El misterio del lenguaje se hace más profundo
El gen de la capacidad lingüística existe en todos los mamíferos, y cambia tan lentamente que los chimpancés y nosotros solo diferimos en dos letras


Los boomers recordarán la que se lio a principios de siglo con FoxP2, “el gen del lenguaje”. La cosa venía de una familia británica, identificada como familia KE en la literatura científica, en la que 15 de los 29 miembros vivos padecían una grave discapacidad lingüística. Eso apesta a un gen mendeliano dominante y, en efecto, Simon Fisher y sus colegas del Centro Wellcome de Genética Humana, en Oxford, lo encontraron con bastante facilidad. Se llamaba FoxP2, y la correlación de sus mutaciones con la deficiencia del habla era exacta: los 15 miembros de la familia afectados llevaban la versión mutante, y los otros 14 llevaban la normal. FoxP2 fue bautizado enseguida como “el gen del lenguaje”, y con ese apodo hizo un montón de titulares (pero no disparen al periodista: fue la revista Nature la que empezó con eso).
La verdad es que FoxP2 es un gen muy especial. Para empezar, y como demuestra la familia KE, afecta a todos los componentes del lenguaje. Los afectados no distinguen bien los fonemas dentro de una palabra, pero tampoco generan inflexiones a partir de una raíz, ni las comprenden a menos que las hayan aprendido aposta, ni generan estructuras sintácticas ni las entienden sin memorizarlas una a una. En segundo lugar, está su extraordinaria estabilidad evolutiva. El gen existe en todos los mamíferos, y cambia tan lentamente que los chimpancés y nosotros solo diferimos en dos letras (aminoácidos, las cuentas del collar en que consiste una proteína). Cuando Svante Pääbo aprendió a leer el genoma neandertal, supimos que aquella especie extinta tenía la misma versión de FoxP2 que nosotros, y este es un argumento que perdura a favor de que los neandertales tenían la facultad del habla.
Todo eso sigue siendo cierto, pero el misterio de la evolución del lenguaje acaba de hacerse más profundo. El psiquiatra Jacob Michaelson y sus colegas de la universidad de Iowa, el Instituto Max Planck de Psiquiatría en Múnich y otros centros acaban de descubrir otras zonas del genoma cuyas variaciones correlacionan con la capacidad lingüística de los humanos actuales y que, pese a ello, evolucionaron antes de que los sapiens y los neandertales emprendiéramos nuestros caminos separados. Esto no equivale a decir que el lenguaje evolucionó en el Homo erectus, pero desde luego es compatible con esa idea. ¿Tanto tendría que hablar aquel homínido de hace dos millones de años, con su pequeño cerebro y sus toscas herramientas de piedra?
Michaelson y sus colegas han partido de estudios sobre la capacidad lingüística de 350 alumnos de primaria. Los niños también aportaron muestras de saliva, lo que ha permitido leer su genoma en busca de HAQERs (Human Ancestor Quickly Evolved Regions, regiones del genoma humano ancestral que evolucionan deprisa). No son genes, sino secuencias que influyen en la expresión de genes lejanos. Y ahí están las mejores correlaciones con la habilidad lingüística de los niños. Michaelson compara los HAQERs a los mandos de una radio. Me vale. El problema gordo es que no sabemos cómo funciona la radio, pero al menos ya sabemos dónde tiene los mandos. Típico de la genética.
Los HAQERs del lenguaje evolucionaron después de que nos separáramos del chimpancé (hace seis millones de años), pero antes de que nos separáramos del neandertal (hace medio millón de años). “Esta astilla del genoma”, dice Michaelson, “ha permanecido relativamente constante, mientras otras zonas han acelerado para hacer a los humanos cada vez más listos; podemos decir que los humanos tenían al menos el hardware del lenguaje antes de lo que pensábamos”.
Y recuerda que el lenguaje no es solo un medio de comunicación, sino también un nuevo nivel en la organización de nuestra mente, un nuevo balcón desde el que mirar al mundo. Hará falta un poeta para resolver este enigma.


























































