¿Y si es el mercado el que cancela las ideas?
El dinero también forma parte de la ecuación que está atacando a la libertad de expresión

Hace semanas vi el documental Riefenstahl de Andres Veiel (2024). Leni Riefenstahl volvió a resultarme no solo un personaje interesantísimo, sino también necesaria su recuperación cinematográfica y el conocimiento y reconocimiento de su obra. Les recuerdo que Leni Riefenstahl es la mujer que creó la épica visual del nazismo, un personajes que puede ser tan odioso como fascinante.
¿Quiere eso decir que soy filonazi? ¿Asomándome a la obra de Riefenstahl y poniéndola en valor me aproximo a los postulados del nacionalsocialismo? ¿Se puede discutir que su trabajo supuso una revolución en el cine con dos documentales a pesar de unas ideas de las que no reniega? Casi resulta una obviedad decir no, aunque siempre hay mentes calenturientas que me malinterpretan.
A mi juicio está bien que se haya realizado y producido un documental sobre una de las cineastas más representativas del cine nazi. Cierto es que hizo otras muchas cosas, pero ese “detalle” es en realidad por lo que la gente principalmente la conmemora… o denosta.
Con este antecedente, y que nadie interprete que estoy comparando el nazismo con la policía española, hace poco me topé en redes con unas disculpas de Jaume Ripoll, uno de los cofundadores de Filmin, plataforma en la que también está el documental sobre Riefenstahl. Os confieso que no sabía de lo que hablaba, pero las leí: “Ícaro: la semana en llamas es un documental de 2022 que aporta una mirada concreta, de parte, sobre aquellos días, centrada únicamente en agentes desplegados en Barcelona. Como cualquier obra, tiene un punto de vista y no pretende abarcar toda la complejidad de lo que ocurrió. Programar una película en Filmin no equivale a compartir su enfoque.”
Por lo visto, Filmin había incorporado a su catálogo un documental sobre los hechos que tuvieron lugar en Barcelona en 2019 tras la sentencia del procés. Algunos usuarios amenazaron con borrar su suscripción si no se quitaba —se cancelaba— el documental. No les pareció bien que se diera voz a los policías de la UIP que, a requerimiento de los mossos de escuadra, acudieron para tratar de sofocar los altercados callejeros. Parece que esos hechos solo se pueden contar desde un lado...
La aclaración de Ripoll me pareció pertinente; uno no incorpora a las plataformas lo que le gusta, sino trabajos, de mejor o peor calidad, y espera que los usuarios elijan. No tardó en rectificar —las redes asustan más de lo que parece, o la pérdida de dinero de las suscripciones, qué sé yo—. El documental es, dijo Ripoll, “malo, sesgado, y fallido. Si lo hubiera visto antes no lo hubiera incluido”. Como si no hubiera películas y documentales malos en Filmin... Tras estas declaraciones, causa consecuencia, los del otro “bando”, que habían celebrado el documental, decidieron que se daban de baja tras esas declaraciones. No debió ser una buena semana para Ripoll: dijera una cosa o la otra se le borraban clientes. Fallo de márquetin.
A los pocos días, saltó otra polémica: vivimos una época de baja tolerancia a la discusión y al que discrepa, si podemos… lo cancelamos. Arturo Pérez Reverte y Jesús Vigorra habían programado en Sevilla, como todos los años, un congreso, titulado “1936: ¿La guerra que todos perdimos?” (parece que hay una discusión sobre si llevaba interrogantes o no). Que el título es desafortunado es más que evidente, pero que, llamadme suspicaz, justo por tener ese título, las estrategias de márquetin nunca son casuales, tenían garantizados titulares también. Cerrados todos los ponentes, poco antes del día de inicio, uno de ellos, sin dirigirse a los organizadores, pero sí a sus seguidores en redes sociales… ¡Ay!, el poder de las redes…, anunció que se negaba a participar ante la presencia de otros participantes que… no compartían su línea ideológica. No voy a perder el tiempo con nombres, no es relevante, lo que sí lo es la consecuencia de esos actos. Tras la renuncia, otros participantes (se sorprende una por pura ingenuidad de que lo hicieran a renglón seguido, y pienso de nuevo en el poder de las redes) anunciaron que no asistirían. En este caso, a diferencia de Filmin, han conseguido que se aplace el citado congreso, con el consabido beneplácito a la cancelación.
Parece una obviedad recordar que la policía, o quien sea, tiene derecho a hacer un documental desde su punto de vista, por lo mismo que uno tiene derecho a convocar un congreso bajo el lema que considere y con los invitados que le parezca oportunos.
Lo que no deja de ser sorprendente es que en este primer cuarto del siglo XXI la capacidad de debate y la defensa de la libertad de expresión (sí, incluso de aquellos que no piensan como nosotros) no solo esté bajo mínimos, sino que sea un triunfo cancelar las opiniones del otro, en lugar de alzar la cabeza con orgullo para intentar defender tu tesis en un debate de ideas.
Claro que… tanto en un caso como en otro, al final una acaba pensando que tal vez… no solo son las ideas —detrás del congreso hay un banco, detrás de la plataforma, suscripciones—, también hay dinero. “Es el mercado amigo”, el que ha decidido las respuestas de la plataforma, o el aplazamiento de las jornadas. Y que, al final, lo de menos es el diálogo razonado.
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