lejos del mar, sobre el reencuentro entre un miembro de la banda y la hija de una de sus víctimas.

Desdramatizar

El proceso negociador entre el Gobierno del socialista José Luis Rodríguez Zapatero y ETA en 2006, y el posterior anuncio, cinco años después, del anuncio del cese de la actividad terrorista por parte de la banda, fueron abordados desde perspectivas bien diferentes. La seria la firmaron el director Justin Webster y los periodistas José María Izquierdo y Luis R. Aizpeolea en forma de documental (El fin de ETA, 2017). Cinco años antes Ángel Amigo —director y productor guipuzcoano, exmiembro de ETA político-militar y uno de los presos integrantes de la fuga de Segovia— ya había tratado la cuestión en su documental Memorias de un conspirador, centrado en la figura del socialista José Luis Eguiguren.

La visión gamberra corrió a cargo del director de cine y antiguo guionista del espacio televisivo ¡Vaya semanita! Borja Cobeaga. Su película Negociador (2014) ya fue objeto de una intensa polémica. Pero, lejos de arredrarse, Cobeaga porfió en el intento de desdramatizar y defender que todo puede ser tratado desde el ángulo del humor, y estrenó el año pasado Fe de etarras, historia en la que un comando de ETA que espera instrucciones para cometer un atentado se ve sorprendido por el triunfo de España en el Mundial de Sudáfrica.

Pero el mayor fenómeno cinematográfico no ya sobre ETA en sí sino sobre el problema vasco, al menos en lo que a la taquilla se refiere, había estallado también en 2014. Se llamó Ocho apellidos vascos, unos la adoraron y otros la odiaron, pero se convirtió, sencillamente, en la película más vista en la historia del cine español. Casi diez millones de espectadores fueron a ver la comedia dirigida por Emilio Martínez-Lázaro con guion del propio Cobeaga y de Diego San José.

En cuanto al mundo de los libros, el tratamiento que la literatura en España ha dado al terrorismo de ETA y alrededores no se limita al fenómeno Patria, la novela de Fernando Aramburu, aunque es cierto que la avalancha de ventas y el runrún atronador en medios de comunicación y redes sociales marcó el paso y sigue haciéndolo. El escritor donostiarra afincado en Alemania, que sobre la cuestión ya había publicado Años lentos y Los peces de la amargura, ha vendido más de 700.000 ejemplares de su novelón sobre el magma de odios, confesados o no, que se movió en Euskadi durante los años de plomo. Para el autor, la trascendencia de obras como la suya queda clara: "Se trata de que las generaciones venideras sepan qué pasó y lo sepan a partir de algunas versiones literarias, cinematográficas, fotográficas o historiográficas que no justifiquen el terrorismo. Si esto ocurre se habrá producido la derrota cultural de ETA".

El productor donostiarra Aitor Gabilondo iniciará después del verano el rodaje de una serie televisiva basada en el libro de Aramburu, del que habla así: "Cuando ETA estaba activa había un montón de dolores de los que no se podía hablar, los vascos estábamos atenazados porque vivíamos bajo una dictadura social. En ese sentido el relato de Patria resulta catártico".

La carcajada indecente

Desde la vertiente de la no-ficción, el libro más importante de los últimos años en relación al terrorismo y su impacto en el cine y la literatura es El eco de los disparos (2016), de la profesora universitaria y ensayista vizcaína Edurne Portela. Quien, por cierto, en una entrevista con este diario, declaraba: "La carcajada de Ocho apellidos vascos no es decente".

Portela incide con conocimiento de causa en los estigmas del olvido, de la ignorancia consciente o no y del "algo habrá hecho", aquella ruina moral instalada en gran parte de la sociedad vasca durante los años en los que ETA mataba sin parar.

Evidentemente, uno de los intelectuales que más ha escrito sobre el terrorismo y sobre la miseria moral de sus simpatizantes es Fernando Savater. Sus propias columnas en este diario son todo un paradigma. ¿El tratamiento que la cultura ha dado a ETA? También podría hablarse del que ETA ha dado a la cultura: y de eso sabe mucho el viejo profesor de Zorroaga, que se pasó lustros rodeado de varios guardaespaldas en sus paseos por San Sebastián gracias a la tolerancia intelectual del mundo radical.

En el campo de la narrativa hay títulos de muy alto voltaje literario. Es el caso, por ejemplo, de Ojos que no ven (2009), del soriano José Ángel González Sainz, un libro que en cierto modo precede en algunos temas y formas al de Aramburu. O Letargo (2005), el extraordinario volumen de cuentos del escritor navarro Jokin Muñoz. Sin olvidar, evidentemente, toda la obra del donostiarra Ramón Saizarbitoria y muy especialmente Martutene, su monumental novela publicada en 2012, una joya de metaliteratura con el terrorismo como trasfondo (y 758 páginas) y que en Euskadi ha sido vista como la antítesis literaria de Patria. También Bernardo Atxaga colocó el telón de fondo del terrorismo en novelas como Un hombre solo y Esos cielos.