23-F: Aprender del pasado para no perder el futuro
Hoy la amenaza ya no procede de asonadas militares, sino que se va gestando desde dentro de la sociedad misma por quienes sucumben a los cantos de sirena de demagogos autoritarios


El 23-F me sorprendió en un gélido campus universitario estadounidense. Me enteré por la llamada de un amigo español de la zona. No había forma de conectar telefónicamente con España ni de saber qué estaba pasando. Vivíamos en el mundo predigital, faltaba todavía una década para que se creara la CNN, y las noticias sobre España eran una rareza. A cada hora en punto los boletines de la radio se limitaban a repetir, con una frialdad casi mecánica, que se estaba produciendo un golpe militar y que el Congreso había sido tomado con todos los diputados en su interior. Nada más. Pero el verdadero golpe fue el que viví en mi interior, una súbita caída en la angustia, quizá porque ya me imaginaba de exiliado. Y, sobre todo, por la sensación, que compartimos un pequeño grupo de españoles que nos reunimos aquella tarde, de ver frustradas nuestras esperanzas en superar nuestras trágicas anomalías históricas. Los viejos males de la patria. Eso de “esto no tiene solución” a lo que éramos ―somos― tan propensos.
¡Pero vaya si la tuvo! No solo se superó el infame y chapucero conato de golpe, sino que el país entero acabó dándose la vuelta como un calcetín. Poco a poco se fue quitando la caspa y sus propios complejos de ser una sociedad incapaz de estar a la altura de la historia. Lo conseguimos porque actuamos unidos, porque, a pesar de todas las discrepancias, sabíamos hacia dónde queríamos ir, había un objetivo colectivo compartido. Y había ilusión y esperanza. Aunque solo fuera por ese recordatorio, ha merecido la pena la publicación de todos los documentos de la intentona golpista, cuyo contenido no revela nada sustancial, pero sí ha conseguido reverdecer tanto los peligros que todos sabíamos que acechaban al proyecto ―esa sensación permanente de estar siempre al borde del abismo―, cuanto nuestra decidida voluntad de seguir adelante.
Hace un par de días, en su aceptación del premio Gutiérrez Mellado, concedido por el Ministerio de Defensa, Josep Borrell nos recordó algo que no deberíamos olvidar: la gesta de quienes, en un momento decisivo, supieron estar a la altura de las circunstancias y contribuyeron a la reconciliación de las fuerzas armadas con la sociedad española, como el propio General que da nombre al galardón. Pero también advirtió de que aquellas amenazas no son percibidas con suficiente claridad por las generaciones más jóvenes, y que hay otras nuevas que hemos de afrontar. Se refería a los desafíos de seguridad derivados del actual contexto internacional, aunque esa reflexión puede extenderse también a la fragilidad de las democracias. Hoy la amenaza ya no procede de asonadas militares, se va gestando desde dentro de la sociedad misma por quienes sucumben a los cantos de sirenas de demagogos autoritarios o por gobernantes que ponen su supervivencia política por encima de la salud de las instituciones. Lo vemos por doquier.
Hemos perdido la capacidad de rememorar de dónde venimos ―dos guerras mundiales en Europa, una Guerra Civil y una larga dictadura en España―, y este olvido no es inocuo: se está traduciendo en una banalización del valor de la libertad, en la miopía ante quienes la desprecian y en preferir pequeños y divisivos éxitos de parte antes que aspirar a la promoción de los intereses que todos en el fondo compartimos. Ahora, además, nos lo han puesto muy fácil. Puede que discrepemos sobre el modelo de sociedad al que aspiramos, pero todos tenemos claro lo que no deseamos perder y a dónde no regresar. Recordar la herida que en su día nos abrió el 23-F deberá servirnos para afirmarnos en esta idea, para convertirla en brújula de navegación por estos procelosos tiempos y no extraviarnos en el ruido de la política cotidiana.
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