Israel y Líbano hablan
Las conversaciones directas en Washington, iniciadas sin objetivos claros, se deben orientar a lograr un cese inmediato de la violencia


En un panorama regional en Oriente Próximo en el que apenas se producen avances, el que por primera desde 1948 Israel y Líbano se hayan sentado a negociar directamente, en Washington y bajo los auspicios de Departamento de Estado de EE UU, es en sí mismo positivo. Sin embargo, que el diálogo se produzca mientras continúa la ofensiva militar israelí —con bombardeos en gran parte de territorio libanés y un plan israelí para ocupar el sur del país y la expulsión de su población—, y que exista una clara disparidad de criterios sobre el objetivo mismo de la negociación, no solo le resta valor sino que la sitúa, lamentablemente, en el plano de una declaración de intenciones más que de un hito realmente efectivo.
Lo imperativo es que se produzca un alto el fuego inmediato en Líbano. Ese sería el primer paso evidente para dotar de credibilidad de intenciones a unas conversaciones que, hasta el momento, parecen responder más una jugada propagandística de la diplomacia estadounidense —que pretende de pronto actuar como un mediador en quien se puede confiar— impuesta como un mínimo peaje a un Benjamín Netanyahu acostumbrado a actuar con total carta blanca estadounidense en Oriente Próximo.
Líbano acude con un solo punto en la agenda: alcanzar un inmediato alto el fuego. Esto permitiría abordar otras cuestiones más complejas como el desarme del partido-milicia proiraní Hezbolá, el establecimiento de una frontera definitiva y, en último término, el reconocimiento de Israel y el establecimiento de relaciones diplomáticas. Por su parte, Israel considera que su ofensiva no es un obstáculo para negociar y persigue, primero, acordar el desarme de Hezbolá, y en segundo lugar un acuerdo de paz que pase por la renuncia de Beirut a la Iniciativa de Paz Árabe de 2002, que incluía el reconocimiento de un Estado Palestina y exigía el fin de la presencia israelí en los territorios ocupados.
Se trata de dos puntos de partida muy diferentes, pero en absoluto equidistantes. Mientras Líbano pide el cese inmediato de un estado bélico que ya ha provocado entre su población alrededor de 2.000 muertos, 6.000 heridos y 1.200.000 desplazados, la destrucción de sus infraestructuras y la ocupación del 10% de su territorio, Israel se niega a cesar en los ataques mientras no se desarme a su objetivo militar y, además, Líbano haga una renuncia política de consecuencias históricas en la región. No obstante, resulta innegable el papel distorsionador que juega Hezbolá en este conflicto; un partido político armado que sirve realmente a los intereses de Irán y no a los ciudadanos libaneses y cuyos ataques indiscriminados contra la población civil de Israel sirven de cobertura política perfecta a Netanyahu para su agresión a Líbano. Su desarme es algo que no puede quedar fuera de la agenda.
Pero del mismo modo no puede quedar fuera que Israel detenga inmediatamente su inaceptable aplicación en Líbano del modelo Gaza, es decir: la destrucción masiva de viviendas e infraestructuras y la expulsión de la población civil en la franja al sur del río Litani. Líbano es un país soberano y la anexión de facto de una parte de su territorio por parte de Israel —una violación del derecho humanitario— es intolerable. En este sentido es preciso resaltar el papel crucial que tiene que jugar la misión de Naciones Unidas en Líbano (UNIFIL) en la que están desplegados 650 militares españoles y que debe dejar de ser hostigada por Israel y Hezbolá. Esta misión encarna un recordatorio fundamental: sin la comunidad internacional representada por Naciones Unidas no habrá solución realista y duradera.
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