La visita del miedo

La economía de la vieja dama es la que rige la vida política catalana desde que fue invocada por sus máximos dirigentes

Reunión entre Puigdemont y Rajoy en 2016.
Reunión entre Puigdemont y Rajoy en 2016. BERNARDO PÉREZ
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La vieja y siniestra dama ha venido de visita. Trae encargos de todos, seamos sinceros y no nos atengamos a sectarismos: de un lado y de otro, todos le han pedido que nos haga llegar sus mensajes y obedezcamos sus designios, que significan paralizar nuestro entendimiento y nuestra voluntad.

Por un lado, el gran y monstruoso Leviatán, la arcaica bestia marina a menudo olvidada, que Hobbes adoptó como símbolo del Estado, se nos ha presentado de repente y en vivo. Y eso que aquí, el domingo, sólo enseñó la uña afilada y sucia de una de sus pezuñas, probablemente la más pequeña, aunque le bastó para sembrar el dolor y la consternación sólo con un rasguño. Lo explicó muy bien aquí mismo Cristian Segura, que la ha visto muchas veces de cerca y ha sabido dominar la ansiedad que provoca su mera visión. Saber que ya está aquí nos da toda una idea del momento político al que hemos llegado. Mejor no imaginar cómo será si se desata y nos golpea con toda la fuerza de su bestialidad.

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Por otro, observamos fascinados cómo incubamos el huevo de una nueva serpiente, un pequeño Leviatán que ya quiere nacer, lejos aún del tamaño adecuado, pero ya con los mismos designios e incluso reflejos del pavor propios del original. Lo dijo claramente Carles Puigdemont el primero de julio en una reunión de alcaldes que ya entonces manifestaban su compromiso de poner las urnas este primero de octubre tan agitado.

"Damos miedo y más miedo que daremos", dijo el presidente rebelde. Tenía toda la razón y aún se quedó corto. El miedo se ha instalado en nuestra vida cotidiana y nos impele ya a reprocharnos unos a otros, a callarnos o participar en actos y eventos de muchos tipos que la vieja dama nos va sugiriendo. Así es como la economía del miedo rige la vida política catalana desde que fue invocada por sus máximos dirigentes.

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Sufrimos una incursión primera, violenta, salvaje, que nos despertó del letargo de los tiempos inocentes, cuando no había miedos ni angustias que interfirieran en nuestras decisiones y deseos. Fueron los atentados del 17 de agosto, inmediatamente aprovechados para acuñar una expresión negacionista, inventada por alguien que ya pensaba en el día siguiente. "No tenemos miedo", gritaban los manifestantes contra el terrorismo, sin saber que preparaban así los eslóganes para encararse a la policía española en el momento más arriesgado del procés.

La vieja dama no falla y pasea por todos lados su figura siniestra y flaca. Ha venido de visita y está claro que le gusta la ciudad y el país que ahora la acogen. La vimos el domingo, desafiada por las multitudes en los colegios electorales. La percibimos también dentro de las casas y en los despachos, en las conversaciones interrumpidas entre familiares y amigos. La masa la reclama cuando se mueve, cuando crece, al acosar a los disidentes o al enfrentarse a las fuerzas de seguridad. Nos habla con el ruido de los rotores de los helicópteros y con los gritos de la multitud, con los disparos de fogueo y con las balas de goma y los gases lacrimógenos que siempre acaban saliendo cuando sobre el asfalto se libra la pelea por el poder.

Mentían quienes decían que no teníamos miedo, porque tenemos, y mucho. Decía verdad en cambio el presidente Puigdemont cuando decía que daba miedo y que haría mucho más todavía. La vieja dama vino de visita y ya se ha emparejado, ahora con Puigdemont, ahora con Rajoy, los presidentes del miedo.

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Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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