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COLUMNA

No te quieren ni en Vox

Abascal purga a los dirigentes de su partido tan pronto su nombre empieza a sonar a los votantes

Abascal, el lunes en un mitin de Voz en el municipio abulense de Navarredonda de Gredos.RAÚL SANCHIDRIÁN (EFE)

Todas las purgas siguen el mismo patrón. Al principio parecen ideológicas: el tirano acusa al enemigo de moderadito, de no estar comprometido a tope con la revolución y de entenderse con el enemigo. Así pasó con las primeras podas de Vox, que los voxólogos interpretaron como una victoria del sector duro contra los dizque liberales y conservadores, los de Olona y Espinosa de los Monteros. Este último podría convertirse en el Trotski de Vox: ojito con los piolets.

Con el tiempo, las purgas se generalizan y dejan de tener coartadas ideológicas. Como en el juego de feria de aplastar topos, Abascal zurra con su maza a los correligionarios tan pronto su nombre empieza a sonar a los votantes. No sea que estos se equivoquen y acaben votando a Vox por algún tipo de simpatía por alguien que no sea él o —¡horror!— por un programa político. Vox solo puede crecer si se le sigue votando por-mis-cojones. El por-mis-cojonismo es la única ideología que se ha demostrado útil para llegar al 20% del voto, y esa ideología no admite debates internos ni figurones. No importa lo serviles y humildes que estos se muestren ante Abascal: más vale segarlos pronto, cuando basta una guadaña, que dejarlos crecer y tener que usar la motosierra de Milei.

El golpe para la autoestima de los purgados tiene que ser irrecuperable: les han echado de un club donde sestean algunos de los políticos más fracasados y oportunistas de España. Gentes que desde su escaño de Estrasburgo han pasado por mil siglas antes de irse a morir políticamente a la playa de Vox o han usado el partido como último refugio ante sus carreras periodísticas tiradas por el sumidero. ¿En qué lugar deja eso a los expulsados, que han ocupado puestos de poder real, no poltronas europeas? Imagino a los Antelo, a los Ortega Smith y a los García-Gallardo rascándose la cabeza, sin entender cómo han podido darles la patada para hacer hueco al sobrino de Juan Carlos Girauta, exjefe de las Nuevas Generaciones del PP. ¿Tan poco valemos?, se preguntarán, desolados.

Abascal necesita nombres para rellenar las listas, nada más. Si pudiera rellenarlas con alfalfa, prescindiría de los cuadros de un partido que solo funciona cuando no es un partido, como se verá de nuevo el domingo en Castilla y León, sino el instrumento de un cabreo tan iracundo como abstracto. Un cabreo que no quiere gobernar ni gestionar nada; tan solo crecer y plantarse en medio de la plaza. Quizá esto consuele a los expulsados, que un día fueron tan ingenuos como para creer que Vox era un partido.

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