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editorial

La autonomía energética pendiente

La carestía del petróleo y el gas a causa de la guerra en Oriente Próximo obligan a Europa a acelerar su apuesta por las renovables

Buque noruego 'Front Altair', atacado en el golfo de Omán.IRIB TV (AFP)

Durante décadas los economistas han teorizado sobre las consecuencias de una guerra con Irán con un temor en mente: que el estrecho de Ormuz, punto crítico mundial para el tráfico de mercancías y de combustibles fósiles, se convirtiera en campo de batalla. Hoy ese miedo se ha hecho realidad y sus primeras consecuencias ya se dejan sentir: la subida del precio del petróleo se ha trasladado a los surtidores de las gasolineras —con máximos en tres meses— y los del gas se han disparado esta semana casi un 50%.

Un conflicto de esta envergadura tiene un impacto notable para los consumidores y para el conjunto de la economía mundial, aunque sus consecuencias definitivas dependerán de su duración y del alcance destructor y desestabilizador de los ataques. Por lo pronto, la guerra ya ha provocado la caída de las Bolsas internacionales y la alteración del tráfico aéreo y del transporte marítimo a través del estrecho de Ormuz, la vía por la que hasta hace poco transitaba el 20% del petróleo y el gas mundiales.

Es evidente que la extensión de la contienda por todo Oriente Próximo tiene un mayor impacto para Europa —que lidia al mismo tiempo con la guerra en Ucrania— que para Estados Unidos, protegido por dos océanos de las consecuencias directas de la guerra, exportador neto de gas y petróleo y cuya divisa es un valor refugio en tiempos de incertidumbre. Aunque el escenario actual nada tiene que ver con el de Siria en 2015, una nueva oleada de refugiados huyendo de los bombardeos podría convertirse en un elemento de tensión en el continente europeo que Washington observaría desde la distancia.

Europa no llega a este trance en la mejor de las condiciones. La Unión Europea apenas acaba de salir de la crisis energética que la golpeó tras la invasión rusa de Ucrania en 2022. Además, después de cortar la mayoría de sus vínculos energéticos con Moscú, la UE se ha hecho más dependiente del gas que recibe en buques metaneros procedentes del Golfo y de Estados Unidos. Algunas centrales han empezado a plantearse recurrir al carbón como alternativa en caso de serias disrupciones en el suministro. China, por su parte, ha dado orden a las refinerías de suspender todas las exportaciones de gasolina y diésel.

Estas renovadas tensiones energéticas son un buen recordatorio de la importancia que tiene para la UE avanzar hacia la autonomía estratégica de la mano de las renovables, un elemento crucial tanto para su seguridad y su economía como para reforzar su capacidad de actuar con independencia en un entorno geopolítico inestable. Conviene, por tanto, avanzar con decisión en la transición energética, no solo por cuestiones climáticas sino como elemento de poder, de resiliencia y de soberanía.

Un escenario con tales riesgos va a aplazar además posibles rebajas de los tipos de interés por parte de los bancos centrales. Los mayores costes de la energía y del transporte de mercancías conllevan subidas en los precios de bienes y servicios y añaden presión a empresas y familias, por mucho que lo más duro del invierno haya pasado. Más de 11 millones de usuarios de luz y gas en España afrontarán subidas inmediatas en sus facturas. El Gobierno ya analiza posibles medidas para mitigar el impacto económico del conflicto si este se prolonga, y la vicepresidenta Yolanda Díaz se reunió ayer mismo con los agentes sociales para poner a disposición de trabajadores y empresas las políticas necesarias para proteger el tejido productivo. En lo que está en la mano de las autoridades españolas, ese es sin duda el camino.

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