Los de mil abandonos
Es una lotería encontrarte con quien te cuida y te protege, muchas veces también una víctima


Fui invitada a dar una charla en un centro de justicia juvenil. No sabía lo que me encontraría en el aula. Nunca sabes, claro. Escribir es llenar un montón de páginas con lo que se te va ocurriendo y el modo en que llega a los lectores forma parte del misterio de ese vínculo tan íntimo y a la vez tan lejano en el espacio que se establece entre la consciencia que crea y la que recibe lo creado. Después de tres largas décadas juntando letras, todavía me sorprende que otro ser humano pueda querer leer algo mío, no por falsa modestia sino porque el caudal de libros disponible es infinito. Aunque no en todos lados ni en todas las casas.
Me sentí cercana a los chicos con los que pude hablar de temas como el machismo, el racismo, el clasismo. ¿Qué les iba yo a contar a ellos que, en muchos casos, son fruto de múltiples abandonos, de la negligencia de los adultos que deberían haberlos cuidado y educado? Podría haber sido una de ellos, se parecen mucho a vecinos y compañeros de colegio que se perdieron por el camino y no encontraron a nadie que les tendiera una mano. Jóvenes simpáticos y alegres malogrados por la droga, con padres que no supieron ni pudieron atender sus problemas. Otros mal comiendo, mal durmiendo, mal viviendo desde pequeños sin que nadie se diera cuenta. El maltrato constante, que no le importes a nadie, que todos pasen de ti. Es casi una lotería encontrarte con quien te cuida y te protege, muchas veces ellas también víctimas del sistema. Eso me impresiona: que en las trincheras de la pobreza, la marginalidad y la violencia haya personas que conservan su humanidad y hacen lo que creen que está bien.
En mi caso fue mi madre. Encerrada de por vida, conviviendo con su verdugo, no dejó nunca de llenarnos la casa con aromas de comidas sabrosas, nunca dejó de ordenar y limpiar haciendo que nuestro hogar (cuando no estaba Él) fuera un remanso de paz, también lavando la ropa, preocupándose siempre de que estuviéramos bien alimentados y limpios. A los alumnos del centro no les pregunto por sus historias personales (solo qué vía de expresión tienen) pero intuyo que algunos de los chavales que me escuchan atentos no tuvieron la suerte que yo tuve: contar con una madre, sea la biológica o adoptiva, hombre o mujer. Y casi me parece un milagro que la mía fuera capaz de sobreponerse a su terrible situación y nos diera a nosotros la vida, la raíz profunda que nos ha impulsado al mundo. Si todos fuéramos un poco madres en nuestras relaciones cotidianas estaríamos todos menos solos, habría menos dolor en el mundo.


























































