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La regla mola (si no duele)

Que se haya encontrado remedio a la disfunción eréctil, pero se siga considerando natural el sufrimiento periódico de tantas mujeres dice mucho del tipo de prioridades que tradicionalmente han movido a la ciencia

Una chica deja a otra una compresa en el aseo de un colegio.
Una chica deja a otra una compresa en el aseo de un colegio.UNSPLASH

Es asombroso el nivel de desarrollo técnico y científico al que ha llegado la especie humana. Estamos ni más ni menos que a un paso de poner los pies en Marte, se está alargando la esperanza de vida hasta edades mitológicas gracias al desarrollo de avances médicos. Y a pesar de todo, si una mujer se planta en la consulta de un ginecólogo y le cuenta que tiene menstruaciones dolorosas, que pierde tanta sangre que está para el arrastre en “esos días” todos los meses durante toda su vida fértil, si se queja de malestar, tristeza, depresión y falta de claridad mental después de la ovulación, la más que probable respuesta que se encontrará será: es normal, todo está bien, no hay nada que hacer. La única solución que se le ofrecerá será tomar analgésicos o anticonceptivos hormonales con sus conocidos efectos secundarios (incluyendo una nada desdeñable bajada de la libido). Que se haya encontrado remedio a la disfunción eréctil, pero se siga considerando natural el sufrimiento periódico de tantas mujeres dice mucho del tipo de prioridades que tradicionalmente han movido la ciencia. Algo está empezando a cambiar: algunas expertas ya señalan con datos este notorio sesgo de género, pero de momento seguimos esperando la cura del síndrome premenstrual.

Como primera mujer de mi familia que se incorporó al mundo laboral (es decir: al trabajo remunerado y no gratuito) siempre he intentado ocultar los efectos de la regla sobre mi salud, no sea que me echen por mujer, me decía. Como feminista tengo no pocas contradicciones con este tema: me lleno la boca de lo natural que es este proceso biológico, intento rescatarlo del oscurantismo supersticioso y prejuicioso, pero me cuesta admitir los efectos negativos que tiene sobre mi bienestar y mi rendimiento profesional. Siendo asalariada, el temor siempre era el mismo: si muestras esta debilidad, siempre preferirán a un hombre. Como si el hecho de ser fértil fuera un capricho y la reproducción de la especie algo personal que solo nos atañe a nosotras. Al hacerme autónoma tampoco es que mejorara mucho mi situación: no creo que nadie me haya explotado tanto como lo hago yo misma y sigo luchando (y perdiendo) contra un cuerpo que se me rebela cada mes para recordarme que, por encima del trabajo, está la vida. La nueva ley que prevé bajas por menstruación puede suponer un logro positivo si no se convierte, de nuevo, en una excusa para la discriminación.

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