Hipopótamos y novelas
Los excesos del narcotraficante Pablo Escobar no desaparecieron tras su muerte; contagian hasta hoy toda la vida colombiana


El terrorista Pablo Escobar, uno de los grandes asesinos del siglo pasado, murió abaleado sobre un tejado de Medellín a finales de 1993. Había escapado un año y medio atrás de la cárcel La Catedral, construida por él mismo para permitir ese eventual escape, y esa huida sumió a Colombia y a sus instituciones en una crisis tan aguda que se creó un ejército entero cuya única misión era capturarlo vivo o muerto. Eso sucedió por fin a comienzos de diciembre, un día que era soleado en mi ciudad, y no se me han diluido en la memoria las caras de mis compañeros de la facultad de Derecho cuando nos enteramos de la noticia: había en ellas algo que solo puedo llamar alivio. He vuelto a pensar en ese día porque Colombia entera está hablando una vez más del legado de Escobar, pero esta vez refiriéndose a una de sus facetas más extrañas: la obligación de lidiar con una población de hipopótamos —169, según los conteos oficiales— que se han convertido con los años en un enorme problema ambiental, además de una metáfora maravillosa. ¿De qué? Eso es lo que no se sabe. Ni la metáfora es clara ni el problema ambiental parece fácil. Pero de eso estamos hablando.
No es de extrañarse: así ha ocurrido siempre todo lo relacionado con esos años. Vuelvo a la muerte de Escobar. Con ella se cerraba, o creíamos que se cerraba, una década de guerra abierta entre los carteles de la droga y el Estado colombiano que nos había puesto a los colombianos en medio de las balas y las bombas: en su lucha contra el demonio de la extradición, Escobar había descubierto que no solo se ganaban batallas asesinando a quienes la propugnaban –jueces, legisladores, candidatos a la presidencia–, sino también a los ciudadanos sin discriminación alguna. Las bombas con las que crecí, que Pablo Escobar mandaba poner en centros comerciales en el Día de la Madre, o en aviones de aviación comercial, o en edificios simbólicos (la agencia de Inteligencia del Estado, por ejemplo, o frente a la Cámara de Comercio), convirtieron la vida de una generación o de varias en un campo minado: todos sabíamos que cualquiera podía salir de su casa y no volver nunca. De manera que la desaparición violenta de Escobar –en nuestras memorias vive la imagen de su cuerpo muerto sobre los tejados y el grupo de los hombres armados rodeándolo como un trofeo de caza– provocó la ilusión de que terminaba la influencia nefasta que había tenido sobre la vida en Colombia.
La realidad no podía ser más distinta. Escobar sigue presente entre nosotros de mil maneras, de lo grande a lo pequeño, de lo definitivo a lo banal. Está presente porque el narcotráfico de esos años trastocó para siempre los valores de toda la sociedad colombiana, que ahora vive luchando todos los días contra una cultura mafiosa y corrupta que lo ha impregnado todo: la política, el fútbol, la manera de hacer negocios, la estética del cuerpo de las mujeres, la forma que tienen los hombres de mirarlo. Desde la forma como las drogas definen la agenda internacional de Colombia hasta las series de televisión frívolas o logradas, desde la literatura que ha intentado contar lo sucedido hasta las camisetas con la cara de Escobar que los imbéciles del mundo entero se ponen con orgullo, Escobar sigue presente. Y es aquí donde aparecen los hipopótamos cuya eutanasia ha sido decidida por el Gobierno actual y ha provocado debates intensos entre animalistas, ambientalistas y meros indignados profesionales. En mi país, tan agobiado por mil violencias, hundido como está en una guerra que ya parece eterna, la posibilidad de matar a una especie invasora nos tiene hablando de eutanasia, de caridad y de derechos.
Los primeros ejemplares llegaron a Colombia a comienzos de los años ochenta. Eran parte del proyecto megalómano de Escobar: un zoológico construido en la más extensa propiedad del mafioso, la Hacienda Nápoles, cuyas cuatro mil hectáreas le servían de cuartel general, lugar de recreo y aeropuerto con varias pistas para que despegaran y aterrizaran los aviones de la droga. En el zoológico había animales que la mayoría de los colombianos sólo había podido ver en enciclopedias o en documentales: delfines rosados, flamencos de colores vivos, rinocerontes y elefantes y canguros y guacamayas amazónicas y hasta un loro capaz de recitar la alineación de la selección colombiana de fútbol. Todos los que Escobar trajo de lejos, comprados en el mercado negro por un hombre que tenía todo el dinero del mundo, llegaron en un avión Hércules de nombre impagable: El arca de Noé. Así sucedió con los tres hipopótamos machos y la hembra que vino más tarde. En ese paraíso mafioso, con toda el agua que hubieran podido desear y sin ninguno de los depredadores de su hábitat original, los hipopótamos se pusieron a la tarea de reproducirse. Tras la desaparición de Escobar, cuando sus propiedades pasaron a manos del Estado y entraron en un espiral de abandono y decadencia, los hipopótamos salieron de su cautiverio a buscarse la vida, y colonizaron –la palabra no es inapropiada– aquella zona del valle del río Magdalena.
En 2009 ya se habían convertido en un serio problema ambiental. Los hipopótamos son animales agresivos y territoriales, y consumen los recursos que las especies autóctonas necesitan para vivir; uno de ellos, Pepe, había atacado a los campesinos de la zona. Un pequeño ejército de hombres armados se constituyó para darle cacería, y acabaron por tener éxito. Yo estaba por esos años atravesando una crisis intensa, que es como los novelistas nos referimos a veces a lo que los demás ven simplemente como la escritura de una novela. Era la historia de un piloto que en los años setenta comienza a llevar drogas ilegales a Estados Unidos; pero la historia se negaba a tomar forma, a convencerme de su necesidad: se negaba a ser urgente, y cierta forma de la urgencia es la única razón válida que necesito para emprender ese viaje con mapas en blanco que es una ficción de cierta complejidad. Y entonces, un día, me topé con una foto publicada a doble página en una revista: allí estaba el cuerpo brutal del hipopótamo muerto, una bestia del color de las perlas negras y tonelada y media de peso, rodeado de sus cazadores.
De repente, sin saber muy bien por qué, recordé mi propia visita al zoológico de la Hacienda Nápoles, allá por 1983 o 1984, y entraron como una marea los recuerdos de esa época. Era la primera vez que pensaba en ellos –en esas anécdotas, en esos miedos–, y comprendí que la novela no debía contar tan sólo la historia del piloto, anclada en los años setenta, sino también la de un hombre de mi generación que visita, a través de la vida del piloto, los años difíciles que dieron forma a nuestras vidas: que nos marcaron y nos siguen marcando. Para cuando llegué al final de El ruido de las cosas al caer, que así se llama ese libro, la imagen del hipopótamo cazado se había quedado lejos, anclada en la primera página. Pero ha seguido haciendo parte de mis conversaciones todos estos años, los 15 que han pasado desde la publicación de la novela, y no parece que se vaya a ir a ninguna parte. Los hipopótamos de la realidad colombiana siguen, como ese hipopótamo de ficción, haciendo parte de mis días.


























































