Columna
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Alegría de vivir

Me da la sensación de que aunque termine la pandemia, el mundo ya no volverá a ser como antes. Que el virus ha provocado cambios mucho más profundos de lo que nuestras traumatizadas mentes pueden admitir

Varias personas celebran el fin del uso obligatorio de la mascarilla en espacios abiertos, el 26 de junio en la Puerta del Sol, en Madrid.
Varias personas celebran el fin del uso obligatorio de la mascarilla en espacios abiertos, el 26 de junio en la Puerta del Sol, en Madrid.Rodrigo Jiménez (EFE)

Está durando tanto esto de la pandemia que ya mi mente empieza a creer que esto es la vida y no hay otra ni la habrá. Me fascina la capacidad narrativa de nuestra psique, el hecho de que, a falta de elementos tangibles para vislumbrar el principio del fin y la vuelta a lo que llamamos normalidad, se adapte y empiece a considerar que así son las cosas y así fueron siempre. Pero este cuento que me cuenta mi cerebro para que deje de lado la esperanza de despertar un día sin mascarillas, sin muertes ni dolor, sin colapso del sistema sanitario ni aislamiento, está luchando con otra corriente subterránea que me inunda y se resiste: la de la esperanza. ¿A quién hago caso? ¿A los pensamientos pragmáticos que me convencen de que más me vale acostumbrarme a esta realidad o al impulso ahora reprimido que me hipnotiza con la perspectiva de los felices años veinte por llegar?

Me da la sensación de que, aunque termine la pandemia, el mundo ya no volverá a ser como antes. Que el virus ha provocado cambios mucho más profundos de lo que nuestras traumatizadas mentes pueden admitir. Sea como sea, los que no volveremos a ser como antes somos nosotros. En mi caso, el virus me ha hecho comprender cosas que en otras circunstancias hubieran requerido años de experiencia.

Lo que más echo de menos del mundo de ayer, el de antes de la covid, es la alegría de vivir que impregnaba tantos instantes a pesar de las dificultades. Las cosas importantes, dijo Mercè Rodoreda, son las que no lo parecen. Que seamos seres sociales significa que necesitamos estar con otros en cuerpo y alma, tocar, oler, mirar y ser sentidos también por otros seres humanos. Nada de esto se da en las relaciones virtuales ni en las hipnóticas pantallas en las que la imagen del otro ya nace muerta. La frialdad de la superficie vítrea nada tiene que ver con la alegría de vivir, que reside en nuestra materialidad, esto que ahora llamamos cuerpo y que parece estar separado de la conciencia. El impulso vital optimista reside en los rostros descubiertos y la actitud despreocupada, imposible cuando se nos prohíbe la cercanía durante tanto tiempo y nos hemos acostumbrado a distanciarnos incluso con la mirada. No sé si recuperaremos las costumbres que teníamos antes, si dejaremos de percibirnos como un peligro o si quedará ya instalado para siempre este mirar estrábico. No pierdo la esperanza de que en esto no hayamos cambiado aunque el mundo sea otro. ¡Qué gana de que vuelva la alegría de vivir!

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