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La crisis del coronavirus
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Dejarlos morir

Los que llevamos años dando vueltas por los pudrideros del planeta lo hemos visto con la malaria, con el chagas, con la tuberculosis, con la diarrea y con cualquier otra enfermedad que mate sobre todo negros. Y volveremos a verlo con la covid-19

Una vista aérea de un funeral de un fallecido por la covid-19 en el cementerio de Kilyos en Estambul, Turquía.
Una vista aérea de un funeral de un fallecido por la covid-19 en el cementerio de Kilyos en Estambul, Turquía.MEHMET CALISKAN (REUTERS)

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El primer síntoma de una hambruna es la subida del precio de los alimentos. Cuando el precio del maíz se dispara en los mercados locales es la señal inequívoca de que se espera el hambre. En 2016, cuando Malawi se preparaba para una hambruna bíblica que afectaría a más de dos millones de personas, la comunidad internacional reaccionó escandalizada a la venta de las reservas de grano que tenían las principales empresas locales a la vecina Zambia: el país era tan pobre que ni muriéndose tenía dinero para pagarlas. Meses más tarde el precio del maíz se había multiplicado por diez en la región afectada.

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Al mismo tiempo centenares de miles de personas se morían de hambre. A la pregunta de por qué vendían el maíz diez veces más caro, la respuesta de los mercaderes locales podía haber coincidido con la de cualquier profesor de economía: es la ley de la oferta y la demanda. La respuesta económica a la escasez es el aumento del precio.

En su libro, Lo que el dinero no puede comprar, el filósofo Michael Sandel (premio Princesa de Asturias 2018) afirmaba que “cuando decidimos que ciertos bienes se puedan comprar y vender en un determinado mercado, admitimos también que es apropiado tratarlos como instrumentos del beneficio” y con ello acatamos también las consecuencias que las leyes del mercado impondrán como resultado de estas transacciones. Si hablamos de comida en una emergencia las consecuencias son muertos y generaciones completas perdidas por la afección a su crecimiento en los estadios tempranos de su desarrollo. Si hablamos de vacunas, hablaremos simplemente de muertos.

Y muertos por la covid-19 habrá muchos como resultado de la eficiente distribución de recursos del mercado de medicamentos. En África los seguirá habiendo hasta por lo menos el 2024 cuando, de acuerdo con un mapa publicado recientemente por The Economist Intelligence Unit, los países más pobres del planeta tendrán la disponibilidad de la vacuna para inmunizar a su población, que probablemente ya habrán alcanzado la inmunidad de rebaño por la vía del contagio.

Pero no os echéis las manos a la cabeza. Sé que parece muy duro que dejemos expuestos a dos tercios del planeta a morir del mismo mal que nos ha convertido en huérfanos de los abrazos; dejar morir es uno de los principios básicos que la aplicación de la oferta y la demanda tiene como resultado en el ámbito sanitario. Los que llevamos años dando vueltas por los pudrideros del planeta lo hemos visto con la malaria, con el chagas, con la tuberculosis, con la diarrea y con cualquier otra enfermedad que mate sobre todo negros. Y volveremos a verlo con la covid-19.

Y ojo, no creáis que el problema es del mercado, él es solo una convención social que nos hemos inventado para generar eficiencia en la distribución de costes y beneficios, es de los que permitimos que su funcionamiento dicte las normas de la vida y de la muerte y subcontratamos la moral al instrumento y no al cerebro que lo piensa y a la mano que lo mueve. Es de los que permitimos, de los que permitiremos, que el mapa de The Economist se cumpla como una profecía inevitable del devenir humano y no como el resultado de nuestra propia desidia.

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