editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

La epidemia silenciosa de la soledad

Los planes de salud pública deben incluir la prevención de los peores efectos del aislamiento no deseado

Una anciana acompanada de otra persona descansa en un banco, en Barcelona.
Una anciana acompanada de otra persona descansa en un banco, en Barcelona.Albert Garcia

Una de las paradojas de nuestro tiempo es que cada vez hay más personas que se sienten solas y aisladas pese a que viven rodeadas de gente y tienen más facilidades que nunca para comunicarse con los demás. La soledad elegida no es lo mismo que la soledad no deseada: el aislamiento social genera un dolor que afecta a la calidad de vida y a la salud, especialmente en las personas mayores. Se la ha denominado la epidemia silenciosa porque suele vivirse en la intimidad del hogar, pero numerosos estudios han demostrado que es un importante factor de riesgo de enfermedad y muerte prematura. Su riesgo es equiparable al sedentarismo, al tabaquismo o la obesidad, según un informe publicado por la OMS en 2021 que recoge la evidencia científica disponible.

Los cambios en la estructura familiar, la mayor capacidad de autonomía personal y la evolución de la vida urbana están provocando un aumento de los hogares unipersonales. El estudio de la OMS estima que en Europa la soledad indeseada afecta al 25% de las personas mayores, pero la tendencia es global. Una revisión de 25 estudios en China observó un gran aumento de la soledad percibida entre 1995 y 2011, coincidiendo con la migración masiva del campo a la ciudad y tasas crecientes de urbanización, divorcios, desempleo y desigualdad social.

En España, según datos del INE publicados en 2021, hay 4,8 millones de personas que viven solas, de las cuales el 43,6% tienen más de 65 años. Pero el dato más significativo es que había aumentado un 6,1% respecto de 2019 el número de personas mayores de 65 años que vivían solas, mientras que en los menores de esa edad había disminuido un 0,9%. Eso indica que el factor que más influye es la edad y que, en la mayoría de los casos, la soledad no es el resultado de una elección.

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Vivimos más años y muchos de los años ganados son con mejor calidad de vida. Este es un gran logro social, pero la mayor longevidad hace que la soledad sea especialmente penosa a partir del momento en que se manifiestan las tres crisis del envejecimiento: la de identidad, en que la persona siente que ya no es quien era; la de autonomía, cuando pierde capacidad física y mental, y la de pertenencia, cuando sus coetáneos se van muriendo y deja de tener relaciones sociales. Las personas que se sienten solas tienen menos ganas de cuidarse, se alimentan peor, las defensas de su organismo se reducen y tienen más probabilidades de enfermar. Dada su repercusión en el estado de salud de la población mayor, la soledad debe abordarse como un problema de salud pública, y así lo entendió Reino Unido cuando en 2018 decidió crear un ministerio de la soledad, o Japón, que lo puso en marcha en 2021. Hay ejemplos de intervención social eficaz, como Finlandia, que en 2010 lanzó un ambicioso programa, el proyecto Pitkälä, con el que logró mejorar el estado de la salud y reducir la mortalidad de la población mayor y más vulnerable a la soledad.

En España, la administración mejor preparada para intervenir es la municipal, a través de los servicios sociales y sanitarios. Algunas ciudades ya lo han hecho. Es el caso del Ayuntamiento de Barcelona, con los programas Radars y Vincles. Pero se necesita un marco más amplio como la estrategia nacional contra el aislamiento involuntario que prepara el Imserso. Es una promesa de legislatura que no debe demorarse.


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