Columna
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Tralarita

Hay una renuncia medular arraigada a siglos de historia en desventaja que, sin necesidad de gritarlo, considera egoístas —también locas— a las mujeres que escriben

La escritora estadounidense Tillie Olsen, en los años setenta.
La escritora estadounidense Tillie Olsen, en los años setenta. JULIEOE

Yo ya no barro mi casita, tralaralarita: mis ingresos me permiten dar de alta a una trabajadora que limpia nuestro piso los miércoles. Tampoco soy una mujer con el don de dar la vida. Soy una señora menopáusica. No cuido porque mis madres están mejor que yo de la cabeza y mi marido asumió la intendencia del hogar sin necesidad de ser ángel y me cuida por lo menos con la misma atención que Marina Castaño dispensó a su Nobel. No sentí la llamada de la selva ni del óvulo. En ese “no sentir la llamada” más que constatar el descacharramiento del reloj biológico, se manifiesta la intuición de una dificultad: quizá si me hubiese dedicado a la crianza, no habría podido dedicarme a otros asuntos y el cuerpo es socialmente sabio y betabloqueó mis maternidades. La maternidad no apacigua la pasión de la escritura y la escritura tampoco es un sustitutivo de una maternidad deseada. La realidad no se lo pone fácil a las mujeres que aspiran a dedicarse a los oficios creativos: el cuidar y el cuidarse restan tiempo, concentración y energía para emprender una “gran obra”. Si, además, eres una mujer de clase trabajadora que no ha nacido en el lado bueno del mundo, no te quiero ni contar.

De todo esto habla Tillie Olsen en Silencios (Las afueras) apretando en la llaga fundacional del cuarto propio. Porque Olsen tuvo que abandonar sus estudios para ponerse a trabajar. Formó una familia y siguió trabajando. Sintió contra su cuerpo la pesantez del trabajo en casa, el trabajo fuera de la casa, el deseo de que la escritura fuese un oficio, el rechazo social. Todo tres veces más difícil. Desde esa experiencia, se dio cuenta de que, cuando se dice que hay pocas mujeres escritoras, esa precariedad en la genealogía se relaciona con la vocación excluyente de ciertos padres fundadores, pero también con la obligación de cuidar y con la vinculación de las mujeres a un espacio doméstico que nunca se consideró literariamente valioso. Las mujeres escriben en ratos ¿perdidos?, sus carreras son inevitablemente cortas y a menudo frecuentan géneros, no menos complejos, pero sí más breves. Emily Dickinson escapó de sus obligaciones familiares para componer poesía. Conrad, Rilke o Mann fueron cuidados por mujeres o por personal de servicio y nadie les reprochó que no cuidasen o que su vida doméstica no fuese cariñosa. Muchas escritoras decimonónicas no se casaron o lo hicieron tarde. Laura Ingalls, la de La casa de la pradera, comenzó a escribir a los 65 años. A Katherine Mansfield, escritora, se la come la casa; a John Middelton Murry, su marido, escritor, no. Hay una renuncia medular arraigada a siglos de historia en desventaja que, sin necesidad de gritarlo, considera egoístas —también locas— a las mujeres que escriben. Sobre todo, a las que no pueden pagarse una señora que les limpie el piso los miércoles ni tienen una familia que las guarde entre algodón hidrófilo. Con el libro de Olsen comprenderán la conveniencia de reformular los cánones y contemplar la realidad a la luz de sus desigualdades. Mujeres forzadas a expresarse desde la rabia antigua de la esclava. Viejas, enfermas, pobras, mestizas, analfabetas que sacan la poesía que llevan dentro diciendo una adivinanza. No hablo de un tiempo lejano, sino de uno que nunca acabó de irse y amenaza con retornar a poco que el vicepresidente castellano-leonés y la diputada del piropito continúen abriendo la boca.

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Sobre la firma

Marta Sanz

Es escritora. Desde 1995, fecha de publicación de 'El frío', ha escrito narrativa, poesía y ensayo, y obtenido numerosos premios. Actualmente publica con la editorial Anagrama. Sus dos últimos títulos son 'pequeñas mujeres rojas' y 'Parte de mí'. Colabora con EL PAÍS, Hoy por hoy y da clase en la Escuela de escritores de Madrid.

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