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REPORTAJE

Sombras bajo el fuego

La catástrofe de As Fragas do Eume expone deficiencias en la lucha contra incendios en Galicia

El fuego ha pasado de ser una lacra estival a aflorar en cualquier momento de sequía

Un bombero en el parque natural de Baixa Limia en Ourense.
Un bombero en el parque natural de Baixa Limia en Ourense.

El fantasma de la catástrofe vuelve sobre Galicia y los carteles del “Nunca Máis” ondean por doquier rememorando la indignación padecida con el Prestige. En esta ocasión, los gallegos miran hacia el monte. Uno de los mayores tesoros verdes de la Galicia atlántica ha estado a punto de sucumbir pasto de las llamas. La desoladora estampa de una cortina de fuego deslizándose a toda velocidad ladera abajo hacia el corazón del parque natural de As Fragas do Eume (A Coruña), un bosque milenario y casi mágico, ha calado hondo y pone una muesca encima de las heridas abiertas por la marea negra del Prestige en 2002 y la oleada de incendios forestales que desde 2006, devoran con particular intensidad el monte gallego sin distinguir entre la costa y el interior.

El fuego ha pasado de ser una lacra estival a un mal endémico que aflora en cualquier momento de sequía. En lo que va de año, apenas ha llovido 15 días y muy poca cantidad: 97 litros por metro cuadrado, según los registros pluviales de Meteogalicia. La fina lluvia caída esta semana ha terminado de apagar el voraz incendio (nivel 1) de As Fragas que en dos días, del sábado 31 al domingo 1, calcinó 750 hectáreas de masa arbolada y monte raso. A los alcaldes de los municipios más afectados, A Capela y Monfero, no les salen las cuentas con los cálculos oficiales y elevan a 1.500 la superficie afectada. “Hay 700 calcinadas sólo en A Capela”, insiste su regidor, Manuel Meizoso. La mitad de la tierra quemada (370 hectáreas) eran zonas de reserva natural, la parte más valiosa de un parque emblemático que tardará décadas en regenerarse. El presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo (PP), ha limitado el daño ecológico “al 10%” —había dicho el 5% y rectificó en pocas horas— de un parque de 9.126 hectáreas creado en 1997 que se extiende a ambos lados del cañón del río Eume con las tierras repartidas entre cinco municipios (As Pontes, A Capela, Monfero, Cabanas y Pontedeume) y muchas manos.

El incendio se originó el sábado a primera hora de la tarde y en menos de cuatro horas ya había descendido 400 metros hasta el lecho del río y saltado a la orilla sur para seguir devorando pinares y eucaliptales junto con otros árboles autóctonos (robles, castaños, alisos y abedules) más antiguos y valiosos. Se dio por extinguido el miércoles y forzó el desalojo de 200 vecinos de varias aldeas de A Capela que contemplaron estupefactos cómo las llamas cercaban sus casas sin que pasara por allí ninguna de las 37 brigadas movilizadas por la Xunta.

“Aquí no vino un alma”, cuenta un anciano de Teixido, que peleó contra las llamas con el agua de la cisterna de su tractor y la cuadrilla municipal. Se negó en redondo a evacuar su casa. “Y menos mal, porque me ardía todo”. “Todos los medios fueron para As Fragas pero a las casas no vinieron”, apunta Pancho. Su madre, de 69 años, le reprocha a la Administración que no les dejen gobernar el monte a los vecinos como antaño. “Antes íbamos a limpiarlo porque lo trabajábamos, ahora si cortas el palo de un roble casi vas preso”, resume Manolita.

Antes limpiábamos el bosque, lo trabajábamos, ahora si cortas el palo de un roble casi vas preso

El gobierno gallego tuvo que recurrir a 334 soldados de la UME (Unidad Militar de Emergencias) desplazados desde León para sofocar un fuego que llamó a las puertas del monasterio de Caaveiro, una joya arquitectónica del siglo X encastrado en plena naturaleza que se salvó de milagro y aún espera a los turistas.

La intervención del Ejército no satisfizo a los alcaldes socialistas de As Pontes y A Capela, que denunciaron la descoordinación entre efectivos durante las horas más críticas de la madrugada. La Xunta lo niega y dice que fue “excelente”. La gestión del incendio ha generado una fuerte controversia en varios frentes: su origen, el tijeretazo presupuestario a los medios de extinción y la marea social de gallegos indignados por la aparente desprotección de un espacio único. La Xunta, el Gobierno central y también los alcaldes dan por sentado que detrás del fuego hay un culpable con nombre y apellidos. La Guardia Civil ha localizado el kilómetro cero de un incendio que Feijóo atribuyó a “tres focos simultáneos”. Los investigadores lo desmienten y tienen claro que fue uno solo. Falta por determinar si detrás de la tragedia hay un incendiario o un negligente. La causa ya está en manos del Juzgado.

La oposición, PSOE y BNG, ha relacionado la dimensión del fuego con el recorte de “22 millones de euros” a las brigadas de extinción y con el plan contraincendios activado sólo a medias a pesar de la inusual sequía que castiga Galicia desde hace meses. “Es un polvorín. Los árboles están tan secos que prenden como el papel de periódico”, denuncia el regidor capelán.

La controversia del incendio también bulle en las redes sociales entre los colectivos vecinales y ambientales que se han autoconvocado y concentrado por centenares esta semana en distintas localidades gallegas. Se preguntan cómo la comunidad con mayor patrimonio natural es también la que menos lo protege. Galicia tiene el doble de zonas sensibles que la media española: por cada 100 kilómetros cuadrados en tierra gallega, hay 17,4 hábitats de interés ambiental frente a los 8,2 que suman el resto de comunidades. No obstante, la Red Natura impulsada desde Europa excluye o deja muchos huecos entre lugares de interés ambiental que para los ecologistas gallegos tendrían que estar dentro de la malla ecológica.

Mientras toda Galicia mira hacia el incendio del Eume, el desastre del Xurés pasa desapercibido

Quince años después de su creación, el parque natural de As Fragas do Eume todavía carece del obligado Plan de Gestión para asegurar la conservación de un espacio con una biodiversidad tan vasta que cada año revisa y amplía sus catálogos, denuncia Mónica Arto, representante de los ecologistas en la Xunta Consultiva del parque. Critica que la Xunta haya querido promover el parque como “mercancía turística” sin invertir en su conservación.

Las 9.126 hectáreas de As Fragas tienen muchos dueños: comunidades de montes, particulares con un trocito de terruño colonizado por los eucaliptos, la Diputación provincial y empresas como Gas Natural Fenosa o Endesa, que prácticamente tiene el monopolio de explotación del Eume (un río embalsado, desecado en un tramo de 3,4 kilómetros desde 1960 y salpicado de minicentrales que también le sirve a la eléctrica para rellenar el inmenso hueco de 865 hectáreas que dejó la vieja mina de lignito de As Pontes). Es uno de los escasos ejemplos de bosque atlántico que sobreviven en Europa y el trocito del edén que toda Galicia fue un día. “Hay lobos, martas, murciélagos y helechos tan altos como árboles y muy raros en estas latitudes”, destacan desde la Sociedade Galega de Historia Natural. El fuego tocó su corazón, pero que ha resistido. “Quemó la tierra, pero hay árboles que conservan las ramas verdes”, dicen los ecologistas, con cierto alivio.

Frente al fragor social que desató este incendio, el sistemáticamente esquilmado Parque Natural del Xurés (62.916 hectáreas) no recibe visitas ni lamentaciones. Ocupa una esquina de la Galicia más interior en el suroeste ourensano, en territorio fronterizo: el de los maquis, el del estraperlo de la subsistencia en los tiempos de dificultad, el de la alta montaña (abarca las zonas más elevadas de los municipios de Entrimo, Lobios, Lobeira, Muiños, Calvos de Randín —lindantes con Portugal— y Bande) y tiene una ristra de condecoraciones medioambientales. Es Parque Natural, Zona de Especial Protección Ambiental, Parque Transfronterizo, Reserva Internacional de la Biosfera —junto con el Parque Nacional Peneda-Gerês de Portugal—, Lugar de Interés Comunitario, Zona de Especial Protección para Aves y tiene la Carta Europea de turismo sostenible para la promoción de productos autóctonos, y la “Q” de calidad. Un historial de laureles que el otoño pasado quedó sepultado por las cenizas tras consecutivos incendios en una de las zonas de mayor nivel de protección. El fuego arrasó entonces 2.000 hectáreas y quedó a las puertas de la aldea ecoturista de Salgueiros, destinada a ser referente ecológico de Galicia y hoy abandonada.

En su información a los medios de comunicación, la Consellería de Medio Rural dividió entonces la catástrofe del Xurés por municipios —repartiendo las hectáreas abrasadas— sin mencionar que afectaban al Parque Natural. Tras el gran bocado que las llamas propinaron a la zona más emblemática (la auténtica reserva, junto a los aún intactos Alto do Neboso y Serra de Santa Eufemia, en el pico más alto de la montaña) la semana pasada, el día anterior al incendio del Eume, otro fuego devastó más de 100 hectáreas en la zona inmediata en protección que quedaba. Ahora, desde el corazón del Xurés, el único verde que contrasta con la estampa calcinada del Parque Natural es el que ofrecen, a los lejos, las huertas de los escasos vecinos de las aldeas más próximas.

El otoño pasado fue fatídico para la provincia de Ourense. Las llamas avanzaron como un ejército imbatible sobre 20.000 hectáreas (entre ellas, distintas zonas protegidas de la provincia) mientras el Gobierno gallego mantenía su ejército forestal en la reserva. El entonces conselleiro de Medio Rural —hoy delegado del Gobierno en Galicia, Samuel Juárez—, decidió no contratar a los brigadistas en un octubre de inusuales temperaturas apegado al argumento de que en el calendario no era época de riesgo de incendios forestales. Con las brigadas contraincendios reducidas prácticamente a la mitad, el presidente de la Xunta —que en esa ocasión sí acudió a la zona devastada— se negó a reconocer cualquier relación entre la expansión de las llamas y la negativa de su Gobierno a prorrogar después de septiembre los contratos a los brigadistas.

Esta semana, la Xunta habla del incendio de las Fragas do Eume, aunque solo sea para minimizar los daños. Ni una palabra sobre el desastre del Xurés en donde, desde el incendio de la semana pasada, los caballos (“especie traída por los celtas” al Xurés, según reza en el cartel informativo) y las vacas autóctonas de la reserva caminan con las patas ennegrecidas en busca de pasto, pasando de largo por la pantalla que detalla al visitante las singulares características de la raza de leborerio.

En la aldea de Queguas (17 vecinos), Modesto sentencia un epitafio sobre las cenizas del Parque Natural: “Esto estaría bien gobernado si la gente estuviera concienciada”, pero acepta con resignación la lacra incendiaria. “Hay que aguantar lo que viene”, se encoge de hombros el vecino mientras hace recuento de los focos (9 o 10, concluye) que cercaron en la última semana esta zona del Parque Natural sobre la que se asienta las pallozas —antiguas cuadras para el ganado— que los vecinos entregaron a la Xunta y que habrían de destinarse a acoger al turismo.

El incendio de la semana pasada llamó a la puerta, pero las pallozas llevan ya tiempo abandonadas. Ni rastro de los tejados de paja que les dan nombre. Las piezas de uralita sobre las piedras de las antiguas cuadras rodeadas por robledales centenarios sobre los que crecen las hiedras, anuncian a lo lejos el desastre. Entre los antiguos muros del camino se acumulan botellas de alcohol y refrescos de botellones recientes.

Modesto advierte de que el abandono es una constante en esa zona. “Ya hace varios años que las pallozas están así. Volvieron a ser lo que eran, cuadras, pese a que la Xunta se gastó mucho dinero en adecuarlas”. El vecino de esta pequeña aldea de la Serra de Leboeiro tiene las llaves de la capilla anexa a los cobertizos que entregaba a los visitantes que querían resguardarse. Las llamas del último fuego tenían el camino despejado. Los dólmenes próximos se salvaron por los pelos.

Mientras toda Galicia mira hacia la catástrofe medioambiental del Eume, el Xurés —en donde la Xunta introdujo la desaparecida cabra montesa , en donde se recuperó el águila real, y en donde los robles son casi una especie invasora y los eucaliptos no existen y el lirio y la armeria tienen denominación de origen— languidece en una desidia asumida incluso por el vecindario. La resignación de los escasos habitantes de la recién arrasada Queguas es absoluta. “Esto es ya Portugal”, señalan los vecinos con el dedo la línea invisible en la montaña. Ni rastro del millón de euros que el exconselleiro de Medio Rural anunció a finales del pasado mes de agosto, semanas después de una de las múltiples oleadas de incendios, para limpieza y restauración de caminos, señalización, preservación de hábitats y conservación de poblaciones protegidas.