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Columna

Las monas son de dinamita

En medio de esta Pascua de sangre, todo el mundo puede resucitar a su manera

Procesión del Viernes Santo en Jerusalén, sin fieles por las prohibiciones derivadas de la guerra contra Irán. Mahmoud Illean (AP)

Hubo un tiempo en que Cristo resucitaba tal día como ayer, en el llamado Sábado de Gloria. Aunque el Evangelio dice que el Redentor, antes de resucitar, pasó tres días enteros en el infierno, la Iglesia adelantó 24 horas su salida del sepulcro para que la alegría de la Resurrección, junto con el hondo sabor de las tahonas donde se horneaba la mona de Pascua, marcara la diferencia con el sabbat que celebraban los judíos. Ese día iba yo de niño con mis amigos por los barrancos de alrededor a buscar espárragos silvestres y desde allí oía el repique general de campanas que llegaba del pueblo. Al principio, ignoraba a qué se debía semejante jolgorio y ante mi sorpresa alguien me dijo que las campanas tocaban a gloria porque Dios había resucitado. Ese milagro lo llevo asociado a la tortilla de espárragos silvestres que me hacía mi madre para la merienda de Pascua por el campo, que entonces olía a azahar y a pólvora de los petardos. En aquellos años se llevaban los tebeos de Hazañas Bélicas, en los que un soldado desconocido en nombre de la paz mataba sin misericordia a todo aquel que tenía por enemigo. Aquella tortilla de espárragos se ha perdido en el olvido, pero las hazañas bélicas constituyen hoy una realidad muy cruel a cargo de los tres dioses monoteístas, Alá por los musulmanes, Yahvé por los judíos y Jesucristo Dios por los cristianos, los tres metidos en guerra. Cada uno marca su propio territorio e infecta la mente de sus fieles con un odio irreconciliable. Este año, las monas de Pascua están hechas de dinamita. Nadie habla de muertos. Los tres dioses monoteístas ya no se alimentan de plegarias, sino de petróleo, solo de petróleo. Al parecer, lo único que les interesa son barriles de crudo, misiles, drones, bombas de racimo y aviones. En estos días de primavera, aun en medio de esta Pascua de sangre, todo el mundo puede resucitar a su manera como lo hace el Dios de los cristianos. En mi caso, la resurrección no es muy distinta de aquella tortilla de espárragos.

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