Angola, el destino de la generación perdida lusa

El país africano crece a un ritmo cercano al 10% y precisa de ingenieros, abogados y técnicos de cualquier rama

A los portugueses, cuando les vienen mal dadas, nunca les ha dado miedo viajar, emigrar y buscarse una vida mejor en cualquier parte del mundo. Y ahora, con una economía que se arrastra con una recesión del 3%, un paro que escala por encima del 16% y unas perspectivas nada halagüeñas, los profesionales lusos mejor preparados son conscientes de que ese futuro se encuentra en otra parte. En los tres primeros meses de este año, cerca de 58.000 jóvenes portugueses, menores de 34 años, abandonaron Portugal, según datos del Instituto Nacional de Estadística. Y uno de los destinos favoritos de los mejores profesionales portugueses es la antigua colonia portuguesa de Angola.

Angola, con sus inacabables yacimientos de petróleo es un reverso de la renqueante economía portuguesa. Crece a un ritmo cercano al 10% y tiene prácticamente todo por hacer. Por eso precisa de ingenieros, abogados, técnicos de cualquier rama, médicos, enfermeros, economistas y gestores, entre otras ocupaciones. Y si hablan portugués, mejor. Los sueldos, por lo general, triplican los que se pagan en la antigua metrópoli, aunque, según publicaba el semanario Expresso hace algunos meses, ya no son lo que eran y tienden a bajar.

Así, no es extraño ver colas diarias en el Consulado de Angola en Lisboa. A la semana se producen cerca de 7.000 viajes entre Portugal y Angola, donde residen ya cerca de 130.000 portugueses. Tanto las asociaciones de empresarios como los sindicatos y los políticos de uno y otro lado han alertado contra esta sangría de emigrados que desabastecen el país de sus mejores profesionales. Pero los emigrantes se encogen de hombros ante la falta de oportunidades en su tierra y el propio primer ministro, el conservador Pedro Passos Coelho, en un comentario que algunos calificaron de realista y otros de cínico, invitó hace meses a los jóvenes a emigrar.

Con todo, la vida en Angola no es fácil, previenen la prensa portuguesa y los muchos trabajadores que vienen y van. Luanda, la capital, no es un paraíso. Nunca las ciudades alcanzadas por la fiebre del oro lo son. Es, por el contrario, una ciudad extraña, cara, pobre a trechos e insegura, impulsada por un crecimiento engordado por el petróleo pero rodeada de miseria, con una población que, en su gran mayoría, no se beneficia de las riquezas que brotan del subsuelo.

Sin embargo, todo indica que Angola seguirá siendo —junto a Brasil, Francia y Reino Unido— el destino favorito de los jóvenes mejor preparados de esta generación perdida de profesionales portugueses.

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