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El mordisco de Podemos

El nacionalismo aguanta mejor que PP y PSOE el efecto de la formación de Iglesias

Asamblea de Podemos con simpatizantes de Valencia el pasado junio.
Asamblea de Podemos con simpatizantes de Valencia el pasado junio. EL PAÍS

La bolsa colmada de la indignación política, la desesperanza social y la zozobra ante el porvenir ha roto aguas en España y es como si una parte de la sociedad se hubiera alzado al unísono, conjurada por el verbo podemos. Esa onda movilizadora, un vendaval digital, recorre el país de norte a sur, de este a oeste y de izquierda a derecha, atacando fortalezas argumentales y transformando suelos de frustración y miedo en terrenos de rebeldía, ilusión, esperanza y rabia. Podemos es un estado de opinión y un estado de necesidad engordado con los jugosos nutrientes de la corrupción política y la crisis económica que suministra el biotopo nacional. Sus círculos asamblearios brotan por generación espontánea en los pueblos y barrios y hasta germinan en rincones yermos hasta ahora de actividad política asociativa. Solo los nacionalismos catalán y vasco parecen estar a salvo de su mordida electoral.

“Llevaba tiempo sin votar o votando con la nariz tapada y me atrajo el planteamiento de ir a por todas para barrer a la gente que nos ha llevado a esto”, explica Rubén Belandia, 53 años, bibliotecario de la Universidad de Leioa (Vizcaya), padre de dos hijos inscritos también en el nuevo partido. Podemos se presenta, efectivamente, como la gran escoba nacional. “Barrer a los políticos de la casta, barrer la corrupción, la precariedad y el paro, la pobreza infantil”, ese es el mensaje que acompaña a la promesa-juramento de construir una “nueva forma de hacer política”. Con esas señas por estandarte, el partido de Pablo Iglesias dio un puñetazo en el tablero político en las últimas elecciones europeas, pero es ahora, que las encuestas le equiparan al PP y PSOE en intención de voto, cuando las piezas del ajedrez nacional han saltado por los aires. La gran incógnita es cómo se recompondrá el tablero.

¿Puede erigirse en alternativa de poder una fuerza sin programa, receptora de malestares diversos y surgida de la noche a la mañana al calor de un discurso de pura denuncia? Sus aliados potenciales, los partidos y movimientos situados a la izquierda del PSOE no lo ven fácil. Todos creen que Podemos ha venido a cambiar las cosas —lo están haciendo con su mera presencia—, pero también hay quienes dudan de que logre quedarse. “Montar una fuerza política solvente requiere una construcción lenta. Corren el riesgo de ser víctimas de su propio éxito. Para entrar en las instituciones necesitarán una organización articulada y cuadros superiores que sepan gestionar. Por algo, partidos como Beppe Grillo en Italia han eludido la responsabilidad de gobernar”, apunta Juan López Uralde, portavoz de Equo. “Su fulgurante crecimiento puede hacerles creer que tienen superpoderes y que las cosas se arreglan en cuatro días”, advierte Mónica Oltra, líder de la coalición valenciana Compromís.

¿La nueva formación contribuirá a la cohesión política y social del país o a su desmembramiento? Podemos cultiva el llamado “derecho a decidir”, hasta el punto de que muchos de sus militantes catalanes votaron en la consulta del 9-N, pese a que, puertas adentro, el asunto no resultó del todo pacífico. “¿Quién es el Tribunal Constitucional para impedirle hablar al pueblo catalán?”, reprocha Francisca Sánchez, cofundadora de Podemos en Barcelona y antigua militante del Frente Cívico Somos Mayoría inspirado por el exsecretario general del Partido Comunista, Julio Anguita.

“Entre los 1.200 inscritos en Bilbao hay gente de identidades diferentes y también independentistas, pero todos estamos de acuerdo en defender el derecho a decidir, derecho a decidirlo todo: el modelo social, el modelo autonómico, el propio cuerpo…, todo”, afirma Lander Martínez, 25 años, ingeniero informático superior. Está contento porque acaba de convertirse en mileurista, después de haber trabajado por 500 euros mensuales. “Podemos asume el derecho de autodeterminación pero también ofrece la posibilidad de sentirte española sin ser de la caspa”, apunta en Barcelona una bióloga decepcionada con las prometidas ayudas a los jóvenes emprendedores. La casta y la caspa se funden en la misma diana.

Estas son las razones, enunciadas con aire de rap, que le llevan a Nacho Galiano, de A Coruña, a presentar su candidatura al Consejo Ciudadano del nuevo partido. “Me motiva sanear las instituciones y no permitir a la banca y a la gran empresa el derecho de pernada que ejercen actualmente, pero sobre todo me motiva mi generación, en la que uno de cada dos no tiene trabajo ni forma de encontrarlo aquí (…) Me motiva generar un espacio político en el que confíe (con razón y de corazón) la inmensa mayoría de la población, para que podamos limpiar el país y encaminarlo en la dirección correcta en los próximos cinco años. Lo vamos a hacer tan bien que nos van a imitar en todo el mundo, así que, por favor, hagámoslo con mucha seriedad y con la alegría que merece. ¡Avanzamos porque podemos!”. Nacho Galiano es rapero y poeta, pero su actividad laboral es la churrería de su familia. Estudia Políticas a través de la UNED —“tengo que pagar la matrícula a plazos”—, y en eso sigue la estela de otros inscritos en Podemos fascinados por la esgrima dialéctica con que el líder Pablo Iglesias se impone a los tertulianos de turno y a los políticos de la casta. “Nos está entrando el canguelo porque ya nos vemos gobernando”, dice.

Aunque los militantes de Podemos hacen gala, por lo general, de buenas maneras, sentido común y un ideario fresco cargado de voluntarismo e idealismo admirables, sus críticas exudan a veces un desprecio primario, no solo político sino también profesional e intelectual hacia los personajes de la política, el empresariado y los medios de comunicación que juzgan responsables o cómplices del actual estado de cosas. En la versión simpática, traen al recuerdo la pancarta “Los políticos saben tanto de política como los pájaros de ornitología”, que lució en Sol durante el 15-M, pero hay también una actitud maniquea, simplista, que tiende a la descalificación y a ignorar las dificultades objetivas y las carencias y lagunas propias. Algunos usan el término “casta” como el cajón de sastre en el que incluir aquello que no responde a sus planteamientos y casi todos participan de la misma digestión interpretativa de la Transición que han hecho sus líderes.

¿Es el pragmatismo lo que les ha llevado aceptar sin estrépito alguno la organización vertical y el liderazgo fuerte, el concepto de partido y la figura del militante que tanto repudiaban hace solo unas semanas? “Es verdad que antes nos salían sarpullidos solo con oír la palabra militante o partido, pero la gente ha votado a Pablo Iglesias y a su modelo, así que ya no hay más que hablar”, admiten. El enorme caudal de energías liberado y la euforia del momento mantienen a Podemos en un estado de gracia que les permite asimilar sus flagrantes contracciones. Y convencidos del efecto benéfico del fenómeno, nadie en los movimientos sociales y políticos aledaños quiere tampoco hurgar en sus puntos débiles, pese a que el personalismo de Pablo Iglesias despierta recelos. “Desde las elecciones europeas esto es la locura. No hemos parado de recibir mensajes de gentes que quieren inscribirse, afiliarse, colaborar”, confirman en grandes capitales.

Mientras dure el entusiasmo que anima las asambleas, mucho más ordenadas últimamente, y ese fervor militante que les pone un brillo de fraternidad y orgullo compartido, la falta de dinero y de sedes no serán un obstáculo insalvable. Cada círculo se las arregla como puede. Buscan los locales de las asociaciones de vecinos, las casas de cultura, los polideportivos y presionan si hay que presionar para que el Ayuntamiento se los ceda o alquile por horas. Casi siempre hay un conocido de un conocido con acceso a un espacio para poder reunirse. En eso, los viejos militantes de la extrema izquierda comunista suelen estar un paso por delante. Y dado lo exiguo del presupuesto de gastos —todo el mundo hace todo gratis—, basta una pequeña colecta, los magros donativos de los colaboradores, el recurso del crowdfunding y la venta de camisetas, bolsos o pulseras de Podemos para pagar las fotocopias y los cuatro carteles que ponen. En Vizcaya, la venta en un rastrillo de objetos y ropa de segunda mano les permitió reunir más de mil euros, prácticamente la mitad del presupuesto de la campaña que les dio 65.000 votos.

El líder de Podemos, Pablo Iglesias.
El líder de Podemos, Pablo Iglesias. EL PAÍS

Internet es su gran aliado, su territorio natural, hasta el punto de que difícilmente la nueva formación habría llegado a lo que es sin las redes sociales y las numerosas herramientas digitales que utilizan. Casi toda la actividad de comunicación interna y difusión de contenidos políticos se realiza en esos medios, pero por mucho que abunden los adeptos a la democracia digital y al clickactivismo, en algunos círculos empiezan a darse cuenta de que necesitan disponer de un punto físico y estable de encuentro para, entre otras cosas, poder atender a simpatizantes, muchos de edad madura, que no utilizan la Red.

Aunque las tareas organizativas de los círculos recaen, por lo general, en la alianza simbiótica que forman veteranos activistas de mil luchas y jóvenes en muchos casos debutantes en la escena política, las gentes inscritas en la nueva formación, más de 250.000, son un buen reflejo del mapa social de los damnificados por la crisis. “Somos más de 1.000 en Barcelona, aunque a las asambleas suelen venir entre 100 y 150 personas. Tenemos de todo: biólogos, paletas de la construcción, politólogos, trabajadores del transporte… de todo”, indica Francisca Sánchez, de 32 años, ingeniera del Tren de Alta Velocidad (TAV) y ahora en paro.

Como corresponde a la naturaleza de la crisis de la globalización, en la base militante de Podemos convergen segmentos de las clases medias depauperadas y de clases bajas a las que el achicamiento del Estado de bienestar está dejando a la intemperie. “Las clases medias proletarizadas tienen más recursos intelectuales para quejarse de esa mala suerte, pero están en el mismo lugar de desesperación que los golpeados de siempre. (…) El precario con estudios tiene los mismos intereses que la reponedora sin estudios, que el electricista o fontanero (cada vez con una mayor experticia tecnológica)”, ha escrito el dirigente de Podemos Juan Carlos Monedero en su libro Curso urgente de política para gente decente.

El título pone el acento oportunamente en la falta de formación política de las generaciones nacidas en la democracia. Muchos de los que crecieron en la ignorancia y en el cómodo desdén por la política descubren ahora que su trayectoria vital ha quedado truncada por decisiones adoptadas por manos y escenarios ajenos. Creyeron que la formación les aseguraba un trabajo estable y la posibilidad de emanciparse y ahora tienen ante sí un panorama de incertidumbre, bajos salarios y emigración. Son perdedores inesperados, frustrados repentinos que se sienten timados, estafados, violentados. No son los únicos que le chillan en estos tiempos a algunos personajes que salen en la televisión, pero su ira lleva la carga añadida de la inocencia perdida.

De estar a las puertas de licenciarse en Sociología, José Rosales, 26 años fundador del círculo de Podemos en Torreperogil (Jaén), municipio de unos 8.000 habitantes y 50% de paro, ha pasado a trabajar de olivarero de temporada. “Estaba en cuarto de carrera, en Granada, pero tuve que volver a casa porque mi padre, obrero de la construcción, se quedó en paro y con mi beca de 2.600 euros anuales ya no podía seguir viviendo fuera. Mi caso es uno más de los 45.000 universitarios que han tenido que dejarlo”. Como otros compañeros de su círculo, rescatados mayoritariamente de la abstención y con una media de edad de 30 años, José Rosales ve en la igualdad social la primera idea fuerza de la nueva formación. “Hay que distribuir los recursos, cambiar el sistema productivo e industrializar la región, hacer que el futuro vuelva y que los más capaces estén en los puestos directivos”, señala.

El suelo de la desesperanza y la depresión es también el viejo territorio en el que operan los movimientos sociales y las asociaciones que luchan contra la exclusión y la pobreza. Es la segunda pata que Podemos necesita articular para tratar de alcanzar el poder. Ya dice Juan Carlos Monedero en su libro que “el surgimiento de los movimientos asociativos alternativos a los partidos es consecuencia y causa de la crisis de los partidos políticos”. Indignados por la reducción de las ayudas y el aumento brutal de damnificados, muchos voluntarios sociales han saludado la llegada de Podemos como la oportunidad de romper con un sistema que juzgan injusto y opresivo y de conseguir, de paso, la renovación de los partidos de izquierda. La propuesta de renta básica universal de la formación de Pablo Iglesias es una reivindicación histórica de los movimientos sociales.

“Flota en el ambiente la idea de que reviente todo, aunque no sepamos muy bien hacia dónde vamos. Hay que tener en cuenta que nosotros vemos la miseria en primera línea y tratamos a personas que sufren”, indica Domingo Calderón, presidente de la asociación Antaris de Dos Hermanas (Sevilla) que trata a los afectados por la drogodependencia. “Tenemos la impresión de que los partidos que representaban al pueblo en la Transición se han convertido en estómagos agradecidos. A nivel personal, nos sentimos interpelados por la necesidad de un cambio social”, afirma Javier Grau, responsable de Comunicación de la Fundación terapéutica PATIM de Castellón.

“Podemos es la prueba de que mucha gente quiere hacer las cosas de otra manera. El patriarcado capitalista nos hace más y más vulnerables a los jóvenes y a las mujeres. Cada vez vivimos peor. Me encanta la palabra antisistema”, enfatiza Irantzu Varela, de la cooperativa feminista Faktoría Lila. “Hay un profundo desencanto y frustración porque nuestro voluntariado cree en los valores de la honestidad, la transparencia y la participación, pero me parece que Podemos no conoce la realidad de las ONG”, afirma Luciano Poyato, presidente de la Plataforma del Voluntariado de España y del Tercer Sector, que engloba a unas 300 entidades. “Lo que le pedimos es que escuche la gran diversidad que hay en nuestro sector. Habrá que ver qué grado de coherencia, democracia y participación es capaz de alcanzar”, subraya.

Con coherencia o sin ella, con programa o sin él, buena parte de la juventud y de la sociedad española ha decidido coger la política con las dos manos y labrar un nuevo camino. Nadie sabe muy bien dónde desembocará este viaje iniciático y si será de corto o largo recorrido, pero tienen prisa. Van a toda máquina.

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