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La última comparecencia de Rita Barberá: seria, pero peleona en el Supremo

La senadora se cayó al entrar a la declaración y el magistrado le ofreció suspenderla, pero ella lo rechazó

Rita Barberá saliendo de su casa en septiembre. MONICA_TORRES Atlas

Los colaboradores de Rita Barberá que han estado con ella hasta el final cuentan lo duros que han sido para la exalcaldesa de Valencia los últimos meses, cuando pasó de saberse apoyada y protegida por su partido a darse de baja en el PP para mantener su escaño de senadora y la condición de aforada que le blindaba judicialmente para que solo pudiera investigarla el Tribunal Supremo. Quería evitar a toda costa tener que pasar por el trago de declarar ante el juez de Valencia como una más, como todos los colaboradores de su etapa como alcaldesa, imputados antes que ella en el supuesto blanqueo del grupo municipal. Separarse de ellos era una de sus estrategias de defensa en la causa que le abrió el Supremo: ella era la alcaldesa y se dedicaba a “sacar votos”, “al programa electoral y a estar en la calle”, como le dijo el pasado lunes al magistrado Cándido Conde-Pumpido. De las cuentas del partido y de su financiación no sabía “absolutamente nada”.

Los que estuvieron presentes durante su declaración en el alto tribunal la vieron tranquila. Quizá en un tono más bajo de lo habitual, quizá, pensaron algunos de los presentes, bajo los efectos de algún fármaco que la mantenía más relajada de lo que se le solía ver en sus intervenciones públicas, pero en perfectas condiciones para declarar. Conde-Pumpido le ofreció posponer la cita para otro día, pero porque la senadora se cayó al suelo al subir al estrado. La caída, cuentan, no fue causada por un mareo ni nada que pudiera indicar que su salud estaba deteriorada, sino porque, vestida con una falda estrecha y tacones finos, tuvo dificultades para subir las escaleras del estrado y tropezó. Le ayudaron a levantarse, comprobaron que no se había hecho daño, el magistrado le preguntó si quería que se suspendiera la declaración y ella dijo que no.

Con todo, el lunes en el Supremo llamó la atención la delgadez y el gesto cansado de Barberá. Entró y salió del tribunal con cara muy seria, del brazo de su sobrina, que es abogada, y sin hacer declaraciones a los medios de comunicación. La mayoría de los políticos aforados que acuden al Supremo a declarar como investigados optan por pararse ante los periodistas a la salida para ofrecer su versión de lo que ha ocurrido dentro y reafirmar su inocencia. Unos se limitan a pronunciar una especie de comunicado sin réplica por parte de los medios y otros admiten preguntas. Barberá, ni una cosa ni la otra. Llegó en taxi y al terminar de declarar, se esperó unos minutos en los pasillos del tribunal a que el taxi estuviera en la puerta para evitar la presión de los medios.

Dentro de la sala, recuperada del incidente de la caída inicial, la senadora se defendió como se esperaba de ella. La comparecencia fue breve, poco más de una hora, durante la que contestó a las preguntas del fiscal, de su abogado y del juez y se negó a responder a las del PSOE, personado como acusación popular. El tono entre la senadora, el magistrado y el fiscal fue cordial. La exalcaldesa dio respuestas cortas, pero cuentan que estuvo “peleona” y que en más de una ocasión, cuando se sintió algo acorralada, intentó desviar el interrogatorio hacia un terreno menos incómodo para ella. Parecía lúcida y no necesitó que le repitieran ni aclararan las preguntas. Antes de salir, al bajar el escalón en el que había tropezado a la entrada, hizo ver que para acceder al estrado deberían instalar una barandilla.

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