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Columna

Trump, Orbán y la democracia vaciada

Las urnas siguen siendo el instrumento de quienes carecen de cualquier otro. Votar ya no resulta suficiente, pues la democracia no son solo las urnas

Del Hambre

La democracia es el único régimen político que puede suicidarse legalmente, pero el suicidio no llegará aboliendo las elecciones, sino con su manipulación estratégica. Ocurre cuando el poder aprende a alterar las condiciones de la elección sin eliminarla: la legitimidad se convierte en pura escenografía. En EE UU, a menos de ocho meses de las elecciones de mitad de mandato, la Administración de Trump se esfuerza por reconfigurar el sistema electoral antes de que lleguen los votos. A este lado del Atlántico, el próximo 12 de abril, millones de húngaros irán a votar en un país donde el 80% de los medios emiten propaganda del partido gobernante, los tribunales están poblados de jueces leales al primer ministro y las circunscripciones electorales han sido redibujadas para que Orbán necesite muchos menos votos que sus rivales para obtener los mismos escaños.

La pregunta es inevitable: ¿qué significa votar en una democracia vaciada, sobre todo cuando el sistema ha sido rediseñado para neutralizar su efecto? Es más: ¿siguen siendo las urnas el instrumento que pensamos que son? EE UU es el caso en construcción. Hungría, el caso consumado. Trump está intentando en meses lo que Orbán tardó años en afinar, pero Hungría nos permite ir un paso más allá, porque allí el problema ya no es solo si las elecciones son justas sino algo más inquietante. Péter Magyar puede ganar y no poder gobernar. Por primera vez en tres lustros, las encuestas dan al líder opositor una ventaja real sobre Orbán, pero Magyar necesita dos tercios del Parlamento para cambiar las leyes que Orbán diseñó para perpetuarse. Además, los jueces son de Orbán y las instituciones, también. El tránsito de una democracia a una autocracia electoral no solo implica trucar el camino hacia el Gobierno; es el Gobierno mismo el que finalmente está trucado. Ganar la aritmética y perder el Estado no es solo una hipótesis. Polonia, de hecho, ofrece un anticipo del problema: Donald Tusk lleva más de un año chocando contra los jueces que colocó Jaroslaw Kaczynski, y contra las leyes que diseñó para no ser desalojado. Si Magyar gana en Hungría, se enfrentará a lo mismo. El reto ya no es solo acceder al poder, sino encontrarlo allí donde antes estaba.

Por supuesto, esto no significa que el voto no sirva. Lo hace, y mucho, y está siendo atacado precisamente porque todavía funciona. La resistencia americana existe porque hay elecciones en noviembre. En Hungría, si Orbán cayese en las urnas, significaría que el modelo no es invencible. Es más, lo que se decida en Budapest no se quedará en Budapest. El 12 de abril, puede cambiar algo real en la geometría de la UE (los fondos a Ucrania, la relación con Rusia, el bloqueo interno) y también dejar una herida letal en el laboratorio que ha exportado el modelo iliberal a toda Europa. Aun así, el dilema persiste: ¿qué es una victoria electoral cuando el Estado ha sido colonizado en profundidad? Las urnas siguen siendo el instrumento de quienes carecen de todos los demás. Votar es necesario, incluso simbólicamente, pero ya no es suficiente. En realidad, nunca lo fue, pues la democracia no son solo las urnas: es la arquitectura institucional que las sostiene, los tribunales que nadie eligió, los medios que nadie controla, los contrapesos que no son de nadie para poder serlo de todos. Cuando esa arquitectura se destruye desde dentro, el voto queda desnudo, solo. Necesario, pero solo. Y saber eso no es resignación: es el principio de una exigencia distinta.

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