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Columna
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La culpa de todo

Los jueces y los planificadores urbanos ponen los privilegios de los conductores y los intereses de los fabricantes de coches y de las petroleras por encima de las vidas humanas y la habitabilidad del planeta

Bicicletas circulando en Battery Park, en Mahattan.
Bicicletas circulando en Battery Park, en Mahattan.Sergi Reboredo (Sergi Reboredo / Zuma Press / ContactoPhoto)

Una vez más, un ciclista ha muerto en Madrid atropellado por un conductor que se dio a la fuga. Hay conductores que matan a ciclistas o a caminantes y se dan a la fuga y no los atrapan nunca, y otros que son detenidos y que no sufren ninguna consecuencia por su crimen. Se ve que matar utilizando un coche es menos delito que si el arma es una pistola o un cuchillo. Los jueces, como los planificadores urbanos, y como las autoridades municipales y los legisladores, llevan más de un siglo poniendo los privilegios de los conductores y los intereses de los fabricantes de coches y de las petroleras no solo por encima de las simples vidas humanas, sino también de la habitabilidad del planeta Tierra. En una crónica desde Nueva York, María Antonia Sánchez-Vallejo contaba el otro día el crecimiento de las cifras de accidentes de tráfico y de muertes de caminantes y ciclistas causadas por conductores, y daba unas cifras que son el retrato alucinante de la tiranía del coche privado sobre los espacios que deberían ser de todos: “El 51,4% del espacio público está ocupado por coches en movimiento; el 24,8%, de aparcamientos para coches; las aceras son el 22,7%; el resto, un 0,96%, son carriles bici y calles cerradas al tráfico”. Dicho de otro modo: más de las tres cuartas partes del espacio de una gran ciudad son territorio exclusivo de los coches. De ese ínfimo, aunque peligroso, 0,96% que corresponde a las bicicletas y a las calles sin tráfico, yo pude disfrutar mientras vivía en Manhattan, aprovechando la red de carriles que se fue extendiendo rápidamente en los años del gobierno municipal de Michael Bloomberg. Bloomberg, por cierto, era un republicano temprano, aparte de multimillonario, no precisamente uno de esos izquierdistas y ecologistas que según el Gobierno de Castilla y León y Fernando Savater tienen la culpa, entre muchas otras cosas, de los incendios apocalípticos de cada verano.

La red de carriles bici de Manhattan —o de bicisendas, término mucho más bello que me han enseñado amigos venezolanos— era muy desigual, pero cubría toda la extensión de la isla, y me permitía trayectos rápidos y seguros entre mi casa en las cercanías de Columbia y mi trabajo muy al sur, junto a Washington Square. Un sendero ininterrumpido para corredores, caminantes y ciclistas va desde el puente de George Washington hasta South Ferry, en el extremo sur, todo a lo largo de la orilla del Hudson; un itinerario parecido transcurre al otro lado, junto al East River. Al costado del sendero están las autopistas en las que el tráfico muy rápido no se detiene nunca: los inmensos camiones americanos con sus morros adelantados como proas de buques de guerra; los desatinados SUV, que a muchos nos llamaban la atención por su tamaño incomprensible las primeras veces que íbamos a Estados Unidos, y que ahora se han extendido por todo el mundo, como podrá comprobar quien observe los atascos que se forman a la hora de salida de los colegios privados en Madrid.

Nuestras ciudades están entregadas a los SUV, artefactos de casi 1.000 kilos que en la mayor parte de los casos transportan a una sola persona que pesa en torno a 80 o 90

En un libro informativo y lúcido sobre el cambio climático y las posibilidades de la sostenibilidad, How the World Really Works, su autor, Vaclav Smil, da algunas cifras tan espeluznantes como las de Sánchez-Vallejo: en 2020, un SUV medio —no sé si será lo mismo que antes se llamaba todoterreno, sin el prestigio de las siglas en inglés— emitía al año un 25% más de CO2 que un coche normal. Dice Smil: “Multipliquen eso por los 250 millones de SUV circu­lando en 2020 y verán cómo el entusiasmo mundial por estas máquinas ha barrido cualquier ganancia en descarbonización lograda por la lenta expansión de los coches eléctricos”. El visible deleite con que los conductores de esos aparatos bélicos los aceleran por las calles de Madrid, mirando con desprecio desde arriba a los insensatos que no se atreven a ir a pie, tiene, según informa Vaclav Smil, un coste ambiental mucho mayor de lo que casi cualquiera imagina: “Durante la década de 2010, los SUV se convirtieron en la segunda mayor causa del aumento en las emisiones de CO2, por detrás solo de la generación de electricidad y por delante de la industria pesada, el transporte de mercancías por carretera y la aviación”.

Ese es el mundo que tenemos. Nuestras ciudades están entregadas a artefactos de casi 1.000 kilos que en la mayor parte de los casos transportan a una sola persona que pesa en torno a 80 o 90, y que, blindada en su interior hermético, con todo el poder de rugido y velocidad que le concede una suave presión del pie sobre el acelerador, tiene una sensación de impune poderío, masculino en muchos casos, aunque no en todos, porque cualquier caminante o ciclista sabe que hay conductoras igual de arrogantes y de peligrosas. Unos y otras se enfurecen igual si alguien no cruza rápido un paso de cebra, o si les hace un gesto de enfado cuando ellos toman peligrosamente una delantera que no les corresponde: los menos groseros te miran un momento al acelerar delante de ti, y te hacen un gesto con la mano, como de disculpa, como de que van con prisa, que no han podido evitarlo; otros adoptan un perfil imperial, para hacerte saber que ni siquiera han reparado en tu existencia.

La epidemia de la covid ralentizó brevemente en las ciudades la de las muertes por atropello. En Nueva York, dice Sánchez-Vallejo, han aumentado en un 29% desde 2018. No sé cuáles serán las cifras de Madrid. Cada poco tiempo, el periódico informa del atropello mortal de un ciclista; el más reciente de todos, este bombero voluntario que iba en bici a rescatar a un gato y tuvo la mala suerte de cruzarse con un malnacido al volante. Por comparación con Nueva York, o con cualquier ciudad civilizada, Madrid es tan peligrosa para los ciclistas como para los caminantes. La sensación de calma y seguridad que dan las primeras horas de una mañana de sábado o domingo puede ser un engaño, porque es justo entonces cuando los juerguistas temerarios conducen intoxicados por el alcohol de la noche, con la tranquilidad añadida de que, si el arma homicida es un coche, recibirán de los jueces la más paternal de las indulgencias.

Aunque quizá yo esté equivocado, y la culpa de la inhabitabilidad de las ciudades, del ruido y los gases venenosos del tráfico, igual que la de los incendios, sea también de los ecologistas.

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