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editorial

40 días de guerra inútil

La frágil tregua con Irán devuelve a Estados Unidos al punto de partida después de sembrar el caos en Oriente Próximo

SR. GARCÍA

La tregua de dos semanas alcanzada minutos antes de que expirara el ultimátum dado por Donald Trump a Irán sin duda supone un alivio para todo el mundo, pero, por su fragilidad, aún queda lejos de ser la solución deseada para un conflicto que nunca debería haberse desencadenado y del que el máximo responsable es el presidente de Estados Unidos. No se puede considerar un éxito que hayan sido necesarios más de 40 días de guerra con más de 2.000 muertos repartidos en una docena de países, cientos de miles de desplazados en Líbano y un daño profundo a las infraestructuras energéticas regionales para volver mañana viernes a una negociación pendiente de un hilo, negociación que ya estaba en marcha el día antes de que EE UU e Israel atacaran Irán.

Es obligatorio saludar positivamente el hecho de que callen temporalmente las armas en un conflicto contra el cual multitud de voces, incluso entre los apoyos políticos de Trump, habían advertido tanto por su injusticia cómo por las gravísimas consecuencias estratégicas y económicas globales. Lo deseable sería que la tregua fuera mucho más que un alto el fuego temporal, pero lamentablemente, no es posible obviar que Trump ha dado sobradas muestras de no tener palabra con aquellos con los que negocia y en esto los iraníes tienen una experiencia más que directa. Es evidente que el mandatario estadounidense ha caído en las últimas horas en numerosas contradicciones sobre el número real de puntos que va a negociar con Irán. Es por tanto exigible a la Casa Blanca una actitud honesta y clara durante la negociación. Del mismo modo, es exigible a la teocracia de los ayatolás que cese en la violenta represión interna contra su propia población que ha desencadenado con la excusa de la guerra, y que finalice el chantaje mundial con el tránsito de hidrocarburos por el estrecho de Ormuz.

Por otra parte, resulta absolutamente condenable la actitud del Gobierno israelí de considerar que su injustificada agresión a Líbano queda fuera de este acuerdo. Benjamín Netanyahu, principal inspirador de esta guerra, demuestra nuevamente su total desprecio por la legalidad internacional tratando de sacar ventaja estratégica al considerar que sus repetidas violaciones del derecho humanitario no están ya entre las prioridades globales. Los desplazamientos en masa de población civil libanesa por orden del ejército israelí deben cesar y ser revertidos cuanto antes, al igual que la invasión del sur de Líbano.

Lo realista es considerar el alto el fuego como un mínimo punto de partida en una complicadísima situación regional en la que prácticamente todos los países de la zona de una manera u otra están afectados por la violencia. Desde la destrucción total de Gaza a la inestabilidad Siria, pasando por la vulnerabilidad de los países del Golfo o la incertidumbre en Irak, reflejan lo volátil de una región que ya ha demostrado que tiene repercusiones en todo el planeta y que está asistiendo a una recomposición de fuerzas pero no al atisbo de solución alguna.

Pese a la fragilidad de la tregua, los mercados han reaccionado con fuertes subidas en las Bolsas y con un desplome de más del 10% del precio del petróleo. Pero se trata apenas de un paso atrás desde el abismo. Las dudas sobre la reanudación del tráfico de mercancías por el estrecho de Ormuz y en qué condiciones persisten. El suministro energético no se recuperará a corto plazo.

La principal conclusión que se extrae de estas semanas de guerra es que el aventurerismo de Trump está destruyendo el complicado equilibrio internacional. El presidente estadounidense emerge de estos días profundamente debilitado hacia el exterior: Irán ha demostrado que le basta cerrar el estrecho de Ormuz para alcanzar una gran ventaja estratégica; Rusia y China han asistido atónitas al desmoronamiento de la confianza internacional en la política exterior de EE UU; y hasta Europa, habitualmente desunida, ha terminado reaccionando prácticamente con unanimidad contra la aventura bélica de su principal aliado militar. Hoy todo el mundo se hace la pregunta que en realidad debería hacerse Trump: ¿ha merecido la pena la sangre derramada para volver al mismo punto de hace 40 días?

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