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Tribuna
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Defensa del tinglado en la izquierda

Para renovar el Gobierno progresista, a algunos les parecerá una trampa que el PSOE necesite a Sumar; a mí esa trampa me tranquiliza. No se trata de unirse ni de amarse; se trata de llegar pragmáticamente a acuerdos, obligados por las circunstancias

Yolanda Diaz Pablo Iglesias
Yolanda Díaz y Pablo Iglesias, durante la sesión de investidura en el Congreso, en enero de 2020.Mariscal (efe)
Santiago Alba Rico

No conozco personalmente a Yolanda Díaz ni formo parte de su equipo; e ignoro los detalles de su negociación con Podemos. Tengo apenas la convicción de que si mantuviéramos una conversación de —pongamos— 10 horas, durante las primeras cinco estaríamos de acuerdo en lo esencial. Luego, a partir de la sexta, vendrían probablemente los problemas, las diferencias, las disonancias. A muchos, en la izquierda, nos podría parecer que lo decisivo e innegociable sólo surge en la séptima o en la octava hora, pero la cuestión que me interesa, en todo caso, es esta: ¿cuánta gente cabría en esas primeras cinco horas? Así, a ojo, me atrevería a decir que un poco más de la mitad de los españoles o, al menos, un poco más de la mitad de los electores, repartidos, desde luego, entre diferentes opciones políticas y distintos territorios. En la España actual esas cinco horas constituyen de alguna forma el único amplio consenso que puede frenar, en un trance difícil, a la derecha más desaforada e iliberal de los últimos 40 años.

La sexta hora se llama Gobierno. Durante cuatro años hemos tenido una sexta hora muy interesante en la que dos partidos que se odiaban a muerte acordaron en diciembre de 2019 un Gobierno de coalición sin precedentes. No lo hicieron por gusto, sino a regañadientes, obligados por las circunstancias; y uno tuvo que desplazarse pragmáticamente hacia la izquierda y el otro pragmáticamente hacia la derecha. Al PSOE y Unidas Podemos se unieron, en la sesión de investidura, otros partidos, incluidos ERC y Bildu, cuya abstención resultó decisiva. Desde la izquierda querríamos que España se pareciese más a un falansterio o a una granja o a una nube, pero se parece mucho a esto: un tinglado precario, ya protofederal, de socialistas conservadores, locas feministas e independentistas con sentido del Estado. No hemos tenido, no, “el Gobierno más progresista de la historia” —ni la mitad de lo que querríamos algunos— pero ese tinglado es la fórmula más realista, más europea y más democrática que hemos conocido en nuestra vida. Para ponderar en justicia su valor basta pensar, por contraste, en lo que habría sido de nuestro país si el PP y Vox hubiesen gestionado la pandemia y la crisis generada por la invasión rusa de Ucrania. No debemos resignarnos jamás a valoraciones “por contraste”, pero en año electoral esos contrastes cuentan. Necesitamos llegar a la novena hora, que es la de la transformación de España.

He citado a Yolanda Díaz porque esas primeras cinco horas hay que ganárselas en las elecciones. Y porque la indispensable renovación del Gobierno de coalición se decidirá a la izquierda del PSOE, donde los votos que consiguió Podemos en 2019 ya no están asegurados. No me ensañaré con sus errores ni abundaré en los ataques despiadados que ha recibido. Diré sencillamente que, cualesquiera que sean las razones, se ha convertido en un partido porciúnculo, como Vox, que se parece cada vez menos al país que estridentemente invoca. A algunos les parecerá una trampa que el PSOE necesite a Sumar; a mí esa trampa me tranquiliza.

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Nada divide tanto como la unidad, que rompe la conversación en los primeros cinco minutos. La idea de unidad, lo confieso, me produce un poco de repeluzno. Me hace pensar siempre en los Reyes Católicos, quienes “unieron a todos los españoles”, según el mito escolar, contra los judíos, los moriscos y los “herejes” en general. Si hablamos de partidos políticos, esta tendencia isabelfernandina es curiosamente más marcada en la izquierda que en la derecha; y tanto más marcada cuanto más mengua el poder. El Gobierno de coalición señala el camino a Sumar: no unidad sino costuras; un tinglado y no un partido. No se trata de unirse ni de amarse; se trata de llegar pragmáticamente a acuerdos, obligados por las circunstancias. El problema es que Podemos tiene ya más poder que apoyo electoral y esa desproporción es peligrosa. Lo pragmático sería ajustar la diferencia. Pero el poder, que es ambicioso, no suele ser pragmático. Un poder declinante puede ser, aún más, suicida. No creo, no, que el Podemos de Pablo Iglesias esté pensando solo en las listas y el dinero. Existe también la tentación del poder, la tentación de usarlo por encima de las propias fuerzas, la tentación de apurarlo hasta el final, incluso contra la propia supervivencia. Podemos —digamos— tiene poder de sobra para acabar de un golpe, como Sansón, con todos los filisteos y consigo mismo.

No puedo votar lo que quisiera, pero no quiero votar un mal menor. Quiero votar, con la nariz destapada, un bien pequeño que pueda ampliarse luego, contra el PSOE, en la novena hora de conversación. No depende de mí, sino de Podemos, al que debemos tanto, que nos debe tanto. Ojalá Pablo Iglesias, artífice en buena parte del Gobierno de coalición, fuera menos inteligente y más razonable, menos poderoso y más realista, menos isabelfernandino y más tingladesco. Nos haría mucha falta.

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