editorial
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El invierno se acerca

Putin despliega distintas formas de presión para debilitar a Europa tras haber estabilizado el frente de Donbás

Efectivos de las fuerzas de defensa ucranias en Bucha se entrenaban el 13 de julio en las proximidades de Kiev.
Efectivos de las fuerzas de defensa ucranias en Bucha se entrenaban el 13 de julio en las proximidades de Kiev.SERGEY DOLZHENKO (EFE)

Una vez estabilizado el frente de Donbás, la región fronteriza prácticamente controlada por entero por Rusia, se atisba el nuevo movimiento de Moscú, ya denunciado desde la Casa Blanca, de una próxima anexión en septiembre del territorio conquistado, las dos repúblicas autoproclamadas de Donetsk y Lugansk, como nuevas provincias rusas. Tal medida, un atentado al derecho internacional del mismo calibre que la anexión de Crimea en 2014, suscita una doble conjetura, como señal de un propósito negociador a partir de las posiciones conquistadas y como base para desenfundar de nuevo la amenaza nuclear para evitar su recuperación por parte de Ucrania, con la excusa de un peligro existencial sobre territorio ruso.

La principal palanca de Vladímir Putin para la eventualidad de una negociación radica en el gas y en el petróleo, instrumentos con los que pretende ablandar las posiciones de los países europeos dependientes del suministro. Las maniobras de reparación del gasoducto Nord Stream y el juego amenazador de cerrar el grifo no tienen otra función que despertar el apetito negociador de los europeos ante la eventualidad de un duro invierno en los hogares y todavía más duro en las empresas, especialmente alemanas, que podrían arrastrar a la recesión al conjunto de la economía europea. Es en este contexto en el que se debe entender la propuesta de ahorro energético de la Comisión Europea de reducir el consumo en un 15% por parte de cada uno de los países socios, y en caso de que no sea suficiente, la introducción de un reparto obligatorio, a pesar de que pueda exacerbar las diferencias entre algunos países.

Putin va a jugar con estas contradicciones para dividir a los europeos, como lo ha hecho ya con los ucranios. La crisis política en Italia, trascendental para Europa, o la caída de Boris Johnson en el Reino Unido son otros elementos de los que puede servirse Moscú. La purga efectuada por el presidente Volodímir Zelenski en los servicios secretos y en la Fiscalía, bajo graves acusaciones de espionaje en favor de Rusia, tiene mucho que ver con la dificultad de compaginar las posiciones más negociadoras con la defensa militar sin cuartel ante la invasión, aunque no se puede excluir también la directa infiltración de Moscú. También el anuncio de una incipiente contraofensiva ucrania para reconquistar el territorio perdido alrededor de Jersón pretende responder a la pérdida de las ciudades clave del Donbás que son Severodonetsk y Lisichansk. Son mensajes dirigidos a los aliados europeos para evitar una negociación que parta de la concesión previa a Rusia del territorio conquistado desde 2014 hasta hoy.

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La ofensiva diplomática de Putin, con su viaje a Teherán, el primero que realiza a territorio exterior del antiguo imperio soviético desde que empezó la guerra, trabaja también en la misma dirección negociadora. Bajo la fórmula del proceso de Astaná, dirigida a buscar la paz en Siria, el presidente ruso ha obtenido la solidaridad más rotunda del ayatolá Alí Jamenei, el líder supremo de la revolución islámica iraní, y ha empezado a negociar con Recep Tayyip Erdogan la salida del trigo ucranio, la otra arma económica globalizada con la que el Kremlin pretende presionar sobre Ucrania y sus aliados. Si en un primer momento Putin parece buscar el desbloqueo del trigo almacenado, que le permitiría presentarse como un líder responsable y recabar luego la solidaridad diplomática de los países del sur global, no está en ningún caso descartado que, en caso de nuevos fracasos militares, sus amenazas lleguen a traducirse en hambrunas y movimientos de población dirigidos hacia Europa que compliquen todavía más el duro invierno que se acerca.

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