Otra canción para Europa
En el Viejo Continente existe también la otra veta, la que por mucho pasado que tenga detrás sigue mirando al futuro


Por puro azar, de pronto una canción de Roxy Music de un disco de 1973, A Song for Europe. Aquí en este café vacío estoy pensando en ti, canta Bryan Ferry, y le dice que se acuerda de esos momentos en que estuvieron perdidos en el asombro, deslumbrados. La vieja y hermosa Europa, la de una góndola que se desplaza elegante sobre las aguas; la del Sena y la larga sombra que proyecta Notre-Dame. Pero está también la herida (el dolor), que la música y la cadencia de la voz vienen recogiendo desde el principio, eso de que solo hay tristeza, de que no hay ya mañana para nosotros, ni siquiera presente, “no hay nada” —salvo el pasado—. De todo hace ya más de 50 años. Bryan Ferry canta el tema con un tono medio decadente que remite a la República de Weimar, donde los estallidos de vida y los excesos podían empujarte al final de la noche a un café vacío. Afuera, cuando asoman las primeras luces, se escuchan las pisadas o el barullo que arman unos retoños que lucen sus esváticas como si fueran a hacerse con el mundo entero.
Hay en la canción algunas palabras en latín, otras en francés. El saxo irrumpe con la discreción y el toque melancólico que impone asumir una larga historia llena de vicisitudes, cargada de matanzas, de guerras de religión, de enfrentamientos entre hermanos. Y, también, de ese reguero de maravillas ante las que resulta tan fácil asombrarse: las ciudades de Europa, sus gentes, sus pensadores, sus artistas y literatos. En 1973, de pronto, Bryan Ferry dice que no hay ya presente, que no queda nada. Solo pasado. Son muchos a los que hoy les pasa lo mismo: se están desangrando por esa Europa apartada de una patada a los márgenes por un líder matón que quiere armar un nuevo mundo fuera de los carriles de la razón y la piedad, de la democracia, de las normas internacionales.
Tras la guerra de Yom Kippur, los países árabes redujeron en 1973 la producción de petróleo y subieron así su precio. Aquello se notó en Europa, y de qué manera. Aumentó la inflación, y se frenó el pujante crecimiento económico que había arrancado tras la posguerra y que permitió que en distintos países se construyera el Estado de bienestar. Déficits presupuestarios, descontrol en las balanzas de pagos, largas colas de desempleados, malestar social. En los años anteriores, explica Tony Judt en Postguerra (Taurus), Europa occidental “había sufrido una tercera revolución industrial”. Los obreros siderúrgicos, los mineros, los del sector de la automoción, los trabajadores fabriles estaban perdiendo sus trabajos. “La venerable economía de la manufactura de Europa occidental estaba desapareciendo”, escribe Judt. A la crisis del petróleo se le añadieron las transformaciones que se estaban produciendo en el modelo económico del continente. Un mundo se iba a pique, y Roxy Music recogió aquello en A Song for Europe.
Ahora, como hace 50 años, las bravuconadas y desmanes de Trump han pillado a Europa en medio de un proyecto ambicioso de transformación con la revolución verde y la digital. Y la están obligando a revisar sus debilidades, justo cuando se escuchan de nuevo las bravatas de una ultraderecha fascinada por el falso brillo de los autócratas. Esa melancolía de A Song for Europe es un invento europeo. Y ha producido prodigios de belleza y conocimiento (ir al fondo de las cosas, a su máxima negrura). Pero Europa tiene también la otra veta, la peleona y optimista, la alegre y que es capaz de luchar. Esa la que necesita otra canción: con una pizca de esperanza.
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