Columna
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Dom Phillips y Bruno Pereira son víctimas de guerra

Se ha cruzado un límite en la Amazonia, con lo que aumenta el riesgo para cada habitante del planeta-casa

Familiares y allegados de Dom Philips y de Bruno Araújo participan de un acto de protesta por sus desapariciones, en Río de Janeiro (Brasil).
Familiares y allegados de Dom Philips y de Bruno Araújo participan de un acto de protesta por sus desapariciones, en Río de Janeiro (Brasil).Antonio Lacerda (EFE)

El lunes 6 de junio me desperté con la noticia de que hacía 24 horas que mi amigo Dom Phillips había desaparecido en el Valle del Yavarí, una de las regiones más peligrosas de la Amazonia. Estaba con Bruno Pereira, uno de los más importantes indigenistas de su generación. Tres días después, me despertó una campesina pidiendo socorro porque dos familias se habían adentrado en la selva: unos sicarios habían acribillado sus casas. Dos semanas antes, habían incendiado otras dos residencias de la misma comunidad y habían hecho rehenes a adultos y niños. Después, recibí una petición de ayuda para evacuar a un líder de la región amenazado de muerte debido a la escalada de violencia. Paré, respiré y tuve que escoger qué era prioridad. Tener que escoger entre desaparecidos, víctimas de atentados y amenazados de muerte es una indignidad. Esta indignidad se llama guerra.

Describo mi semana para mostrar que la desaparición —y probable muerte de Dom y Bruno— que ha movilizado la prensa y el mundo no es una excepción. Sino que significa que la guerra de la Amazonia ha alcanzado a un ciudadano del hemisferio norte, a un periodista respetado, a un hombre blanco. Es un hecho nuevo que indica que se ha cruzado un límite, con lo cual aumenta el riesgo para todos.

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La tardanza deliberada de Bolsonaro en iniciar las búsquedas, que solo se intensificaron por la presión interna y externa, al igual que la recurrente descalificación de las víctimas que promueve en sus declaraciones públicas, revelan que no es una cuestión de negligencia ni de incompetencia, sino de método. A menos de cuatro meses de las elecciones, Bolsonaro ha mostrado cómo se trata a los defensores de la selva, incluso cuando hay una conmoción mundial, y ha indicado que seguirá apoyando a su base en la Amazonia, compuesta por ladrones de tierras públicas, madereros y dueños de explotaciones mineras ilegales. Personas respetables afirman que el Estado está ausente en la Amazonia. No comparto esa visión. El Estado está muy presente. Bolsonaro se ha apropiado del Estado y lo ha corrompido a niveles sin precedentes, al desarticular la protección, controlar los órganos de defensa y dejar barra libre a los explotadores de la selva.

Sin embargo, la guerra que lidera Bolsonaro contra la mayor selva tropical del mundo y sus pueblos no se ha acercado a Europa por haber alcanzado a un periodista británico. Esta guerra impacta en la vida de cada persona del planeta desde que empezó. La guerra que la Rusia de Vladimir Putin inflige a Ucrania todavía es una guerra del siglo XX. Los conflictos más largos y difíciles de vencer, los del siglo XXI, tienen lugar en los enclaves naturales, verdaderos centros de un planeta sumido en una catástrofe climática. Dom Phillips y Bruno Pereira son sus víctimas más recientes, pero sin duda no las últimas. El clamor mundial que inició en su nombre tiene que convertirse en implicación en la guerra que nos ha tocado luchar. La única manera de mantener vivos a los defensores de la naturaleza es que sean tan numerosos que, para silenciarlos, sea necesario matarnos a todos.

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