Tribuna
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Economía como si la gente importase

La vida y la obra de Emilio Ontiveros se han esforzado en lograr un ansia de seguridad personal y social para todos

NICOLÁS AZNÁREZ

Hay una “prehistoria” de la que Emilio Ontiveros se sentía orgulloso y que ilumina lo que luego fue su labor. A finales de los setenta del siglo pasado fue editor de libros; dirigió la colección de textos de economía de la editorial H. Blume, editorial en la que se publicó un volumen seminal para la cultura ecosocialista del futuro: Lo pequeño es hermoso. Economía como si la gente importara, del economista alemán E. F. Schumacher. Ahí están los andamios de la idea fuerza central que Ontiveros ha defendido a lo largo de libros, artículos, conferencias, editoriales, etcétera, en el último medio siglo: el capitalismo solo puede sobrevivir con dosis de equidad, y ello por razones de justicia social, eficacia y relación con la democracia.

Todos los temas abordados por Ontiveros (Europa, la revolución digital, la política presupuestaria, las finanzas, etcétera) son trasuntos instrumentales de tal idea fuerza, que constituía su ideología en el sentido fuerte del término. Por cierto, en aquellos años de editor, y en los inmediatamente anteriores, militó en el Partido del Trabajo de España (de tendencia maoísta), en la que como tantos otros estuvo por coherencia antifranquista. Lo que le gustaba recordar.

Fue keynesiano en el sentido de andar buscando para todos “un ansia de seguridad personal y social”. Era consciente de que la historia se repite una y otra vez con nuevas formas. Por ello andaba tan preocupado por lo de hoy (estando ya en la unidad de cuidados intensivos trató, sin éxito, de escribirlo en su último artículo para el suplemento Negocios de este periódico). Hay un fuerte desajuste entre una democracia representativa debilitada y un tipo de capitalismo que va mutando constantemente, pero que se está haciendo incontenible. Esta descompensación es cada vez más visible. La democracia, en el caso que avance, lo hace a sorbos, en dosis homeopáticas, mientras que el capitalismo de nuestros días (tecnológico, financiero,…) es avasallador. En la falta de competencia con otros sistemas económicos se ha hecho prepotente, va acompañado de una ausencia clamorosa de frenos y regulaciones efectivas, y como consecuencia abunda en escándalos, abusos y complicidades que habría que desmontar.

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Bastante antes de que casi nadie hubiese oído hablar en España de la italianoamericana Mariana Mazzucato, Emilio Ontiveros llamó al editor y le dijo: “Tienes que publicar rápidamente El Estado emprendedor. Es una economista que marcará tendencia”. Desde antes de la pandemia estaba dándole vueltas a las ideas de Rebecca Henderson. La suya era una obligación autoadquirida, la de estudiar continuamente y estar al día para cumplir a satisfacción su forma de ser economista: como profesor universitario, como empresario y como divulgador de los conocimientos que asimilaba compartiéndolos en libros, periódicos, radio y televisión. No había tiempo que perder. Montse Domínguez, su compañera, ha sido testigo perfecta de tanto tiempo de vacaciones y fines de semana utilizado en el estudio.

Para absorber ese desequilibrio creciente entre el poder político y el poder económico (que Emilio observaba desde dentro) había que utilizar todas las herramientas disponibles. No bastaba con las tradicionales de las ciencias económicas y las ciencias políticas. No sirven los análisis aislados de cada una de las ciencias sociales. Es imposible entender lo que está ocurriendo a nuestro alrededor sin tener en cuenta el conjunto de visiones y ensamblarlas. No hacerlo es uno de los errores más frecuentes en los que han incurrido muchos economistas, lo que explica que la mayoría de ellos no fuesen capaces de pronosticar la que se nos venía encima en la segunda mitad de la primera década del siglo XXI. No hicieron caso de lo que escribió Keynes: “Una vez que nos permitimos desobedecer la prueba de los beneficios de un contable, hemos empezado a cambiar nuestra civilización”. Quizá por ello, Ontiveros participaba en la Tertulia Rubio Llorente (en homenaje a su fundador, el inolvidable jurista del Tribunal Constitucional), de fuerte composición multidisciplinar. Ahora, enseñará a los supervivientes, junto a Santos Juliá y Javier Pradera, desde otro lugar.

De la actividad de Emilio Ontiveros se ha escrito mucho. Como profesor en las Universidad Autónoma de Madrid (UAM), donde deja un ingente número de alumnos y seguidores de todas las tendencias ideológicas y de muchas disciplinas. Ni en los peores momentos de crisis y dificultades, en los que se le requería por todos los lados para apagar fuegos, dejó de dar clase, que era una continuación de sus continuas conferencias por el país entero. Ontiveros era una de las personas que mejor conocieron España a fuerza de patearla día tras día.

En 1987, un grupo de jóvenes profesores de la UAM —Ángel Berges, Francisco José Valero y Ontiveros— crearon la consultora Analistas Financieros Internacionales (AFI), que este último ha continuado presidiendo hasta el final de sus días. Primera parada: la crisis bursátil del mes de octubre de ese año (“el Jueves Negro”), lo más parecido hasta entonces al crash de 1929. La letra con sangre entra. De sus lecciones emergió una de las empresas más profesionales en su terreno, continuamente convocada.

Emilio Ontiveros (quinto por la derecha), en una reunión del consejo editorial de EL PAÍS. Junto a él, desde la izquierda, Eduardo Haro Tecglen, Josep Ramoneda, Félix Monteira, Soledad Gallego-Díaz, Bonifacio de la Cuadra, Javier Pradera, Andreu Missé, Joaquín Estefanía, Cayetano López y Lluís Bassets.
Emilio Ontiveros (quinto por la derecha), en una reunión del consejo editorial de EL PAÍS. Junto a él, desde la izquierda, Eduardo Haro Tecglen, Josep Ramoneda, Félix Monteira, Soledad Gallego-Díaz, Bonifacio de la Cuadra, Javier Pradera, Andreu Missé, Joaquín Estefanía, Cayetano López y Lluís Bassets.

Apenas unos meses después de la creación de AFI, Ontiveros entraría con una naturalidad asombrosa —pues apenas había escrito antes— en el consejo editorial de EL PAÍS (y luego en el de Prisa), donde, como él mismo comentó, aprendió “a divulgar”. De su ordenador han salido centenares de borradores de editoriales que han contribuido a crear la opinión de este país durante décadas, además de los artículos con su firma, y los comentarios en radio y televisión (haciendo dupla en muchas ocasiones con alguien tan distinto a él como el economista Juan José Toribio). Muchos de sus mejores amigos provinieron de este último ambiente, diferente al de la academia o la empresa. Ignorando lo que el destino le deparaba tan a corto plazo, cuando hace apenas unas semanas murió Patxo Unzueta, insinuó la necesidad de hacer un homenaje colectivo a ese grupo de compañeros desaparecidos que tanto influyeron en hacer de EL PAÍS un buen diario y, a través del periódico, de la española una sociedad más demócrata y más formada. Los recordó y los calificó de “legión invencible”, parafraseando a John Ford. Entre otros: Javier Pradera, Jesús Mota, Manuel Azcárate, Vicente Verdú, Miguel Ángel Bastenier, Francisco Gor, Juan García Hortelano, Alfredo Pérez Rubalcaba, Joaquín Prieto, Eduardo Haro Tecglen, el cura Martín Patino, Patxo Unzueta, y otros que ahora no me vienen a la memoria pero que él, que se acaba de unir a ese grupo, citó.

Disfrutón, gran conversador, muy amigo de sus amigos, de buen comer y de buen dormir hasta el final, tuvo durante un tiempo una pesadilla recurrente: al haberle ofrecido un presidente del Gobierno un alto cargo en la Administración del país, se veía a sí mismo rodeado de micrófonos y teléfonos móviles intentado explicar el índice de precios al consumo y los efectos de una inflación descontrolada. Entonces despertaba sobresaltado.

Ahora camina con un bastón por las montañas de la sierra de Madrid, cerca de Rascafría, esperando a Montse, al resto de su familia, y a sus amigos del alma que no pueden seguir su ritmo, para explicarles por enésima vez cómo se pueden hacer más productivos esos campos y dirigiendo la operación. Y recordando aquellas palabras de Mitterrand sobre las vanidosas élites de la Administración: “Lo saben todo; lástima que sólo sepan de eso”.

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