editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

La gira más difícil de Joe Biden

Los efectos de la guerra en Ucrania en el mercado de la energía llevan al presidente de EE UU a desautorizar sus promesas electorales sobre Oriente Próximo

Joe Biden se dirige al príncipe heredero saudí, Mohamed Bin Salmán, en la cumbre de seguridad y desarrollo, en Yeddah el sábado.
Joe Biden se dirige al príncipe heredero saudí, Mohamed Bin Salmán, en la cumbre de seguridad y desarrollo, en Yeddah el sábado.SAUDI ROYAL COURT (VIA REUTERS)

Sin la invasión rusa de Ucrania y el ascenso de China sería difícil de entender este primer y difícil viaje de Joe Biden a Oriente Próximo, que lo ha llevado a Israel y a Arabia Saudí. Hay en la gira presidencial una enmienda a la política en esta zona de su predecesor, Donald Trump, especialmente a su desprecio hacia la causa palestina, su apoyo incondicional a Benjamín Netanyahu y su simpatía hacia las autocracias, y especialmente hacia Mohamed Bin Salmán, el príncipe saudí que la CIA considera responsable del asesinato del periodista Jamal Khashoggi. Pero también hay una continuidad en el aprovechamiento y profundización de los Acuerdos de Abraham, suscritos bajo los auspicios de Trump, que han permitido a Israel ampliar su reconocimiento diplomático a Baréin, Emiratos Árabes Unidos, Sudán y Marruecos, a la espera del reconocimiento por parte de Arabia Saudí.

No es la única contradicción de Joe Biden. Si bien en sus discursos ha reiterado el compromiso de Estados Unidos con los derechos humanos, la igualdad entre hombres y mujeres y los beneficios de la democracia ante un foro de autócratas y monarcas absolutos, su encuentro con Bin Salmán desautoriza sus promesas electorales. El realismo político exigido por los efectos de la guerra en el mercado mundial de la energía ha destrozado el idealismo exhibido por el presidente demócrata en contraste con el cinismo de su predecesor.

Tres eran los objetivos que se había propuesto la Casa Blanca para esta gira: recabar una mayor producción petrolífera de Arabia Saudí y de los otros países productores del Golfo; reivindicar su liderazgo en la región, a pesar de la ausencia de tropas estadounidenses desde hace 20 años; y dar garantías a Israel y a los países árabes respecto al compromiso de Washington en la seguridad regional frente al peligro nuclear de Irán, la vocación disruptiva de Rusia y la pulsión expansiva de China. Por el momento, no es seguro que se haya alcanzado ninguno de los tres.

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Tras la etapa caótica de Trump y la salida precipitada de Afganistán, esta gira desmiente la apuesta de Washington por estrategias de repliegue en la zona. Se equivocaban quienes creían que la pugna geopolítica con Pekín pasaba solo por las alianzas asiáticas en detrimento del compromiso con Europa y Oriente Próximo —donde se libran ya las batallas, sobre todo económicas y diplomáticas, entre China y Estados Unidos—. Biden acaba de expresar su afán de volver a tomar la batuta en esta región. Hay que contar, sin embargo, con la eventualidad de una nueva regresión trumpista en las elecciones legislativas de mitad de mandato en noviembre y en las presidenciales de 2024, y con cambios en Israel, donde las encuestas ya prevén la vuelta de Netanyahu al poder.

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