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COLUMNA
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Una derecha suicida

El control trumpista en el Congreso de EE UU amenaza con la suspensión de pagos de la deuda por primera vez en la historia

Partido Republicano de Estados Unidos
Kevin McCarthy, con el mazo de 'speaker' de la Cámara de Representantes de Estados Unidos.OLIVIER DOULIERY (AFP)
Lluís Bassets

No hay motivos de alegría. Biden superó las difíciles elecciones de mitad de mandato, con un buen resultado en el Senado, todavía demócrata, y una Cámara de Representantes de discreta mayoría republicana, en vez de la anunciada oleada conservadora. Pero el Partido Republicano sigue imperturbable el camino hacia la autodestrucción con el ciego entusiasmo que corresponde a quien ha perdido cualquier sentido de la orientación. Ha sucedido en otras épocas y países, pero en la marcha hacia el caos la derecha de Estados Unidos está demostrando una osadía y un vanguardismo de consecuencias universales en cuanto a su ejemplaridad negativa y a sus efectos perturbadores del orden mundial, como ha quedado demostrado en la intentona bolsoranista en Brasilia.

Fueron un disparate inaugural las primarias republicanas de 2016 que elevaron a Donald Trump a la candidatura. Lo fue su elección como presidente tras una sucia campaña llena de interferencias rusas. La vergüenza de los cuatro años de la Casa Blanca trumpista habría pasado por sí sola a los anales de la infamia de no haber empeorado con el ataque directo contra el Congreso en el día de la certificación de la derrota republicana. Y justo dos años después, el legado del caos sigue vivo y activo, incluso desbordado por los trumpistas más radicales, situados al mando de la nave republicana.

De ahí la implacable lógica de la destrucción en curso, que ha llegado ahora a la Cámara de Representantes, dominada por una veintena de congresistas de extrema derecha empeñados en evitar que el Gobierno gobierne y el legislador legisle, una vez garantizada la mayoría conservadora en el Supremo. Les basta con que gobiernen y legislen los jueces, mientras ellos se encargan del desgobierno.

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El republicano ya no es un partido de gobierno, a pesar de que retenga numerosos Ejecutivos y Cámaras de los Estados federados. Tampoco es una alternativa al Gobierno, sino un partido contrario a la idea de que se gobierne. Empezó por dividir y polarizar y ahora está ahora dividido él mismo, bajo el control de un puñado de extremistas, dedicados a fabricar teorías de la conspiración y noticias falsas. Tras la trabajosa elección de Kevin McCarthy como presidente de la Cámara, a costa de cederles todo el poder, nada bueno puede esperarse. La secretaria del Tesoro, Janet Yellen, ya ha tirado de la señal de alarma. La parálisis legislativa está asegurada, pero más grave es la amenaza de limitación del endeudamiento, que puede conducir por primera vez a la suspensión de pagos de la deuda estadounidense.

La derecha se ha alejado de las respetables ideas conservadoras y liberales representadas por el viejo ideario republicano. El extremismo antiprogresista, autoritario e iliberal se ha apoderado del partido que fundó Abraham Lincoln. Un suicidio para los republicanos y una desgracia para la democracia, no tan solo en Estados Unidos sino en todo el mundo.

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Sobre la firma

Lluís Bassets
Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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