Primera guerra imperial trumpista
Para Trump es un momento estelar. Quiere ser el libertador del pueblo iraní y el líder de la superpotencia “cuya fuerza y poder nadie debe desafiar”

En dos ocasiones Donald Trump ha repetido la jugada con los negociadores de Teherán. Negociar y, de no obtener rápidamente el resultado apetecido, golpear. Lo hizo el pasado junio, cuando remachó la guerra aérea de Israel con su ataque sobre las instalaciones nucleares iraníes, justo después de sentarse a negociar en Omán. Y lo ha repetido ahora, en mitad de una negociación que los representantes de Teherán valoraban positivamente, cuando el régimen se tambaleaba, tocado por la anterior guerra, con las manos manchadas de la sangre de millares de manifestantes y detestado mayoritariamente por la población.
Según la fórmula trumpista, es la diplomacia por la fuerza. En la que se excluye que el fuerte vaya a ceder algo al débil. Al contrario, aprovechará su creciente debilidad para liquidarle. En este tipo de diplomacia bélica no se necesitan grandes coaliciones, como las que reunieron los Bush para sus guerras de Irak, la primera en 1991 y la segunda en 2003. Tampoco hace falta cobertura legal interna, ni el permiso del Congreso y del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que solo obtuvo Bush padre. A fin de cuentas, ni siquiera es una guerra propiamente declarada, sino unas “importantes operaciones de combate”, según la declaración de Trump al empezar los bombardeos, en la estela eufemística de Vladimir Putin con su ‘operación técnico militar’ para invadir Ucrania y derrocar también al régimen.
La diplomacia trumpista no sirve para evitar o resolver pacíficamente los conflictos sino para dejar las cosas claras. Por las buenas o por las malas. Es el arte de la extorsión, no de la negociación. Estados Unidos e Israel exigían de Irán que abandonara su programa nuclear entero, que desmontara su sistema de misiles y que renunciara a su solidaridad con los partidos y grupos afines en Oriente Medio. No eran exigencias excesivas, sino sencillamente extrañas. Trump había dado por obliterado el programa nuclear, los sistemas de misiles iraníes quedaron debilitados en la guerra con Israel el pasado año y los amigos del chiismo revolucionario en la región ya no son la amenaza que fueron.
La República Islámica estaba dispuesta a negociar e incluso a ceder en alguno de los puntos, pero en ningún momento se mostró dispuesta a rendirse, como le pedían los negociadores, mientras se iba estrechando el cerco naval. Según el negociador estadounidense Steven Witkoff, “Trump tiene curiosidad por saber porque todavía no han capitulado”. En cuanto a negociaciones, por tanto, capítulo cerrado. Para Estados Unidos, porque está concentrado en la operación militar. Y para el régimen Irán, escarmentado por la escasa fiabilidad de la diplomacia, porque sabe que el único margen diplomático que le queda es la rendición, tal como ya han exigido Trump y Netanyahu al alimón. Con una única alternativa formulada por el presidente de Estados Unidos, en su lúgubre alocución para declarar la guerra: “A los miembros de la Guardia Revolucionaria Islámica, las fuerzas armadas y la policía, les digo esta noche que deben dejar las armas y tendrán total inmunidad, o si no, la alternativa, la muerte segura”.
De atender a los argumentos de Trump se trata de una operación defensiva ante una amenaza inminente. Para explicarla, se remonta casi medio siglo atrás, cuando Jomeini se hizo con el poder en Irán, la toma de rehenes en la embajada de Estados Unidos en Teherán, los atentados sufridos por soldados estadounidenses primero en Líbano y luego en manos de milicias chiitas en Irak e incluso el atentado contra el destructor estadounidense USS-Cole en 2.000 en las costas de Yemen, cuya autoría se atribuyó Al Qaeda. Y por supuesto, el ataque de Hamas contra Israel el 7 de octubre. De donde se deduce claramente que nadie como Netanyahu sabe susurrar al oído de Trump sobre la geopolítica de Oriente Próximo.
Esta guerra rompe algunas convenciones normalmente aceptadas sobre el trumpismo. Busca un cambio de régimen, sin duda. Al menos este es el auténtico objetivo, inspirado directamente desde Israel. Con la dificultad de que no debe ni puede poner tropas sobre el terreno. Y ahí empiezan las complicaciones, porque en vez de un cambio de régimen puede haber un endurecimiento, una situación de caos e incluso una guerra civil, problemas que a Netanyahu no le quitan el sueño y probablemente suscitan escasa atención en la Casa Blanca.
Para Trump es un momento estelar. Quiere ser el libertador del pueblo iraní, el único aliado de Israel que atendió a sus demandas frente a Irán y el líder de la superpotencia “cuya fuerza y poder nadie debe desafiar”. Aviso para navegantes. Si la captura de Maduro fue su primera destitución militar de un gobernante, esta es su primera guerra propiamente imperial, en el sentido más antiguo de la palabra, en la que los combatientes enemigos son conminados a escoger entre la capitulación incondicional o la muerte.
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