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cartas al director

¿Trabajar no es vivir?

Las lectoras escriben sobre el sentido del trabajo, los jóvenes y el Primero de Mayo, el trabajo no remunerado de las mujeres y las dificultades de reconstruirse tras una relación de abusos

Una clase en un instituto de Madrid, el mes pasado.Maria Aguilella Pardo (EFE)

Tras 35 años trabajando como maestra me jubilé el pasado septiembre, una decisión que me costó mucho tomar. Mi círculo más cercano invariablemente me insistía en un mensaje: “¡Que ya te toca disfrutar de la vida!”. Sentía pena al escuchar esta respuesta porque si tenemos que esperar a la jubilación para empezar a disfrutar de la vida es que algo no estamos haciendo bien. Quizás sea de las pocas afortunadas que he elegido una profesión que me apasiona y la he podido combinar con la crianza de mis hijos, disfrutar de mis hobbies y de mis amistades con salud. Pero muchas de las personas que me animaban a la jubilación también tenían condiciones parecidas a las mías y su interés era dejar de trabajar. Ahí surge mi pregunta: si no has sido capaz de disfrutar de la vida mientras trabajabas, ¿lo sabrás hacer cuando dejes de trabajar?

Matilde Olaizola Morales. Madrid

Primero de Mayo de los jóvenes

El Día Internacional del Trabajador para muchos jóvenes suena más a ironía que a celebración. No es que los jóvenes no trabajemos. Es que tenemos contratos de tres meses, empleos que no tienen nada que ver con cuatro años de carrera, trabajos que cambian antes de que puedas planear nada. Somos la generación más formada de la historia y muchos acabamos en puestos para los que no se requiere experiencia; y cuando sí es necesaria, nadie te ha dado la oportunidad de adquirirla. Como el alquiler se lleva lo poco que queda, y los ahorros no existen, lo que hacemos es movernos. Un vuelo barato, una escapada de fin de semana, la única forma de sentir que algo avanza, aunque sea el paisaje. La precariedad laboral juvenil no es nueva, pero cada vez se normaliza más y ya nadie se sorprende.

Inés Herrán García. Valencia

El PIB invisible

Si las mujeres decidiéramos, por un solo día, no realizar ninguna labor de amparo, el sistema financiero global colapsaría. Caería el velo de una economía que finge ser autosuficiente mientras ignora el hilo invisible que evita que la vida se desmorone. ¿Qué clase de mercado hemos construido si el tiempo dedicado al sostén cotiza a cero en las hojas de cálculo? Si este equilibrio imposible entre los despachos y la ternura generara dividendos, seríamos la especie más rica del planeta. Porque el valor real reside en nuestra capacidad de hacer que el mundo siga siendo humano.

Andrea Martínez. Barcelona

Reconstruirse

Las sonrisas fingidas son solo la cubierta de la fosa profunda que cavaron y en la que me empujaron. Reconstruirme ha costado más de lo que imaginé; vivir me exige una fuerza que, a veces, ya no tengo. Las secuelas regresan por las noches. Vuelvo al peso de sus gritos mientras me inmovilizaban en el suelo, a los moretones en mi rostro, a la cicatriz que aún llevo en el labio y a las heridas en mis muñecas, nacidas del intento desesperado de sacar todo lo que callaba por dentro. Aún cargo silencios que nunca me pertenecieron. Aún recojo pedazos de mí que dejaron esparcidos. Me estoy sacando de la oscuridad en la que me dejaron, pero nadie lanza una cuerda. Aun así, sigo subiendo.

Yinela Cheribin. Málaga

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