El hundimiento de EE UU en la infamia
Europa debe aprovechar la indignación que produce el comportamiento de la cúpula de poder estadounidense como fuerza motriz de su emancipación


La persecución descarnada y sin escrúpulos de intereses propios es parte de la historia de la humanidad. A lo largo del último siglo, en su condición de potencia mundial dominante, Estados Unidos ha dado sobradas muestra de ello, desde el golpe contra Salvador Allende hasta la ilegal invasión de Irak. Hay multitud de ejemplos, y en el fondo la reprobable búsqueda del interés propio sin escrúpulo de aquellos que se lo pueden permitir es casi una constante. Pero hay momentos en los cuales ese ejercicio entra en el terreno de la abyección. Este es uno de esos momentos. La cúpula actual del poder de EE UU se está hundiendo en la infamia a una velocidad asombrosa. En Europa deberíamos, tal y como se enseña en las artes marciales orientales, aprovechar ese movimiento descompuesto para sacar partido, esquivar el asalto, o incluso tumbar al asaltante. La indignación ante ese espectáculo puede y debe ser el ingrediente central de nuestra capacidad de reaccionar y quedarnos de pie con nuestras piernas, sin muletas de dependencia.
El espectáculo sería grotesco si no fuese dramático. Esta columna no entrará en ningún juicio ad personam. Pero es legítimo y necesario analizar hechos y narrativas. Tenemos a una presidencia que ha montado unos escuadrones que infunden el terror en las calles de su propio país, matando a ciudadanos inermes y deteniendo a niños de cinco años. Una presidencia que ha hecho del matonismo indisimulado su modus vivendi a escala global. Un presidente que difunde un vídeo en el cual se retratan a Barack y Michelle Obama como si fueran monos; un presidente —conocido por sostener que a las mujeres hay que “agarrarlas por el coño”— que en una rueda de prensa se permite intentar despreciar a una reportera que le preguntaba, diciéndole que es una mujer joven, la conoce desde hace diez años y no la ha visto nunca sonreír. Ella, por supuesto, sonreirá con sus amigos, su familia o con quien le dé la gana. A un presidente de instintos autoritarios le pregunta con mirada de acero. Un presidente que da a entender que cree que si se viene de Somalia se tiene un coeficiente intelectual inferior —y que llamó shithole places a los países en vías de desarrollo—. Y tenemos a tecnoemperadores que hacen favores al presidente para conseguir barra libre para sus negocios, como Jeff Bezos, que ha tomado la decisión de despedazar el The Washington Post, un fundamental órgano de prensa y de control del poder del que es dueño. Ya en vísperas de las elecciones había impedido que la redacción publicara un editorial apoyando a Kamala Harris. Sí, el diario pierde dinero, pero, sí, lo hace en una cantidad casi imperceptible para las arcas descomunales de ese señor.
La lista podría seguir hasta llenar varias páginas de este diario. Todas las semanas se suman anécdotas alucinantes. El nivel es de tal calibre que, en Polonia, tal vez el país más atlantista de Europa, la indignación ha alcanzado un nivel inimaginable hasta hace poco. Figuras relevantes responden sin rodeos a barrabasadas y delirios de grandeza. El embajador de EE UU en ese país, fiel al estilo de su mando político, reclama respeto cuando ellos no respetan a nadie salvo a los que le pueden hacer verdadero daño, y amenaza con llevarse a casa el despliegue militar. Ningún aliado ya se fía de estos EE UU. Incluso los socios que le hacen la ola y le rinden pleitesía, si no son estúpidos, deben de estar estudiando donde está el punto que puede crear un cortocircuito. Pero no es necesario desglosar más: cualquiera con un mínimo de independencia de juicio ve lo que hay: un poder de instintos autoritarios, racistas, violentos, machistas. Un poder arrogante, presuntuoso, abusivo. No ha lanzado —al menos de momento— un emprendimiento militar que cause muerte y sufrimiento y torturas como la guerra de Irak, pero sus hechos y su trayectoria son un auténtico nadir. El descrédito es enorme.
Hay, por supuesto, otro EE UU. Aquel de la gente decente y valiente que discrepa y sale a la calle para protestar. Ojalá en el futuro pueda ese EE UU estar representado en el poder, y se pueda reanudar una mejor relación con Washington. Desgraciadamente, hoy en el poder está otro, un EE UU infame. La RAE define el vocablo infamia con dos acepciones: 1) descrédito, deshonra y 2) maldad o vileza en cualquier línea. Elijan ustedes cuál les parece más apropiada. También pueden quedarse con las dos. Tal vez, esas dos acepciones puedan convertirse en fuerzas motrices para convencernos definitivamente en alejarnos de ahí. EE UU ha fallado mucho en la historia, pero durante décadas la relación transatlántica ha tenido sentido para los europeos; sea para evitar ser sometidos por la dictadura soviética, sea para contar con una protección que nos permitió invertir mucho en el estado del bienestar y poco en las armas, con una fuerza que permitió —aunque con reprobables interferencias— el arraigo democrático en países que venían de la experiencia nazifascista —Alemania e Italia— y por otros motivos. Pero las circunstancias han cambiado, y hemos de cambiar nosotros. La indignación ante la infamia puede y debe ser parte esencial del motor de un nuevo camino.
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