Democracia cristiana
La abierta falta de respeto con la que Abascal se ha enfrentado a la Iglesia por causa de la inmigración, o los insultos de Trump hacia el papa León XIV, dan cuenta de una significativa ruptura en la derecha antisistema


No sé si fue a Stendhal o a Alberto Olmos, pero a alguien le leí que cuando dos escritores se juntan solo hablan de dinero. Y es cierto, salvo si esos escritores son de derechas. Cuando intelectuales o columnistas conservadores se reúnen, además de dinero, suelen debatir con afectada gravedad qué es lo que debería hacer la verdadera izquierda. Y añoran, ellos dicen que con sincera melancolía, la desaparición de la socialdemocracia.
El diagnóstico es razonable y legítimo, siempre y cuando no se aloje en el ánimo como una monomanía. Con demasiada frecuencia, el intelectual conservador rememora aquellos días soñadamente tocquevillianos en los que Europa se construyó sobre dos pilares: la socialdemocracia y la democracia cristiana. Pero el suspiro añora en una única dirección: evocan la altura política de Willy Brandt o Jacques Delors —a quienes comparan malévolamente con Patxi López o María Jesús Montero— pero rara vez miran hacia la propia orilla.
Lo desviado no es la nostalgia, sino su sesgo interesado. Pues si bien es verdad que Eduard Bernstein u Olof Palme custodiaron con más rigor y ambición las ideas socialdemócratas que nuestros políticos progresistas actuales, no es menos cierto que la democracia cristiana se encuentra ahora mismo desdibujada. Si somos ecuánimes, Miguel Tellado tampoco es precisamente Alcide De Gasperi y a Cuca Gamarra no se la imagina uno subrayando las obras completas de Jacques Maritain para tomar ideas.
La abierta falta de respeto con la que Santiago Abascal se ha enfrentado a la Iglesia por causa de la inmigración, o los insultos de Trump hacia el papa León XIV, dan cuenta de una significativa ruptura en la derecha antisistema. Más incomprensible resulta aún la actitud connivente de los de Alberto Núñez Feijóo, quienes en esta aventura parecen dispuestos a dilapidar parte de su capital ideológico. El PP, que en otro tiempo mantuvo en su cúpula personas en las que el cristianismo ejercía de faro reconocible, hoy es capaz de firmar sin complejos acuerdos xenófobos que atentan de forma directa contra el patrimonio moral del Evangelio que inspiró la construcción de Europa.
Son, sin duda, tiempos extraños. Y bien está que algunos nos señalen todos los días que no se puede ser socialista y negociar privilegios fiscales con territorios ricos. Pero, puestos a reivindicar la coherencia como una virtud política, alguna vez haríamos bien en decir que en España lo que empieza a faltar de forma urgente es una democracia cristiana.


























































