Tribuna
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El periodismo, la “política de criadillas” y Luis Araquistáin

El talante (y discurso) de algunos de nuestros políticos y medios de comunicación no han cambiado para bien desde que el periodista y diplomático socialista publicase hace un siglo ‘Las columnas de Hércules’

Luis Araquistáin (en el centro, con sombrero y gafas) en la manifestación del 1 de Mayo de 1936 en Madrid. Con él, desde la izquierda, Santiago Carrillo, Francisco Largo Caballero, José Díaz, Trifón Medrano y Juan Gómez Egido (con sombrero).
Luis Araquistáin (en el centro, con sombrero y gafas) en la manifestación del 1 de Mayo de 1936 en Madrid. Con él, desde la izquierda, Santiago Carrillo, Francisco Largo Caballero, José Díaz, Trifón Medrano y Juan Gómez Egido (con sombrero).EFE

Hace unos meses, un artículo publicado en este mismo periódico y firmado por Gloria Crespo MacLennan ofrecía una visión perturbadora de cómo la industria farmacéutica ha suplantado, de alguna manera, a la religión, la filosofía e incluso a la política en su cometido por proveer la felicidad y el bienestar requeridos para (sobre)vivir en esta sociedad altamente competitiva a la que pertenecemos. Esta supeditación a la química curativa (léanse la Viagra, el Tramadol, ansiolíticos o antidepresivos) no ha finalizado sino que, por el contrario, la pandemia ha venido a confirmar este reinado coyuntural de las farmacéuticas en el que solo nos queda exhibir nuestra nueva carta de ciudadanía del mundo a las autoridades aduaneras.

Todo ello me ha llevado a recordar la tesis inicial de Las columnas de Hércules, del periodista, diplomático y político socialista Luis Araquistáin, donde también la química curativa sustituía a la res politica a la hora de regenerar un país como España que se empecinaba en no querer despertarse del sueño imperial mientras se desangraba en Annual. La solución al España como problema provenía de la invención de unas píldoras “genésicas” que reactivarían “la raza española”. Aun así, aquellas pastillas de Viagra avant la lettre no eran más que un mero MacGuffin del que se serviría Araquistáin para aplicar el bisturí sobre la España de su tiempo y, de paso, aportar las recetas necesarias y obligadas para asuntos que siguen estando ahí presentes y sin resolver.

Araquistáin, para el caso, no acudiría a las escuelas y despensas noventayochistas, sino que su recetario ético-estético se nublaría con los fétidos vahos provenientes de las batallas de Verdún y del Somme que asolaron la Europa de posguerra y que, en el ámbito cultural, parirían los ismos vanguardistas y el esperpento valleinclanesco. No era ninguna casualidad que la primera versión de Luces de bohemia se publicase por entregas en 1920 en España, semanario fundado por Ortega y dirigido por Araquistáin. Y fue precisamente en aquella plataforma política donde muchos de sus colaboradores continuarían la senda regeneracionista iniciada (teórica y filosóficamente) en sus primeros estadios por los miembros de la llamada generación del 98.

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Su foco de atención para la regeneración nacional se concentraba muy particularmente en dos aspectos interconectados entre sí como eran la función social de la prensa y la denuncia de una clase política corrupta e incompetente. En ese sentido, Las columnas de Hércules era y sigue siendo una lección excelente de cómo interpretaba su autor el oficio de periodista y, sobre todo, qué representaba para la sociedad la búsqueda constante, por parte de un diario, de la libertad informativa, la verdad y la objetividad. La regeneración de un país cuya nueva hornada de intelectuales aspiraban, ahora sí, a la europeización de España comenzaba, pues, por un cambio radical del paradigma periodístico que erradicara el estilo truculento y sensacionalista de los artículos, la connivencia parasitaria con el poder, el interés empresarial por encima del informativo o la sumisión a la dictadura de la mediocridad moral e intelectual.

Esta supresión de las malas prácticas del periodismo se extendía a un estamento político bullanguero y faltón en sus jornadas parlamentarias y a ciertos políticos con tintes autoritarios que medraban por monopolizar la prensa en aras de manipular ideológicamente a la opinión pública española. Las argucias empleadas por el consejo de administración de El Orden —periódico sobre el que pivotaba toda la novela de Araquistáin— ejemplificaban el maridaje entre una prensa católico-conservadora y unos políticos germanófilos empeñados en encender una mecha que, finalmente, estallaría en la Semana Trágica barcelonesa. La rebelión de algunas cabilas marroquíes contra las autoridades coloniales españolas daría inicio a una campaña de desprestigio, desplegada por aquel diario ficticio, contra la ascendencia intelectual de Francia y contra el separatismo catalán, el anarquismo y la masonería.

Más allá de las intenciones caricaturescas de Araquistáin al ridiculizar la eugenesia de la raza española y las ínfulas panhispanistas de alguno de sus contemporáneos, traer a colación Las columnas de Hércules, que acaba de cumplir cien años desde su publicación, es una constatación extraordinaria de cómo el talante (y discurso) de algunos de nuestros políticos así como el de algunos medios de comunicación de este país no han cambiado para bien con el paso de los años. Vale la pena recuperar un fragmento de la novela donde el director del Banco Popular recomendaba la entrada en la dirección de El Orden de aquel animal político al que personalidades como Luis Araquistáin pretendían borrar del panorama nacional: “Aludo a Bonifacio Gacela, que, como es sabido, no cree, como otros, que la salvación de España esté en una política hidráulica, ni en una política forestal, ni en una política pedagógica, ni siquiera en una política iberoamericana, sino en algo más recio y sencillo: en una política —con perdón— de criadillas”.

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