Desconfianza en Islamabad
Las conversaciones entre Estados Unidos e Irán deberán superar el recelo entre ambos y el boicot de Israel al alto el fuego


No hay tregua mala. No lo puede ser la declarada el 8 de abril durante 15 días y consolidada este fin de semana con el comienzo de las conversaciones entre Estados Unidos e Irán bajo patrocinio de Pakistán. Aunque no sirve para los libaneses, sometidos a los ataques indiscriminados de Israel, que se niega a sumarse al alto el fuego y solo ha aceptado hablar con el Gobierno de Beirut en Washington el próximo martes y limitar sus bombardeos al sur de Líbano después de matar impunemente a más de 300 civiles el pasado jueves en la capital del país. A diferencia de Trump, Netanyahu no tiene interés en la tregua ni en la apertura del estrecho de Ormuz al tráfico marítimo. Por razones electorales y políticas, le convenía continuar el conflicto hasta derrocar a los ayatolás y aprovechar la movilización militar para anexionarse más territorio vecino. De ahí que el primer ministro israelí prosiga la guerra en solitario en Líbano tras quedar en evidencia sus endebles planes para un rápido cambio de régimen en Teherán. Planes con los que consiguió convencer al inconsistente y voluble presidente de EE UU.
Trump ha caído finalmente en la cuenta de la fortaleza del régimen iraní, arruinado militarmente y diezmado de líderes, pero firmemente sostenido por el control del estrecho de Ormuz, transformado en un arma de valor disuasivo y negociador. Nada más empezar la cumbre de Islamabad, la delegación iraní aclaró el alto precio que pone a la cesión de la última baza geoeconómica que tiene en sus manos. Y con la que pretende convertir su derrota militar en victoria política. Escarmentados por el engaño sufrido en las dos negociaciones anteriores —utilizadas por Trump para preparar la guerra— los negociadores iraníes exigen esta vez demostraciones fehacientes de buena voluntad. Y, más en concreto, la descongelación de activos financieros embargados y la extensión de la tregua a Líbano.
Está por ver cómo enfrentará Donald Trump una medida que destruye toda su retórica contra el acuerdo nuclear firmado en 2015 por Barack Obama, al que criticó por una similar descongelación de los haberes iraníes en el extranjero a cambio de la paralización del enriquecimiento de uranio. También está por ver como atenderá Netanyahu a la exigencia de ampliar el alto el fuego a Líbano, demanda que de momento ya le ha obligado a aceptar las negociaciones directas con el Ejecutivo de Beirut —con el que no tiene relaciones diplomáticas— tras rechazarlas reiteradamente para dedicarse a la invasión del país vecino.
Como reacción a tales dificultades, la Casa Blanca se ha prodigado en gestos apaciguadores, empezando por la composición de su delegación, encabezada por el vicepresidente J. D. Vance, el único miembro del equipo presidencial que se opuso a la guerra, eclipsando así a Jared Kushner y Steve Witkoff, los negociadores del entorno trumpista, que se sentaron dos veces con los iraníes mientras en Washington su jefe preparaba su asesinato. Si no se avanza en ambos capítulos en las dos semanas de tregua, difícilmente avanzará la nutrida agenda de paz y podrían reanudarse las hostilidades. Esa agenda incluye el programa nuclear de Irán, su industria balística, la promoción de los grupos islamistas afines en la región y, sobre todo, el estatuto internacional definitivo de Ormuz, que Teherán pretende conservar bajo su control. Pese a todo, es una buena señal el optimismo que ha querido transmitir el organizador paquistaní de una cumbre llena de opacidad y confusión. La tregua sigue, la negociación también, pero nada se ha movido todavía entre posiciones tan duramente enfrentadas.
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