Columna
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Profética

Mis pesadillas se hicieron realidad. La alianza de Mañueco con Vox excede los peores pronósticos: inmigración ordenada, ley de violencia intrafamiliar y ley de concordia

El líder de Vox en Castilla y León, Juan García-Gallardo y el candidato del PP a la presidencia de la Junta, Alfonso Fernández Mañueco, se saludan a su llegada al debate de investidura, en Valladolid.
El líder de Vox en Castilla y León, Juan García-Gallardo y el candidato del PP a la presidencia de la Junta, Alfonso Fernández Mañueco, se saludan a su llegada al debate de investidura, en Valladolid.Europa Press

No me gusta ponerme en plan Sibila de Cumas, hija de ninfa y origen del adjetivo sibilino/a, sobre cuyas acepciones peyorativas valdría la pena reflexionar. Mi perfil es más bajo, no vivo en una cueva y mi vestuario es prêt-à-porter. Pero a veces, sin que mis oráculos estén inspirados por Apolo, lo clavo. Escribí una novela-timbre en la que una renacida ultraderecha, con el pretexto de defender a una clase obrera abandonada, apuntalaba intereses oligárquicos cebando dos batallas culturales: la de un feminismo que no busca igualdad, sino una hegemonía destructora de las buenas costumbres y de todos los varones hispánicos, y la de una memoria democrática, entendida como venganza y derroche: con sus memoricidios, voxistas y simpatizantes blanquean la dictadura. Mis pesadillas se hicieron realidad. En Valladolid. En León. En Palencia, la bella desconocida. La alianza de Mañueco con Vox cumple y excede los peores pronósticos: inmigración ordenada, ley de violencia intrafamiliar y ley de concordia, un sustantivo encantador frente a la imagen de los cadáveres exhumados en Milagros o en Villadangos del Páramo.

Respecto al asunto de la violencia intrafamiliar, dijo Madina en la SER: “La violencia intrafamiliar se refiere al hecho de, por ejemplo, que tu primo le pegue un puñetazo a tu cuñado en la cena de Nochebuena”. La violencia intrafamiliar carece de marca de género, se circunscribe a los lazos de familia, a menudo se representa en el coto-jaula de la casa donde conviene lavar los trapos sucios sin hacer ruido y se asocia con la excepcionalidad de la crónica de sucesos: la pasión ciega al hombre que acuchilla a la mujer adúltera… La violación de La Manada no sería un caso de violencia intrafamiliar, y el concepto de machismo como lacra sistémica se reduciría a pura invención de lesboterroristas furiosas.

Estas situaciones se agravan cuando ciertos medios de comunicación amplifican los credos ultraderechistas por ajustarse perfectamente al sensacionalismo: no solo se subrayan los casos de denuncias falsas y demás excepciones ―mujer muerde perro―, sino que además se vende información apelando al dolor y las partes blandas de una comunidad que se mete en la piel de una madre cuya hija ha sido violada, quemada y atropellada. Se pide el endurecimiento de las penas y la prisión permanente revisable. Se pide la revisión de la ley del menor. La excepcionalidad del monstruo en una sociedad bien jerarquizada, con sus relaciones de poder bien definidas ―el dueño del invernadero por encima de sus recolectoras inmigrantes; papi por encima de mami, que suele ser una zorra y una mentirosa― avala la utilidad quirúrgica de separar las manzanas podridas del cesto y legitima el castigo como único bálsamo contra una violencia gratuita, espectacular, que brota por generación espontánea y solo se arregla con castraciones químicas o equivalentes.

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Desde el punto de vista de la derecha, hay perros rabiosos a quienes se podría aplicar la pena de muerte, pero machismo no, no hay. En una sociedad con su arriba y abajo bien definidos solo se corrigen los efectos de las conductas desviadas como si el mal fuese algo individual y congénito, un tumor en el lobanillo de la oreja. Pero quizá no se trate de endurecer penas ni de la ejemplaridad furiosa del linchamiento, sino de enfocar hacia las causas y legislar con la mirada puesta en educación, trabajo y economía. En la conservación de un ministerio y de una ley de igualdad contra el machismo. En la eliminación de las desigualdades en un mercado laboral que coloca a las mujeres en posiciones subsidiarias y a la vez sobreexplotadas, transformándolas en esa devaluada carne que se golpea en la alcoba y se viola por todos los orificios posibles dentro de un oscuro portal. No saben cuánto lamento clavar el salto como olímpica gimnasta y la hipótesis como sibila feminista.


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Sobre la firma

Marta Sanz

Es escritora. Desde 1995, fecha de publicación de 'El frío', ha escrito narrativa, poesía y ensayo, y obtenido numerosos premios. Actualmente publica con la editorial Anagrama. Sus dos últimos títulos son 'pequeñas mujeres rojas' y 'Parte de mí'. Colabora con EL PAÍS, Hoy por hoy y da clase en la Escuela de escritores de Madrid.

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