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editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

Fuego en el restaurante

La normativa sobre el uso de bengalas en locales de ocio debe ser más restrictiva, pero nunca sustituirá al sentido común

La rápida actuación de un empleado con un extintor evitó en la madrugada del domingo que un conato de incendio en un restaurante de moda de Madrid acabase en tragedia. Los responsables del local habían repartido bengalas a los clientes y una de ellas prendió unas plantas junto a la entrada. Llama como mínimo la atención que a alguien le pareciera una idea divertida encender bengalas cuando estaban aún frescas las espantosas imágenes de la tragedia de Año Nuevo en un club nocturno de Crans-Montana. Esa noche, el fuego provocado por una bengala mató a 40 personas, la mitad de ellas menores.

En los últimos años, han proliferado los restaurantes y locales de ocio nocturno que, de la mano de un público sobre todo juvenil y ávido de llenar sus redes de fotos, convierten las cenas en espectáculos con bengalas y otros elementos pirotécnicos, incluso antorchas. No es raro que se combine con una abigarrada decoración. Como otras veces, una moda crecida en internet se convierte en un nicho de negocio al que rápidamente responden promotores y grupos empresariales. Completamente legítimo, siempre que existan todas las medidas de prevención y seguridad necesarias. La normativa, en este asunto municipal, suele ir retrasada con respecto a las modas, pero es algo que debería ser de sentido común para empresarios y clientes.

Ya antes de Navidad, la Comunidad de Madrid había recomendado a todos los restaurantes y establecimientos de ocio no usar pirotecnia o bengalas en su interior. El Ayuntamiento anunció que analizará restringir lo más posible el empleo de pirotecnia en recintos cerrados. La normativa ya acota la utilización de material inflamable y limita las bengalas, salvo con autorización. Endurecer la regulación es la respuesta acertada para afrontar esta moda. Pero a cualquier Administración hay que pedirle que intente anticiparse a los problemas, y no solo reaccionar a la conmoción ciudadana. En abril de 2023, tres personas murieron en un incendio en un restaurante madrileño cuando las llamas de un plato flambeado alcanzaron la decoración de plástico del techo. Seis meses después, 13 personas perdieron la vida en otro incendio en una discoteca de Murcia. Ambos siniestros siguen bajo investigación judicial.

Son suficientes precedentes, sumados a la tragedia de Suiza, para no poner en riesgo a los clientes del ocio nocturno solamente por imitar una moda que se extiende gracias al vacío normativo y la dispersión de competencias y regulaciones. Los propios clientes deberían empezar a pensarse si les merece la pena estar en un local donde se encienden bengalas. El interés económico o las tendencias digitales no pueden prevalecer sobre la sensatez y la seguridad.

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