Los petromachos
La estética del macho blindado en el interior de su coche ha agravado lo que ya era brutalidad masculina a secas


El coche ha girado a su derecha para entrar en la calle lateral en el momento en el que mi perra y yo cruzamos por el paso de peatones. Mi perra tiene las patas cortas y los andares tranquilos, y ni a ella ni a mí nos apura la prisa en este momento en que la luz de la tarde se vuelve oblicua y dorada. La parada obligatoria no ha podido retrasar al conductor más de unos segundos. Pero él saca la cabeza y me grita algo que tardo en entender, ya que lo dice con el vozarrón de la furia automovilística en Madrid: “¡Vete al Retiro!”. No es mi primer encuentro y me temo que no será el último con un fenómeno que hasta ahora yo no sabía que tiene nombre, pero que de un modo u otro llevo padeciéndolo toda la vida. En uno de mis primeros recuerdos, voy por una calle de Úbeda de la mano de mi madre y ella me da un tirón y me aparta un lado en el momento en que uno de aquellos grandes coches negros de entonces dobla la esquina a toda velocidad. Mi madre se acordaba siempre de aquel susto que pudo habernos costado la vida a los dos. Aunque no se hubiera detenido, ella sabía quién era el conductor, ya que entonces había muy pocos coches: un médico muy conocido, con la sombría autoridad sacerdotal que los médicos tenían entonces. Muchos años después, conocí a un director teatral que me contó que era de Úbeda. Su apellido me trajo el recuerdo del automóvil agresivo, y le pregunté si por casualidad su padre había sido médico. El hombre debió de sentir algo de congoja retrospectiva al descubrir que, a causa de la pasión conductora de su padre, aquel encuentro pudo no haber sucedido.
De pronto, la costumbre de ir en burro o a caballo, que había sido agradable y cansina, se volvió peligrosa. No era de temer que aquellos fatigados animales de cargas se lanzaran a galope, pero no estaban acostumbrados al ruido y la velocidad de los coches y se asustaban fácilmente, y podían pararse de pronto y tirarlo a uno por encima de las orejas, o alzar las patas delanteras y tirarlo de espaldas. Con el paso de los años, mi experiencia de la petromasculinidad ha enriquecido la que ya venía padeciendo a causa de la brutalidad masculina a secas, que se ceba con predilección en las mujeres, pero que a muchos varones poco inclinados hacia ella nos ha deparado bastantes amarguras. En los colegios de curas no había niñas, así que la burricie de profesores y alumnos machotes se volcaba en los compañeros débiles o tímidos que no participaban en los juegos violentos ni en los bramidos del futbolismo colectivo. El simio de Stanley Kubrick en 2001: Una odisea del espacio se vuelve más temible cuando descubre que un fémur puede ser un arma de dominio. La masculinidad burda que con tanto empeño fomentaban por igual en mi niñez las autoridades civiles, militares y eclesiásticas dio un gran salto adelante cuando encontró su complemento en el motor de explosión. El sable, la pistola, la maza, la quijada de burro, difícilmente pueden competir con el pedal del acelerador y con el rugido del tubo de escape, e incluso son menos letales como armas de agresión. Raquel Vidales ha contado en estas páginas las investigaciones de la politóloga americana Cara Daggett, que acuñó el término petromasculinidad en 2018, y lo relaciona no solo con los coches, sino con el campo entero de los combustibles fósiles: “Las torres de extracción, la perforación, los oleoductos, la gasolina”. Drill, baby,drill: la consigna feroz de Sarah Palin en las elecciones de 2008, repetida con maníaca unanimidad en todos los actos de masas de la derecha republicana, cobra un sentido de éxtasis viril y émbolo de gimnasia pornográfica: “Taladra, taladra…”
He caminado por no sé cuántas ciudades y senderos en mi vida. He paseado a niños en carrito y de la mano, y a ancianos lentos que se agarraban con temor a mi brazo. He montado diariamente en bicicleta por Madrid, Ámsterdam, Nueva York, Valencia. He conducido con la prudencia de un aprendizaje tardío y un carácter temeroso y, por lo tanto, propenso a cumplir hasta la norma escrita con tipografía más pequeña. Y en cada una de estas circunstancias he sufrido la colisión literal o figurada con la horda petromasculina, que en cualquier momento podría haberme arrollado, como a ese pobre médico que conducía una madrugada por los túneles de la M-30 en Madrid y tuvo la desgracia de toparse con dos petromachos en trance de máxima berrea, uno de los cuales embistió su coche por detrás y le quitó la vida. Resulta que se habían picado entre sí, ahítos de cocaína y testosterona, y que durante varios kilómetros se persiguieron y se acosaron a 170 por hora, excitados por el doble berrido de los motores, imaginando quizás que estaban en un anuncio de coches deportivos, o en un videojuego. El médico madrugaba para ir a su trabajo o volvía de él. Por culpa de dos canallas sin cerebro, su hijo no volverá a verlo, y el que entonces estaba a punto de nacer no lo conocerá. Ver las imágenes en blanco y negro de las cámaras de seguridad hiela la sangre. Los dos llevaban años en libertad provisional, y ahora uno de ellos se ha dado a la fuga, como uno de esos delincuentes de tantas películas y anuncios que celebran obscenamente al conductor temerario, al hombre de mentón áspero y manos poderosas, echado hacia atrás y con los brazos extendidos para sujetar más chulescamente el volante, para emborracharse y quién sabe si llegar al orgasmo con la vibración del motor y el estruendo del tubo de escape.
Otro estudioso, Jaime Vindel, ha publicado un libro titulado Estética fósil. La estética del macho blindado en el interior de su coche como en la cabina de un avión de combate se corresponde con los nombres aventureros que los publicistas inventan para muchos de esos vehículos: Rover, Maverick, Ranger, Bronco. Es una fantasía de dominación más perfecta aún porque en ella los adversarios no existen, o no llegan a verse. Los coches de los anuncios aceleran sin esfuerzo por carreteras de montaña en las que no vendrá nadie de frente o por paisajes helados de ciudades de rascacielos por las que no camina nadie. Por las estrecheces de Madrid, los todoterreno o los llamados SUV avanzan tan amenazadoramente como las infames excavadoras israelíes por las ruinas de Gaza. Los conductores van tan altos que no pueden ver a niños ni a perros. Detrás de mí, en el tren, un viajero celebra por teléfono el Hummer que acaba de comprarse: “Eso no es un coche; es un tanque”.
Pero el tamaño o el precio del coche no tiene por qué corresponderse con la petromasculinidad del conductor. Es como esos hombres a los que se les ve que lo tienen todo para ser muy altos, salvo la estatura. Hay individuos que compensan la escasa entidad de su vehículo con ronquidos postizos de fieras al acecho, o con bombos de bajos que estremecen los cristales en todo un vecindario. Igual que mi madre me recordó siempre el susto de aquel médico, yo sigo rememorando para mi hijo Arturo la vez en que un chorizo subido a una moto mediocre pero atronadora en Granada se encaró en la acera con el carrito en el que yo lo llevaba. Protesté, con mesura, señalando lo estrecho del paso en que nos encontrábamos: “Pero hombre, bájate de la acera”. A lo cual respondió con un acelerón y un desafío: “¿A que te pillo?”
Ahora las aceras por las que paseo con mi perra son algo más anchas, pero las motos son mucho más grandes, y los conductores ostentan cascos y chaquetones de cuero con hebillas y correajes y hasta llevan micrófonos con los que parecen dar instrucciones a sus tropas de supermotoristas invasores. Me he vuelto más prudente, y para no incomodarlos me hago a un lado, tomando en brazos a la criatura amedrentada. Sé cómo se enfadan cuando se les incomoda. Mejor me la llevo al Retiro.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.


























































