DEFENSOR DEL LECTOR
Tribuna
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Opinar sin insultar

Numerosos lectores creen que un texto de Fernando Savater vulneró el respeto que exige EL PAÍS a las personas

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el pasado día 13 en La Moncloa.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el pasado día 13 en La Moncloa.Emilio Naranjo (EFE)

EL PAÍS se sitúa desde sus orígenes en la punta de lanza de la libertad de expresión. Por eso acoge con naturalidad artículos contrarios a su línea editorial y por el mismo motivo se ha marcado únicamente dos límites: en sus páginas no se puede propugnar el uso de la violencia para fines políticos ni tampoco cabe el insulto. Esta segunda frontera se traspasó el pasado día 11 en la columna de Fernando Savater al calificar de “hez” a las fuerzas políticas que sostienen al Gobierno. La reacción de muchos lectores —contra el filósofo por escribirlo y contra el periódico por publicarlo— ha sido virulenta.

El histórico columnista de EL PAÍS deseaba en ese texto que el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, sustituya en La Moncloa a Pedro Sánchez —nada le impide contarlo—, pero describía al presidente como “el serial liar que se ha apoyado para conseguir el poder en la hez populista incompetente y disgregadora”.

En un apartado que el Libro de estilo dedica a Tribunas y Columnas, se indica que “los textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos”. Si puede resultar más que discutible que esa norma se incumple al llamar “mentiroso compulsivo” a Sánchez, no cabe en cambio duda alguna de que “hez” —desperdicio, excrementos, “lo más vil y despreciable de cualquier clase”, según la RAE— es un insulto grueso. Por tanto, esa frase no debió publicarse.

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Así lo han entendido también numerosos lectores, pero el subdirector Jordi Gracia, jefe del área de Opinión, optó por dejarlo pasar aunque admite que pudo equivocarse, mientras Savater se reafirma en lo que escribió porque diferencia entre descalificar a alguien, que debe evitarse, y descalificar sus actos.

“La columna de Savater”, argumenta Gracia, “podía llevar hasta los límites la libertad de expresión, pero preferimos hacer prevalecer, quizá equivocadamente, ese derecho de los lectores a conocer el criterio del autor, del mismo modo que muchos de ellos han podido contestar a la columna a través de sus comentarios”.

Y este es el razonamiento de Savater: “Los insultos que hay que evitar son las descalificaciones a la persona, no a sus actos. Si llamo estúpido a un ministro es un insulto personal, pero si digo que ha cometido una estupidez es una valoración de su gestión. Lo que dije en mi columna es que los partidos en que se apoya el Gobierno de Sánchez (Podemos, ERC, Bildu, etc…) son la hez política de este país, es decir, lo peor y más vil de nuestro arco parlamentario, lo más indeseable. Es exactamente lo que pienso de ellos. No me meto en la condición personal de quienes forman esos grupos detestables, que el cielo los juzgue. Y también a quienes les votan”.

Bastantes lectores reaccionaron airados. Antonio Pulido, por ejemplo, considera esas descalificaciones “impropias de aparecer en este diario”. “¿Tiene patente de corso Savater para hacer caso omiso del Libro de estilo?”, se pregunta.

Para Javier Muñoz, la columna incluía “los insultos consabidos (del autor) y la consabida violación flagrante del Libro de estilo, que es un sí es no es según quién y cuándo”. “¿Cómo es posible que hayan pasado esa frase?”, se preguntaba Ricardo Santiago, mientras que Alberto Pérez o Iñaki Ruiz consideraban el texto “indigno” de este diario.

Lectores votantes o militantes de esos partidos se sintieron insultados. Como Alfredo Remón: “Aparte de al presidente del Gobierno, me ha insultado a mí y a muchos lectores de EL PAÍS llamándome hez por apoyar a Pedro Sánchez”.

Como antiguo militante del PCE, Rafael Fernández se vio incluido en esa “hez populista” y añadió: “El problema no es que se escriban esas barbaridades, sino que EL PAÍS las publique”.

Un problema derivado fue la proliferación de variopintos insultos en el foro de comentarios, pese a que entre las normas de participación destaca esta: “Los insultos, ataques personales, descalificaciones o cualquier expresión o contenido que se aleje de los cauces correctos de discusión no tienen cabida en EL PAÍS”.

Los responsables de moderación, sin embargo, tuvieron que admitir que, por ejemplo, varios participantes llamaran “hez” a otras personas y partidos. Si el periódico lo había admitido, ¿por qué lo iban a prohibir a los lectores?

El tono era tan subido que entró en el debate el también histórico columnista Antonio Elorza: “¿Es posible discrepar sin insultar?” El lector Alberto Guinda le devolvió la cuestión: “¿Se lo pregunta usted al señor Savater?”. Y Juan Ochoa: “¿Lo dice usted por F. Savater?”

No es que se pueda criticar sin insultar. Es que EL PAÍS no asume otra opción.

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Sobre la firma

Carlos Yárnoz

Es Defensor del Lector, llegó a EL PAÍS en 1983 y ha sido jefe de Política, subdirector o corresponsal en Bruselas y París. El periodismo y Europa son sus prioridades. Como es periodista, siempre ha defendido a los lectores. Ahora, oficialmente.

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