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Columna
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¿Y tú, qué hacías cuando destruían Gaza?

La tragedia palestina no obtiene demasiada respuesta más allá de los jóvenes acampados y las discusiones en redes

Acampada en la Universidad Complutense en solidaridad con el pueblo palestino.
Acampada en la Universidad Complutense en solidaridad con el pueblo palestino.Susana Vera (REUTERS)

El olvido no es inocente. Ni cuando la derecha española —la moderada y la otra— se empeña en perseguir o ridiculizar la memoria histórica (que ya prácticamente se reduce al intento de los nietos de darle un entierro digno a los abuelos que murieron en la guerra o fueron asesinados durante la dictadura), ni tampoco cuando la izquierda abertzale —la de ahora y la de antes— quiere pasar página sin nombrar a ETA o, si no tiene más remedio, quitándole su carga de bomba lapa y tiro en la nunca. Y no, no es inocente el olvido porque, a fin de cuentas, lo que se intenta impedir con esa amnesia inducida es que, algún día, alguien, un hijo, un amigo nuevo o despistado, dispare una pregunta a bocajarro:

—Y tú, ¿dónde estabas?

Me he acordado de una mañana ya lejana en Roma. De camino al colegio, impresionado todavía por la película El niño con el pijama de rayas, mi hijo me preguntó qué le habría pasado a nuestra familia si en aquella época hubiéramos vivido en Alemania. Con la capacidad de los críos para ir al meollo del asunto y evitar de paso cualquier respuesta evasiva, resumió la cuestión en una pregunta:

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—¿Nosotros qué habríamos sido, nazis o judíos?

No recordaba con precisión cómo salí del apuro, pero él sí lo guarda en la memoria: “Me dijiste que seguramente ni una cosa ni la otra, pero que habríamos apoyado a los judíos, que no habríamos sido indiferentes”. No era difícil la respuesta: aquel recorrido diario incluía calles del antiguo gueto judío sembradas de adoquines dorados que, situados en la puerta de algunas casas, recuerdan el destino de sus antiguos vecinos: “Aquí vivía Attilio Fatucci, nacido en 1935, arrestado el 16 del 10 de 1943, deportado a Auschwitz, asesinado el 23 del 10 de 1943″. También de un tiempo a esta parte, aunque tímidamente, algunos alcaldes de Euskadi están colocando pequeñas placas en el pavimento, al modo de aquellos sampietrini romanos, como recordatorio de que en tal restaurante fue asesinado el popular Gregorio Ordóñez o que, en aquella esquina de la calle Prim, el socialista Fernando Múgica fue acribillado a balazos. Por tanto, siempre que la historia no se oculte o tergiverse, no debería ser complicado responder de forma correcta si alguien nos pregunta en qué lugar de la historia nos habríamos situado. Pero ¿y si nos lo preguntan en presente? Y si, dentro de unos años, alguien quiere saber qué hacías mientras miles de palestinos inocentes —no terroristas de Hamás—eran masacrados a cuatro horas de vuelo de Madrid o de Barcelona..., ¿qué pensabais, qué escribíais, dónde os manifestabais después de ver en el telediario o en las redes sociales a niños mutilados, a ancianos huyendo hacia ninguna parte con un colchón roto en la espalda, a padres y madres sosteniendo en sus brazos un pequeño cuerpo sin vida?

Por el momento, solo algunos de nosotros, sobre todos los más jóvenes, en algunas universidades del país, han decidido dar un paso adelante, dejar la comodidad de una biblioteca o de un cuarto en tiempo de exámenes e instalarse en tiendas de campaña para, al menos, dejar constancia de su condena a la invasión de Gaza, dar testimonio de la tremenda injusticia, gritar basta. No hay más que abrir la red social X para constatar que también Israel y Palestina se ha convertido en munición para los partidos políticos, y hasta ha habido algún dirigente —el más moderado del PP— que llegó a acusar a los universitarios de no defender a los palestinos, sino a los terroristas de Hamás. Hay una frase del actor Robert Ryan en Los implacables que a cualquiera le gustaría incluir en sus memorias, o en su epitafio: “Fuimos lo que muchos niños sueñan ser de mayores y lo que muchos mayores lamentan no haber sido”. Por el momento, hay que aspirar a no tener que agachar la cabeza cuando algún día nos pregunten:

—¿Y tú qué hiciste?

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