La vergüenza, la izquierda y Trump
En una sociedad plural, solo la soberbia que da estar harto de razón puede convencerlo a uno de que aquel que discrepe merece ser desnudado por ser irracional

Fue quizá Susie Wiles la primera que lo entendió. La actual jefa de gabinete de Trump y directora de su tercera campaña electoral se dio cuenta de algo aparentemente contraintuitivo. En las dos primeras campañas electorales de Trump, en 2016 y en 2020, su equipo, asesores y allegados se la pasaban intentando contener su parte más impresentable, luchando para que inhibiera sus instintos y haciendo control de daños.
Wiles, en cambio, cambió de estrategia. Al tomar el mando de su tercera campaña electoral, decidió no ponerle cortapisas, desinhibirlo y dejar que se mostrara exactamente como se le antojara (suponiendo que su comportamiento sea fruto del más frívolo antojo y no de un trastorno hipomaníaco). El resultado es conocido: en 2024, a diferencia de lo ocurrido en 2016 y 2020, Trump ganó el voto popular. Desconcertante. O no.
La clave que diferenció a las dos primeras campañas electorales de la tercera fue la vergüenza. O mejor dicho: la desvergüenza. Wiles entendió que cuando la política se convierte en el intento constante de avergonzar al adversario, mucha gente se sentirá atraída no por aquel que menos avergonzado haya quedado ―que sería tal vez lo más intuitivo―, sino por el más desvergonzado, aquel a quien, le acusen de lo que le acusen, jamás se le cae la cara de vergüenza. Trump. Cuanto más desvergonzado, mejor. Incluso al precio de mostrarse, a menudo, como un sinvergüenza siniestro.
La vergüenza como reproche moral se ha contrapuesto históricamente a la culpa. Ambas son reguladores sociales. Algunas sociedades de la etapa tardía de la Antigua Grecia eran sociedades de la vergüenza. En griego antiguo, existe una cercanía entre las palabras aidós, que significa vergüenza, y aidoia, que significa genitales. De ahí que sentir vergüenza consista en que los demás te vean los genitales, es decir, que te vean desnudo. El antiquísimo rastro de la conexión entre desnudez y vergüenza llega hasta nuestros días.
He aquí una primera diferencia entre vergüenza y culpa: uno puede sentir culpa a solas; pero uno solo siente vergüenza ante la mirada del otro. Por eso se dice que la culpa es una emoción más individual y la vergüenza una más social: esta última necesita de la existencia de una sociedad para que surta efecto.
La culpa reinó en Occidente durante muchos siglos, primero con el advenimiento del cristianismo y luego con el de su hermano agnóstico: la Ilustración. La motivación del agente moral ya no era fruto de las interacciones sociales, la voluntad de conservar una buena reputación y el reconocimiento de sus pares, como ocurría en las sociedades de la vergüenza. Ahora había que actuar con arreglo al deber, ya fuera este un mandato de Dios o el producto de usar la razón. Ya no se necesitaba que el otro te desnudara con la mirada para que tú actuaras correctamente. Bastaba con hacer introspección, abstenerse de pecar o, sencillamente, ser racional.
Hasta que llegó el siglo XXI. La militancia en la corrección política, la cancelación (tenga o no las consecuencias que la histeria anti-woke le atribuye, cancelar es algo más que criticar: es avergonzar) o el señalamiento público fueron ganando espacio popular. Y en materia ética solo importa lo pop. Estos fenómenos consistían, entre otras cosas, en poner al desnudo el comportamiento o la opinión de alguien con la esperanza de que rectificara y mejorara o, de lo contrario, fuera desalojado al tenebroso reino del ostracismo, que en pleno siglo XXI se traduce en una especie de zona fría pública, alejada de todas las áreas de influencia. Un propósito muy parecido alimentaba a quienes usaban la vergüenza en la Antigua Grecia.
¿Por qué, tras siglos de práctica hegemonía de la culpa, se recuperó la vergüenza como mecanismo de regulación social? Hay factores que se me escapan, pero hay al menos uno que es identificable. Las sociedades griegas de la vergüenza eran sociedades donde existían canales de socialización que, si no eran exactamente democráticos, sí eran al menos relativamente horizontales. Dicho mal y pronto: el ágora. A principios del siglo XXI, ¿qué canal de socialización se creía que era, si no democrático, sí al menos relativamente horizontal? Las redes sociales.
En las sociedades occidentales del siglo XX había unos pocos conglomerados comunicativos que filtraban de arriba a abajo qué era socialmente relevante y qué no. La vergüenza como regulador social era, en aquellos contextos jerárquicos, inoperante. Y es que la vergüenza opera de manera horizontal: quien te observa desnudo desde encima de ti, no ve, por el ángulo de su mirada, tus genitales.
¿Resultó exitoso el reverdecer de la vergüenza en el siglo XXI? El Trump de 2024 nos conmina a ser muy escépticos. Había un factor que estaba presente en las antiguas sociedades de la vergüenza que está ausente en el siglo XXI. Uno solo siente vergüenza ante aquellos con los que comparte ideas políticas, un imaginario ético o un trasfondo cultural muy semejante. En las sociedades premodernas, esto era relativamente fácil: eran culturalmente más homogéneas y apenas existía pluralismo político o moral.
Pero en sociedades marcadas por el pluralismo, como lo son las nuestras, no deberíamos suponer que avergonzar a alguien surtirá el mismo efecto que surtía ―idealmente― en las sociedades de la vergüenza de la Antigua Grecia. Si la persona a la que se quiere avergonzar tiene una opinión diferente y fundamentada sobre una cuestión, ¿por qué debería sentirse avergonzada?
Ha terminado ocurriendo lo contrario. La persona a la que pretendía avergonzarse se ha atrincherado. Y se ha plantado así la larva del resentimiento: a nadie le gusta que lo avergüencen cuando ha invertido tiempo en pensar lo que sinceramente afirma. Su reacción será más bien la de sentirse humillado. Y cuando esto ocurre a gran escala, y las redes sociales permiten que todo esto ocurra a muy gran escala, uno acaba buscando abrigo en aquel que es inmune a la vergüenza. Trump. Y sus sucedáneos.
Cuando leo que la izquierda tendría que ser más anti-inmigración o menos feminista me dan ganas de saltar por la ventana. La izquierda no tiene que cambiar de ideas, tiene que cambiar de actitud. Debe abandonar la soberbia moral con la que defiende sus ideas (en un encuentro reciente entre Gabriel Rufián e Irene Montero, ambos, con una ironía tan mediocre que solo podía ser falsa ironía, confesaron sentirse “hartos de tener razón”, qué grima). Y debe dejar de intentar avergonzar a los demás por no tener sus mismas ideas. En una sociedad plural, solo la soberbia que da estar harto de razón puede convencerlo a uno de que aquel que discrepe merece ser desnudado por ser irracional.
No querría sin embargo generar ninguna confusión. Esto no es un canto a la tolerancia del “todas las opiniones son respetables”. Es una petición para respetar la poca capacidad de convencer y criticar que poseamos. Pero también es una llamada a respetar lo que ocurre tras un genuino conflicto de ideas. Y lo que sucede, entonces sí, es la diversidad de puntos de vista. Y es que el pluralismo no es lo que ocurre antes de entrar en el intercambio de argumentaciones, sino lo que queda después, cuando hemos agotado todas las razones, todas las pasiones y todas las consideraciones.
Todo esto es más costoso que avergonzar a alguien o regocijarse en el onanismo del estar “hartos de tener razón”. Pero es un poco más prometedor: tratar de convencer a alguien es hacerlo sentir interpelado. Y es más difícil que quien se sienta interpelado termine reclutado por un ejército de resentidos dispuestos a encumbrar a un sinvergüenza. Susie Wiles fue quizás la primera en entenderlo. No deberíamos dejar que fuera la única.


























































